“Mejor armar a autodefensas que pagar las extorsiones”

Denuncian que a cada rato los templarios les pedían 5 millones de pesos, por lo que si un cuerno de chivo cuesta 10 mil pesos, podrían comprar hasta 500  de esos artefactos para defenderse en vez ...
Cada vez más niños y jóvenes se suman a los grupos de civiles armados en la Tierra Caliente.
Cada vez más niños y jóvenes se suman a los grupos de civiles armados en la Tierra Caliente. (Juan José Estrada/Cuartoscuro)

Parácuaro

Muchos años vivieron bajo el yugo de las extorsiones de Los caballeros templarios. Eso dicen. Y afirman también que a ellos lo de las drogas les daba igual: que si en otros municipios cocinaban o no drogas sintéticas en laboratorios instalados, escondidos en medio de las zonas de producción de limones o aguacates, incluso aquí mismo, entre los campos de arroz y las enormes extensiones de árboles de mangos, eso les tenía sin cuidado. No era asunto suyo si traían precursores químicos para cocinar en enormes toneles las metanfetaminas, el famoso ice.

“Si no se metían con nosotros…”, deja la frase inconclusa el empresario, el productor de mangos.

Si no se metían con ellos, con la población, con los productores de mango, arroz, jitomate, y tamarindo de este lugar, de Parácuaro, el penúltimo municipio en levantarse en armas (el último fue Múgica, con su conocida ciudad, Nueva Italia), entonces todos se contagiaban de una especie de conveniente ceguera colectiva que los mantenía inmunes a la violencia. Si no se metían con ellos. Pero eso se acabó hace tiempo. La codicia criminal era insaciable, cuentan…

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Es hermoso el lugar. La tierra fértil. Adonde mire uno por la carretera para llegar aquí, a este municipio ubicado entre el de Múgica y el de Apatzingán, hay enormes mangos. Miles y miles de árboles que dan esa fruta. Cuando concluye la vía rápida, se desemboca a un bello bulevar cuyo camellón está tapizado de buganvilias de todos los colores imaginables: amarillas, blancas, rojas, lilas, moradas, naranja. Es un lugar rico en agua. Dicen sus lugareños que por todos lados hay agua, que nomás perforan un poco la tierra y brota el agua. Están orgullosos de su terruño. Y tienen otro motivo más para ponerse orondos: aquí, el 7 de enero de 1950, nació un tal Alberto Aguilera Valadez. Por eso, en la plaza central del lugar, junto a unos árboles, le irguieron una estatua: ahí se le ve al hombre, con micrófono en mano, inmóvil, de bronce él, en ademán de interpretar alguna canción ranchera. Un tan Juan Gabriel, a quien le llamarían, años después, El Divo de Juárez.

—Mire, este fue su novio…— bromea el empresario del mango con el dueño de la paletería artesanal del pueblo que prepara ricuras de tamarindo, mango y otros frutos. Los demás parroquianos que rodean a los periodistas de MILENIO se ríen.

Unos momentos de alegría que gozan a carcajadas. Pero de inmediato vuelven los rostros preocupados cuando uno de los hombres de las autodefensas viene a darle parte al jefe de las autodefensas, Chavo Beltrán: que no tienen suficientes armas, que cómo le hacen. Que les pida a los campesinos que presten sus escopetas, sus rifles cazaconejos o que se vengan de autodefensas también —si no tienen labores labriegas— y que se juntará dinero para pagarles.

—Es que apenas estamos empezando…— explica el líder, radio en mano, escuadra al cinto. Ni siquiera tienen todavía camisetas suyas, les prestaron las de Tancítaro, otro municipio vecino también levantado en armas. Chavo (se llama Salvador, pero así le dicen, quizá por chaparrito) se retira para continuar una junta con policías federales, y entonces surge, inevitable como ocurre en cada municipio, el tema de las armas, de la procedencia de éstas. Durante la estadía de MILENIO (mediodía) solo fue posible apreciar dos cuernos de chivo, uno dentro de un vehículo, otro en una barricada, y una vieja Uzi que portaba un autodefensa en un retén dentro del pueblo. El resto del armamento eran revólveres, escuadras y rifles campesinos.

El productor de mango que se nos acercó, uno de los empresarios que lo producen aquí, y que todavía está ciscado y ruega no decir su nombre ni mucho menos hablar ante la cámara, petición que hacen suya casi todos los demás pobladores (salvo Chavo y sus hombres más cercanos), cuenta, con su peculiar sentido común campirano, con sus aritméticas de la campiña de Tierra Caliente y con sus elocuentes frases sin terminar…

—Mire, aquí, a los productores de mango teníamos que poner en tres meses de producción 200 mil pesos cada uno para darles a los templarios. Esa era la cuota, la extorsión. Les dábamos mil pesos por cada carro de mango. Y cuando se les antojaba, que era seguido, que necesitaba 5 millones de pesos el señor…

—¿Qué señor?

—Pues él, Chayo. Nazario Moreno (el líder de los templarios que el gobierno federal durante el sexenio de Felipe Calderón dio por muerto en combate y cuyo fallecimiento niegan todas las autodefensas)… Cuando se le antojaba, nos pedían 5 millones de pesos de golpe. ¿Y qué íbamos a hacer? Ya sabíamos que nos tocaba de a 230 mil pesos por productor a los 22 que somos aquí. Y a los del arroz, igual. Y a los del jitomate, también. Haga cuentas: ¿cuánto cuesta un cuerno si ahora vamos a gastar esos 5 millones una sola vez para las autodefensas en lugar de pagar a cada rato a los templarios? Haga cuentas…

A ver: un fusil AK47 cuesta al menos 600 dólares nuevo (7 mil 800 pesos), según las referencias de armerías gringas en Internet. Sin embargo, de acuerdo con la dificultad de llevarlo a un país determinado, puede venderse hasta en 20 mil pesos. Por el contrario, si el fusil está usado, el precio va bajando, porque suele tener antecedentes criminales. En este caso el precio ronda 5 mil pesos.

—Póngale hasta 10 mil, si quiere…— invita el manguero.

Quinientos. Quinientos cuernos de chivo podrían comprar los mangueros de Parácuaro para armar a sus autodefensas con el monto de una sola extorsión a la que las sometían los templarios. Doscientos cincuenta si pagaran el precio máximo de esos fusiles nuevos traídos hasta México. Y ellos solo tendrán 100 autodefensas de tiempo completo hasta que se pacificara la zona, aseguran.

—No necesitamos armas de otros narcos

Las comprarán, dicen. Todos están de acuerdo. Los arroceros que tenían que pagar de cuota 200 pesos por tonelada, 30mil pesos por cada sacada de 150 toneladas. Los jitomateros que tenían que pagar dos pesos por kilo de su producto. Hasta los que venden discos pirata, que tenían que venderlos a 25 pesos, porque los criminales les pedían 15 pesos por unidad y ellos los compran a 5 pesos. El alcohol, la cerveza, el ron, lo mismo: todos pagaban impuestos templarios. Incluidos los materiales de construcción, que eran 50 por ciento más caros.

—Se enfermaron de la mente, los cabrones. Todo querían…— dice el manguero, mientras los demás escuchan.

Ya se van todos. Ya nos vamos nosotros. Un campesino cierra la charla colectiva al despedirse de mano. Se acomoda el sombrero campesino, lo alza tantito, se rasca la cabeza, y dice:

—Mejor perdía uno todo. ¿Cómo se iba a enfrentar uno a tantos?...

Así, así dicen que vivían aquí bajo la ley templaria. Así dicen que ya no van a vivir. Que por eso se levantaron. Que por eso prefieren comprar sus armas. Para que los autodefensas, que son ellos mismos, dicen, cuiden a los demás.

—Pues si usted quiere, sí, las autodefensas son nuestros guardaespaldas armados por nosotros mismos, pero es que somos nosotros mismos los armados. Entienda. Y lo único que yo quiero es sacar, vender mi producto libremente…

Ahí se quedan en Parácuaro, con sus mangos, su arroz, su tamarindo, sus buganvilias. Con sus autodefensas. Y sus armas por comprar para no pagar extorsiones ya. Tierra Caliente, hoy…