“La Iglesia irá donde el Estado no se atreve”

Impulsa programa para evitar que jóvenes sean reclutados por el "narco".
El arzobispo de Acapulco, Carlos Garfias.
El arzobispo de Acapulco, Carlos Garfias. (Nelly Salas)

Acapulco

En uno de los estados con mayor tasa de homicidio juvenil del país y con la máxima de llevar a Dios a donde el Estado no entra —como las colonias abandonadas de Acapulco—, la Iglesia católica está en proceso de lanzar un programa con el que busca evitar que jóvenes sean reclutados como carne de cañón para el narcotráfico. Es una tarea para la que no se pudo elegir una región más simbólica y fértil para las organizaciones criminales: parroquias en las zonas más conflictivas del puerto, justo en una de las ciudades más peligrosas de México.

“Queremos construir la paz desde un principio. Es entrar en contacto con jóvenes en situación de riesgo y rehabilitarlos. Ya estamos buscando y contactando a pandilleros, grafiteros, franeleros, regetoneros, todos aquellos que estén en vulnerabilidad o marginación, y que son caldo de cultivo del crimen organizado”, dijo a MILENIO Tomás Perulero Muñoz, encargado del proyecto de atención juvenil de la arquidiócesis de Acapulco. El plan es arrancar en las colonias altas del puerto a finales de febrero.

Desde hace varias semanas y de cara al momento en el que proyecto inicie formalmente, cuadrillas de jóvenes vinculados a la Iglesia se han dado a la misión de peinar 12 de las colonias más inseguras de la ciudad. Como comandos lanzados a territorio hostil; se les ha pedido insertarse entre sus “tribus urbanas” más violentas y ganarse su confianza. No es tarea fácil: entre éstas se encuentran algunas de las pandillas de las que los cárteles de la droga han aprendido a nutrirse de nuevos reclutas con suma eficiencia.

Los comandos cristianos tendrán por tarea identificar a jóvenes en riesgo de caer en delincuencia o que ya han delinquido y que puedan ser rehabilitados mediante “terapia psicosocial”. Después, para continuar con su rehabilitación, esos muchachos serán invitados a uno de los nuevos centros juveniles de paz que la arquidiócesis de Acapulco ha establecido en una decena de parroquias de la ciudad en los últimos meses.

Por razones de seguridad, la ubicación exacta de los nuevos centros juveniles de paz se mantiene en reserva para no arriesgar a los jóvenes que recibirán asistencia, entre ellos muchachos a los que el crimen organizado ya ha tratado de reclutar como halcones, sicarios o soplones. Solo se sabe que son zonas con altísimos índices de homicidio y secuestro, características comunes en la periferia acapulqueña, en donde la Secretaría de Gobernación ha ubicado cinco de las colonias de más alta incidencia violenta en el país: Jardín Palmas, Progreso, Barrio de Petaquillas, Renacimiento y Emiliano Zapata. Todas sufren de tasas de homicidio que rivalizan con las de Centroamérica.

El proyecto fue elaborado con asistencia de la Conferencia del Episcopado Colombiano y la experiencia que tuvo la Iglesia en zonas conflictivas de Bogotá, Barranquilla y Cali. En su versión mexicana, llevará por título Centros Integrales de Acompañamiento y buscará suplir algunos de los principales vacíos sociales en la vida de los jóvenes que habitan en el Acapulco marginal.

Tendrá muchos potenciales clientes: en Guerrero, 26 por ciento de la población se ubica entre los 15 y 29 años de edad, una etapa particularmente vulnerable a la violencia y cooptación criminal. Las tasas de delincuentes menores de edad son de las más altas del país: tan solo en 2012, 10 mil jóvenes guerrerenses fueron procesados por algún delito, entre ellos 562 por homicidio, 146 por secuestro, 276 por robo de vehículo y mil 607 por lesiones.

En esencia, “queremos tener mecanismos de encuentro y ayudarles con actividades deportivas, talleres de habilidades y atención psicosocial. Queremos rescatarlos antes de que cometan un error”, comentó Perulero.

Colombia, el origen

La atención a jóvenes es la segunda parte de un plan que ha estado ya en cocción por cuatro años y que también tiene sus orígenes en Colombia. “Estamos ayudando en la construcción de una plataforma para la paz que sirva a la feligresía”, dijo a MILENIO el arzobispo de Acapulco, Carlos Garfias. “Lo que estamos haciendo es aplicar un modelo de atención para víctimas colombiano y lo que pretendemos con éste es dar acompañamiento espiritual, jurídico, psicosocial y pastoral a la gente”.

El modelo de asistencia pastoral al que Garfias se refiere tiene sus raíces en Colombia y en la guerra civil que por años ha asolado ese país, en donde ha sido aplicado por la Conferencia del Episcopado Colombiano en zonas de conflicto. Desde 2012, a petición de la Conferencia del Episcopado Mexicano, Cáritas Colombia aportó a la diócesis de Acapulco asesoría y experiencia para mexicanizar el proyecto.

En su versión nacional, el proyecto inició operaciones en 2013 en una de las tantas colonias altas de Acapulco reconocida por los elevados índices de homicidio y secuestro que sufrían sus habitantes. En zonas en las que la presencia del Estado es tenue en el mejor de los casos, ha tenido éxito: desde su arranque, se ha expandido a otras 8 parroquias guerrerenses y michoacanas, dando atención a más de 2 mil personas que de una u otra forma han sido víctimas de violencia callejera e intrafamiliar.

Sonia de Jesús es una de sus coordinadoras y todas las semanas toma el camino al Acapulco profundo, en donde las parroquias suelen estar enrejadas debido a los constantes asaltos. “Hemos ayudado a personas que han sufrido todo tipo de vejaciones”, dice. “Nos ha llegado gente que ha sido asaltada, secuestrada o a la que le han asesinado a un familiar”.

El programa de construcción de paz ha llevado a la apertura de “centros de escucha” en parroquias de zonas particularmente violentas. La meta es permitir a víctimas que suelen no tener atención gubernamental contar al menos con algo de ayuda.

Ahí, en un entorno seguro —o lo más seguro posible en colonias hiperviolentas en donde no hay Estado, pero sí Iglesia—, se les permite narrar experiencias traumáticas ante sacerdotes y psicólogos para después recibir asistencia por parte de trabajadores sociales. Es una terapia que, por los temas que aborda, se hace de forma discreta, lejos de los ojos de halcones.

“Es por seguridad de las víctimas”, dijo Sonia.