CRÓNICA | POR JUAN PABLO BECERRA-ACOSTA M.

Hombro a hombro, federales y 'autodefensas' en busca de la paz

Parácuaro

No hay roces entre policías y civiles, todo es cordialidad en aras de devolver la tranquilidad a los lugareños.

Convoy de fuerzas federales.
Convoy de fuerzas federales. (Daniel Cruz)

Parácuaro

La imagen resulta novedosa, inédita luego de días y días de fricciones en este municipio productor de mangos, donde según los lugareños nació el cantante Juan Gabriel (hay una estatua de él en la plaza central), aquí, donde hace apenas unas noches se suscitó un incidente entre soldados y autodefensas, lo cual ocasionó al menos un muerto del lado de los lugareños. Ahí estaban hoy, unas horas después, policías federales y civiles patrullando juntos el lugar, recorriendo las barricadas levantadas en todas las entradas de la cabecera municipal, definiendo qué hará cada quien y dónde lo hará para impedir que penetren criminales. Ahí estan los federales con sus vehículos artillados y sus fusiles de asalto, y las autodefensas con sus trocas y sus escopetas de caza y sus pistolas, dándose la mano, charlando, acordando cómo convivir, cómo organizar la seguridad en este sitio. Ahí estan, federales y autodefensas, hombro a hombro en la zona de guerra de la Tierra Caliente, por unas horas en tregua, buscando la paz con paletas de tamarindo en mano.

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Salvador Esquivel es chaparrito. Le dicen El Chavo Esquivel. Es el líder de las autodefensas en este municipio, el penúltimo en levantarse en armas para defenderse del crimen organizado, hecho que ocurrió apenas hace dos semanas (el último fue Múgica con su cabecera municipal, Nueva Italia). Él recorre con el resto de las autodefensas, una cincuentena, diferentes puntos del lugar para hablar con la gente, para organizarla. Convoca a los pobladores en la plaza central para pedirles su colaboración. Y es que, apenas tienen armamento. Vaya, ni con camisetas rotuladas cuentan, a diferencia de otros grupos de otros municipios: él porta una que dice: Autodefensa Tancítaro. Otro municipio. Se la regalaron. Uno de sus hombres se le acerca para darle parte de cómo van las cosas.

—Jefe, es que no tenemos armas. ¿Qué hacemos para la vigilancia?

—Pedirle a la gente que nos preste sus rifles (las típicas escopetas campesinas). Si no van a participar porque andan trabajando (en el campo, que aquí, además del mango, se da jitomate y arroz), que las presten. Y quien no tenga trabajo, pues que se venga a cuidar, y hay que juntar dinero para pagarle algo.

MILENIO solo aprecia tres armas de grueso calibre: una uzi viejísima en manos de un vigilante en una barricada, y un AK47 guardada en un vehículo blindado hechizo, una vieja camioneta de redilas con placas de acero incrustadas y soldadas artesanalmente en la caja y con pequeños orificios laterales para disparar.

—¿A poco esas láminas aguantan calibres pesados? —se le pregunta a un autodefensa que vigila a su lado.

—Sí, hasta calibres .50 —jura. No parece: uno pensaría que con unos martillazos se dobla.

Pero tampoco les hace falta ya, porque ahí están al fin los policías federales, vigilando toda la zona. Aunque, por el momento cada quien hace su vida. Los efectivos no interactúan en un principio con los locales, hasta que finalmente mandos de la policía se reúnen en la alcaldía con los dirigentes de las autodefensas durante horas y llegan a acuerdos de convivencia. Y entonces sí, empieza su cohabitación. La tropa va por unas paletas de tamarindo para refrescarse y poco a poco se mezclan con los pobladores. De pronto, ya están ahí, recorriendo las barricadas, inspeccionando cada punto de vigilancia, determinando cómo colocar los vehículos de la policía para impedir que "el enemigo penetre". Todo es cordialidad. Se estrechan las manos, y el Inspector Jefe Ramiro Guzmán Mejía, solemne ante la cámara de Milenio, estrecha la mano de Esquivel, posa con sus tropas y las de las autodefensas.