Heroína, compañera de vida y... muerte

Según autoridades, ocho de cada diez adictos comparten jeringas, lo que aumenta el riesgo de contagiarse de enfermedades como la hepatitis C.

Ciudad Juárez

Es la muerte en vida. La muerte rápida. O la muerte lenta. Son los adictos a la heroína que, por cientos, pululan en Ciudad Juárez…

Según los Centros de Integración Juvenil (CIJ), ocho de cada 10 adictos a la heroína han compartido jeringas alguna vez en su vida y ello ha dado como resultado que los casos de hepatitis C se incrementen hasta en 95 por ciento.

El caso de César es ejemplo de ello. Él está en un picadero de las decenas o cientos que hay aquí: las autoridades no lo saben bien a bien. Su piel es entre pálida, oscura y casi azul. Sus labios se ven resecos y del interior de sus ojos asoman unos colores, entre amarillo y rojo, opacos. En brazos y piernas están tatuadas las huellas de su adicción. La parte anterior de su rodilla está pudriéndose. La heroína se la está comiendo...

ALGUNAS CIFRAS

Entrevistado en la Ciudad de México, el director general adjunto de Operación de los CIJ, Ángel Prado, reveló cifras de un estudio realizado en la parte denominada El Bordo, en el norte del país: “El 95 por ciento de casos de hepatitis C son producto del intercambio de jeringas”. El resto dio VIH positivo.

El funcionario alertó: “Hemos identificado en los últimos años algunos estados como Michoacán, Guerrero y Guanajuato con casos de gente que reporta consumo de heroína ‘alguna vez en su vida’. Antes solo era en la frontera norte”.

Eso se complementa con otros datos entregados por el director de la Unidad de Tratamiento para Usuarios de Heroína en Ciudad Juárez, David Gómez: “De cada 10 adictos, ocho han compartido jeringas alguna vez en su vida y eso es muy grave”.

Enumera otras consecuencias: “Enfermedades de tipo cutáneo, infecciones en piel, abscesos, lesiones cardiovasculares tipo endocarditis, cirrosis o enfermedades del hígado que los lleva al deceso”.

“SE ESTÁ PUDRIENDO...”

El color de la piel de César y su pierna reflejan en mucho lo dicho por ambos especialistas. Sentado en la tierra, César mira su pierna a la altura de la rodilla. Observa un absceso, entre púrpura y color rojo; en medio tiene una mancha blanca. Todo en un diámetro de 15 centímetros. Toma una jeringa vacía y se la clava en el centro de ese absceso. Con una sonrisa triste en el rostro comienza a sacar, a exprimir pus.

“Se está pudriendo su pierna…”, le dice sin preocupación uno de los ocho hombres que miran.

Jala el émbolo de la jeringa y un líquido blanco y amarillo, espeso y apestoso escala las rayas de ésta. No eran rayas de heroína, sino rayas de pus. El absceso era por la heroína derramada en la piel.

Dos dosis de heroína —60 pesos cada una— venían en camino.

Junto a César está un sillón orinado, desperdicios, basura, cascajo y mierda. El picadero huele a eso: a pura mierda.

Al fondo del picadero hay tres cuartos. “Aquí se tiran después de la dosis”, trata de explicar alguien: dos colchones orinados, oxidados, sucios y pulgosos; en otro, trebejos, palos y más. Y en el tercero otro sillón igual, basura, botes de solvente, algodones, calzones, tangas y ropa. Alguna cobija.

Llegó el encargado con las dosis. Eran del tamaño de un garbanzo y de un color de caramelo quemado, iban en un plástico con el pico torcido.

Todos jalaron al cuarto del fondo. Antonio llegó con una tapadera de botella de refresco con agua de la llave y César fue el oficiante del ritual por ellos tan conocido.

Bajó las dosis de los dos empaques a esa tapadera. Comenzó a moverlas. Diez ojos iban y venían en esas vueltas de la heroína. Sin soltar la mezcla líquida jaló una jeringa nueva; colocó la punta, arriba de la tapadera y, al igual que si fuera su pus, comenzó a jalar el émbolo. Tres jeringas de ocho rayas para igual número de adictos.

Se levantó y en medio segundo se bajó pantalón y calzón y, pudoroso, sin mostrar el miembro, agarró con una mano la jeringa y arriba del vello púbico se la clavó con maestría. Comenzó a empujar el émbolo y en ese momento ya no se acordó que minutos antes había succionado pus de su cuerpo seco.

Terminó y tomó otra jeringa. Le pidió a José que se levantara, pues estaba en cuclillas; éste, con su pantalón gris y cachucha alzó el rostro, clavó los ojos en el techo de lámina de cartón y dejó de respirar.

César buscó la vena en el cuello y le ordenó: “¡No respires, cabrón!” y clavó la aguja. Ambos, y los demás, estaban clavados a la misma aguja desde años atrás. Toda su vida.

Antonio hizo lo mismo solo: se clavó la aguja arriba del pubis.

Cinco minutos después José tenía los ojos de plástico, transparentes, duros. Se le pidió que gritara su dolor y sí, lo hizo:

“Estoy cansado de este vicio. Para mí es una vida miserable; tengo desesperación. A veces, cuando estamos solos, lloramos; a veces ya no quedan ganas de vivir. Quisiera cambiar la vida, vivir la vida normal, sin droga, sin adicción y estar con mi familia, reunidos con ellos porque es triste vivir solo, me siento solo…”.

POR COBARDÍA

Dice que no se mata “por cobardía…”. Se le comenta que lo está  haciendo lentamente, y con esos ojos difíciles de explicar, acepta que “sí…”.

César, el de la pierna podrida, busca el afecto: “Sí, estamos solos, nomás en la adicción; ésta es mi compañera, la heroína… es la que amanece conmigo… la que duerme conmigo… la que hace todo conmigo”.

Antonio tiene 63 años, es lo que dice, pero se le ven más, muchos más. Informa que cuando alguien muere en su picadero, simplemente lo sacan a la calle y lo tiran en la esquina. Lo dice como si dictara el estado del tiempo.

Este picadero de Ciudad Juárez está a escasos dos kilómetros de la frontera.