"Dios pone todo en su lugar", dice Esperanza

La mujer que fue condenada a cinco años de prisión por pagar con un billete falso dice que ya se memorizó el ritual que seguirá cada vez que tenga un billete de 100 pesos en sus manos.

San Luis Potosí

Esperanza Reyes dice que nunca más volverá a recibir un billete de 100 pesos sin primero cerciorarse de que no es falso. De tanto pensarlo, ya se ha memorizado el ritual que seguirá cada vez que caiga uno en sus manos: primero lo pondrá a contraluz y frotará sus dos extremos para ver si el bigote y barba de Nezahualcóyotl se corren. Luego buscará las marcas de agua. Y después, para no dejar lugar a dudas, porque ya descubrió que en México las dudas a veces llevan a prisión, habrá de pintarle una raya en una de sus esquinas.

"Ya me compré mi plumoncito (detector de billetes falsos)", bromea con un buen humor que hace mucho debería haberse agriado pero que ahí está, pese a que su vida es una gema de absurdismo puro, un relato trágico de cómo se puede llevar a una madre de familia analfabeta a pasar dos años en prisiones de máxima seguridad sólo porque la ley así lo dice. Un día, sin saberlo, pagó con un billete clonado una libreta Scribe amarilla valuada en 14 pesos. Y su vida se fue al diablo.

"Pensé que me iba a volver loca cuando me di cuenta de que por eso no iba a volver a ver a mis hijos"

"Pensé que me iba a volver loca cuando me di cuenta de que por eso no iba a volver a ver a mis hijos. ¡Y cuando los federales me subieron a ese avión fue lo peor! No se lo deseo a nadie. Me pegaron tanto que me lastimé la columna", recuerda Reyes, a quien un extraño giro del destino, de esos de novela rusa, llevó a convertirse en la presa 0188 y a estar encarcelada junto a sicarios, secuestradores y asesinos. En algún momento llegó a compartir celda con la esposa de un capo. "Era la señora de un Arellano Félix", precisa.

La historia de esta madre de familia soltera ya se sabe: en mayo de 2012 acudió a una papelería en esta ciudad a comprar una libreta escolar para su hija, que entonces cursaba los primeros años de primaria. Eligió un cuaderno estilo italiano a doble raya y pagó con un billete que había recibido horas antes, como parte del salario que devengaba como ama de llaves en una casa. Hasta ahí todo normal.

Y luego, la dimensión desconocida. Lo que siguió es un terrible viaje en tobogán que asusta más porque a cualquiera puede sucederle. Con ojo clínico, la dueña del local detectó que el billete se trataba de una imitación. Haciendo gala de un notable celo justiciero, llamó a la policía estatal, que desplegó todo su poderío para detener a la peligrosa criminal en un tiempo récord de cinco minutos. Veinte patrullas participaron en el operativo.

- Usted se merece unas cachetadas -le dijo el agente encargado de aprehenderla, según recuerda Esperanza. Por supuesto, el sistema se encargó no sólo de eso, sino de triturarla: todo puede resumirse en que las cosas le salieron tan mal a Reyes que terminó condenada a cinco años de cárcel.

Además del relato de una persona desafortunada, lo llamativo del caso es que representa un ejemplo icónico de la falla total del sistema judicial. Pese a que sólo hubiera bastado que alguien ojeara el expediente para corroborar que la inculpada no tenía ni motivo ni antecedentes penales, el proceso pasó por las manos de un juez de distrito, un tribunal unitario y un tribunal colegiado sin que nadie se percatara de lo que estaba pasando. Cinco jueces consideraron normal y lógico condenar a una persona a media década en la cárcel por pagar con un billete de cien pesos falso.

"Parece que el sistema en sí quiso aplastarla. Todos. La policía estatal que inventó evidencias, la procuraduría, el ministerio público y el defensor de oficio que actuó con mucha ineptitud y jamás hizo nada para evitar lo que pasó", considera José Mario de la Garza, su actual abogado y presidente potosino del patronato de RENACE, una organización no gubernamental dedicada a buscar casos de personas de escasos recursos que fueron sentenciadas injustamente.

Gracias a la insistencia de RENACE, el caso escaló hasta el escritorio del presidente Enrique Peña Nieto, a quien se pidió a principios de enero indultar a Esperanza por violaciones graves a sus derechos humanos. La idea de su equipo de defensa era explotar las recientes reformas al Código Penal Federal, que ahora permite al titular del ejecutivo perdonar a reos cuyos procesos fueron irregulares. Lo que ahora se conoce como la solución Alberto Patishtán.

Al final, la Presidencia de la República turnó el caso a la Secretaría de Gobernación, que ordenó la libertad anticipada de Esperanza al considerar que no había elementos para mantenerla encarcelada durante toda la sentencia de 5 años. Reyes salió del penal de La Pila, en San Luis Potosí, la noche del miércoles pasado.

Pero tras su liberación ahora queda el análisis de lo sucedido. Y la asignación de responsabilidades a jueces y abogados que participaron a lo largo y ancho de un proceso absurdo. "Aquí hay muchas personas que hicieron todo lo posible por afectar a Esperanza", dice De la Garza. En entrevista, comparte una anécdota que ilustra cabalmente cómo el caso se salió de control. Involucra a Miguel Martínez Castro, el abogado de oficio que defendió a Reyes en un principio y sobre quien recae prácticamente toda la responsabilidad de haber enlodado tanto el procedimiento que su cliente terminó en una prisión de máxima seguridad.

"Con todo descaro me dijo que le había recomendado a ella que se pelara en vez de ir a juicio. Que lo mejor era escaparse", deploró De la Garza. "Cuando revisamos el expediente, vimos que lo único que hizo fue presentar dos cartas de recomendación como pruebas a favor de Esperanza y ya".

"Mi hija creció tanto en este tiempo. Dejé una niña y ahora tengo una señorita"

Martínez Castro, por cierto, es hoy subsecretario de Asuntos Jurídicos en la Secretaría General de Gobierno de San Luis Potosí, bajo el mando de su titular, Cándido Ochoa. El pasado jueves, al saberse de la liberación de Esperanza, este último rechazó hacer comentarios.

"Ese es un tema que ya resolvieron las instancias federales", dijo Ochoa a reporteros locales. Guardó silencio ante las preguntas de por qué el gobierno estatal no hizo nada antes.

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Un día después de haber sido liberada luego de que la Secretaría de Gobernación metiera la mano en su caso y tras un mes de intensa campaña en medios de comunicación y redes sociales, Reyes ha vuelto a casa. Por primera vez en dos años, este jueves despertó en una cama propia, sin pase de lista. Desde 2012 no veía a sus hijos.

"Mi hija creció tanto en este tiempo. Dejé una niña y ahora tengo una señorita. La verdad es que extrañé todo esto y a veces pensaba que nunca volvería a ver a mis perros y mi familia. Una vez pensé que sí me había vuelto loca", reflexiona Esperanza. Loca no se volvió, pero la tensión del proceso fue demasiada para su padre: murió dos meses después de su encarcelamiento, en 2012.

Eréndira, su hermana, tiene una teoría particular sobre su fallecimiento. "Se le rompió el corazón. Le dio un infarto", dice.

En primeria instancia, el caso podrá parecer sólo uno de tantos en un país preocupado por asuntos mayores. Pero en realidad es una muestra casi de laboratorio de lo mucho que está mal con nuestro sistema judicial-penal, en donde no hay una correlación lógica entre delito y castigo.

Para sancionar el uso de un billete clonado de cien pesos en una papelería, el Estado no escatimó esfuerzos. Por ejemplo, costeó tres traslados en autobús y cuatro vuelos en aviones federales para cambiar a Esperanza de prisión en distintas ocasiones, una de ellas hasta las Islas Marías, a 700 kilómetros de distancia de su familia. En Tepic se le recluyó en un área de súper máxima seguridad, diseñada para contener a narcotraficantes y secuestradores por el gobierno de Felipe Calderón. Fue golpeada en repetidas ocasiones por los guardias y en las Islas Marías se le advirtió que si tocaba a cualquier animal de la fauna local –cacatúas, serpientes y cocodrilos--, se haría acreedora a un nuevo proceso penal por delitos ambientales.

Si se toman en cuenta las cifras que reporta el INEGI como costo de encarcelar a cada reo federal, el balance del proceso se eleva aún más. Además de las incontables horas hombre invertidas en su caso –con abogados de oficio, jueces de distintas instancias y ministerios públicos—se erogaron casi 700 mil pesos en su alojamiento forzoso, que incluyó mil 893 comidas, al menos 10 cambios de ropa, algunas visitas a la clínica y, obviamente, vigilancia permanente por parte de custodios.

Para no enfocar el drama sólo en lo económico, vale destacar que el gobierno se encargó de encerrar a esta mujer –una persona sin historial criminal previo-- junto a secuestradores, lavadores de dinero y asesinos. "Creo que la señora con la que me pusieron una vez era pareja del Mochaorejas", dice Esperanza.

Pese a eso, nadie dentro del sistema penitenciario mexicano, dependiente en su momento de la Secretaría de Seguridad Pública, revisó su expediente o si lo hizo, no encontró que fuera extraño encarcelarle primero en el penal de Tepic y después en la colonia penal de las Islas Marías.

De La Garza considera que todo es tan trágico que bordea en lo llanamente estúpido. "Si vemos lo que le pasó en Nayarit, la forma en la que tratan, la encierran, las personas con la que la encarcelan, el maltrato, la vejación, uno solo puede preguntarse, ¿cuál es el contexto de estas sanciones? No es comprensible que el sistema sancione así a una persona que compró un cuaderno", subraya.

Pero si el sistema la dobló e hizo todo lo posible por hacerle honor al término de kafkiano, todo apunta a que no pudo romperla, aunque quizá todavía es muy temprano para saberlo con seguridad. Dos años más tarde de tener en su mano el bilimbique que le llevó a la cárcel, Reyes dice estar dispuesta a continuar con su vida y conseguir un empleo. Y, sobre todo, a reconectarse con dos hijos que no la han visto desde 2012.

El jueves pasado, para celebrar su liberación, Esperanza se alació el pelo y se dio un toque de maquillaje. Su hermana le prestó una playera azul y unos zapatos descubiertos. Por la tarde, tenía previsto acudir a una estética para ponerse unas uñas de gel.

"Dios pone todo en su lugar", resumió contenta. "Yo estoy en el mío".