Derecho de salvajes

Semáforo.
Semáforo
(Especial)

Ciudad de México

Estamos en medio de un cambio jurídico de grandes proporciones: Pronto, los juicios tendrán que ser orales. Y es un gran paso. Pero es medio trayecto, nada más, porque la justicia seguirá siendo determinada por el Estado y sus empleados —y no, como debiera en una democracia, por ciudadanos. Es necesario arrancarle al Estado la facultad de juzgar y trasladarla, con toda la responsabilidad, a la ciudadanía.

Históricamente, la tradición de derecho civil ha sido más elaborada: heredera de pensamientos imperiales y universales, guarda en el Estado toda facultad de impartir justicia y procede con objetividad: apila documentos. El derecho consuetudinario, al contrario, aparece históricamente como apenas algo más que una extensión de la ordalía: rubios poderosos y arbitrarios, aficionados a la cerveza, la lumbre y las hachas. Eso me contaron en preparatoria, cuando cursábamos “Nociones de derecho positivo mexicano” y los maestros hacían su mejor esfuerzo por inculcarnos respeto a la Constitución.

El caso es que la historia que nos contaron los maestros ha quedado en vejestorio. La tradición de derecho civil, que da origen a todas las constituciones del mundo de lengua española y más de la mitad de las europeas, se enfrenta a un mundo que la desafía de origen. Primero, porque las jergas jurídicas no son cosa de legos y, me temo, tampoco son sino patología lingüística. Los leguleyos hablan su jerga sin gracia, son solemnes, carecen de soltura y nada de lo que producen pasa al ámbito del diálogo público. Documentos de gente que no sabe escribir pero tiene un poder gremial que no debe estar al alcance de Juan Pueblo. ¿Puede ser justicia aquella de la que solo puede hablar un gremio? ¿Puede ser justicia y ser incomprensible, al mismo tiempo? Dice Sartori —siempre interesante y siempre insuficiente— que las democracias carecen de viabilidad si sus ciudadanos no las comprenden.

Nosotros no comprendemos cómo es, ni cómo funciona, eso que el Estado llama justicia. Nadie podría explicar por qué Florence Cassez sale libre y el muchacho de Presunto culpable fue declarado culpable. No existe posibilidad de articular una narrativa ni hacerse una representación mental de lo que haya sucedido. Una y otra, y toda vez que surge a la zona pública algún caso notable, entendemos lo que los reporteros pueden medio descifrar del asunto. Pero esas migajas de sentido no dejan sino zozobra. Querríamos entender, humanamente, qué sucede y qué pensar del asunto. Pero toda la información se compone de torres de papel escritas en leguleyo: amparos, actas, sentencias, todo indescifrablemente inhumano. Papeles, procesos. Y eso es: El proceso. Kafka es el único referente literario de nuestra impartición de justicia. La desesperación por entender algo: Josef K. está sometido a proceso, quién sabe de qué; va de una ventanilla a una audiencia, a un escritorio; recorre pasillos, lambisconea abogados, busca modos de sobornar a las personas adecuadas. Nada: es reo y el destino de su vida está en algún legajo sobre el que decide quién sabe quién.

Nos engañaron en preparatoria. Porque, si algo, la justicia ha de ser inteligible, descriptible, narrable. No es lógica apodíctica sino analogía. Se comprende por vía de la imaginación. Y lo comprobamos todos, en la noche: vemos Law And Order, CSI, o cualquiera de la series policiacas —y, ojo: jurídicas— que produce a chorros la televisión estadunidense. Y se entiende todo. Esa, según nos dijeron los maestros, debiera ser la primitiva y salvaje herencia de las ordalías y del derecho consuetudinario. Esos salvajes que no dejaron, a su paso, El proceso, sino la Orestía de Esquilo, la Antígona de Sófocles, la Apología de Sócrates de Platón, por mencionar las primeras, y una miríada de novelas, un género de cine (el Court Room Drama, tan eficaz que fue incluso utilizado por Cantinflas, a pesar de que es un formato que México no conoce) y el programa que voy a ver hoy en la noche.