Cooperas o cooperas: asalto en moto

Delincuentes a bordo de motocicletas y motonetas atracan a quien se cruce en su camino. Asalto relámpago: con el cañón de un arma entre ceja y ceja, quién se niega: cooperas o cooperas, la boca te ...
Despojo de la venta del día.
Despojo de la venta del día. (Arturo Fonseca)

México

Aquí vienes de nuevo, hasta la madre y harto de todo el día: de las ventas, escasas; de la vigilancia en el Metro, que se ha puesto tan pesada como su uta ma; y de esa mala costumbre de comer, que no cede; y de no tener morra, pus vuelve esa uta costumbre de lavar a mano, y no llena... Y del inchi clima dual de la city, el de la calle y el de los vagones del Metro: tropical-mantecoso-pestífero-adherible...

Retornas con casi toda la mercancía, porque a quien jijos se le antoja tragar cacahuates, de a diez varos el paquete, más llenadores que las alegrías de amaranto que tu vendes. Alegríesss, alegríesss, lleve, compre sus alegríesss… Y todavía, ¡a correr!, pues el tren cada vez tarda más, y la gente se pedorrea valiéndole madres la nariz ajena; eructa, como yo, y se pedorrea, como yo, por los frijoles y papas cocidas que agregué una y otra vez al taco de suadero, hasta que el taquero me dijo: ¿vas a pedir más o nomás quieres atascarte de pura guarnición y de gratis? Ese hijo de la chingada Tacus al que también le apestan las patas y se pedorrea para dormir calientito juntó a su gordinflona esposa.

El tren, tan lleno como a las cinco de la mañana. Entras del frío de la calle al hornazo del vagón naranja. Miras a los demás con el mismo desprecio que sientes cuando te miran, jodido entre los jodidos. En Pino Suárez se desocupa un asiento y te avientas, chinguen a su madre los viejitos, las señoras con niño, los escuincles con sus mochilotas escolares…

Ya no hay caballeros, muge alguien. Ya no hay pendejos, piensas y te arrellanas en el asiento. Haces que duermes, al menos te relajas. Estación Merced. Cruda aroma, mezcla de cebollas, ajos y drenaje profundo. Suben más pasajeros, otra vez se atiborró el vagón. Cuentas las estaciones que te faltan para llegar; en San Lázaro baja el buen, rumbo a la terminal camionera de oriente.

Metro Aeropuerto. Aquí vas con tu carga de alegrías entre tanto amargado y amargada, todos rumbo a los paraderos de las peseras, rumbo al oriente profundo. Viento que congela; el frente frío chorroytantos mil congela el sudor cosechado en el vagón del Metro. En la madre, ya mero da la medianoche, y tu apenas en la inmensa cola. Y el mierdero cobrador rapiñero amenaza: pasando de las diez de la noche el pasaje sube 5 varos más, de-una-vez les aviso para que no se hagan rosca. Nadie dice esta boca es mía, y de pilón eres el cuarto elemento que apenas si cabe en el asiento trasero, junto a la elefanta que se traga unas papas fritas con salsa Valentina, jediondas a aceite rancio, requemado una y otra y mil veces el aceite negruzco.

Jodido entre los jodidos, a los 10 minutos de viaje la mayoría ronca. Con capacidad para 10 pasajeros, las peseras de estos rumbos atiborran hasta 16 cristianos agregando asientos laterales donde viajas rodilla con rodilla, apeñuzcado y nuevamente a sudar: suda-suda-suda,/no dejes de sudar...

Te miras como un pollo desguanguilado, suelto por el cansancio; al igual que a los demás pasajeros, las patas te apestan, los tenis baras-baras te queman la planta y los hongos hacen el resto. Frunces la nariz, porque dicen que el aroma son partículas y entonces no sorbes los mocos para no tragar champiñones pedestres. La pesera ruge. Devora kilómetros en dos tres pedalazos, ya pasaste Acatitla, el paradero de Santa Martha, Los Reyes... A las vivas porque si no el cafre te lleva hasta su casa.

Bajan en el As de Oros, pides. Freno instantáneo, sacudida a los dormilones; pagas, bajas nuevamente empapado de sudor que el viento enfría de inmediato. Solo las putas del As de Oros se atreven a usar minifalda pese al frente frío; con una lámpara pretenden atraer a la clientela, como si fueran mariposas nocturnas. Ni un pedo te echan, ingresas a la bocacalle. Ni un alma. Eso te da cierto temor. De unos años a la fecha los cacos se han motorizado, lo mismo que los distribuidores de droga y los sicarios que a cada rato ajustan cuentas por estos rumbos.

Aceleras el paso, subes el cuello de tu pringosa chamarra plástica, helada. Y la transparente bolsa de las alegrías pesa como si deveras pesara; es el cansancio. Retiras el cabello que el viento coloca sobre tu frente. El perro french poodle te da asco por ser calvo gracias a la sarna; recibe la patada en el hocico y ni siquiera ladra. A olfatear a su perra madre, le dices por lo bajo. Una cuadra abarca la barda de la escuela primaria. Aquí es donde siempre se te frunce el ánimo, es donde más atracos se dan. Ya casi la libraste, pero… A lo lejos los de las motos: dos motos...

Malpensaste: vienen por mí… Porque a lo lejos las viste y el estómago se te encogió, me late que...

Dos motonetas, inconfundibles Italikas. Venían juntas y se separaron, una a la banqueta de la izquierda, a la derecha la otra. Para donde te hagas, da lo mismo: eliges caminar por el centro del pavimento. Vienen tres tripulantes por moto, los seis encapuchados; parece que seguirán su camino, pero nones. Hacen alto en la esquina y uno de ellos salta y queda frente a ti.

Ves el cañón del revólver frente a tus ojos y escuchas el prexta lo que traigas, imperativo; nervioso, el morro te apunta y mete la mano a los bolsillos de tu chamarra, de tu pantalón. Tranquilo, le dices, no hay pedo; nervioso, el morro te apunta con las dos manos, prexta todo o tragas plomo. Patea la bolsa de las alegrías, se desparraman. No alegas, sacas de entre tus calzones el producto de la mala venta del día, extiendes la mano y sientes que tu mirada entra hasta el fondo del cañón que te apunta. Quítate los tenis. Te los quitas. La chamarra. La entregas. El cinturón. Va. ¡Chingale los pantalones!, gritan los demás tripulantes, morros todos, quizá ni quinceañeros, y se carcajean. Solo el de la pistola denota nerviosismo. A chingar su madre, te dice, a chingar su madre ya, y con la pistola parece arrearte. Va. Aceleran y se largan con todo y tu credencial de elector, eso te culea: tienen mi dirección, piensas, como si en tu dirección ocultaras los más preciados tesoros y pudieran volver para saquearlos... Tienen mi dirección...

Aceleras el paso, volteas. Han desaparecido las Italikas, ya para llegar a casa pegas la carrera, empujas el desvencijado zaguán y Solomillo te reconoce y llega hasta ti meneando el rabo. Le pateas el hocico y se larga aullando y gimiendo en este valle de lágrimas.

Abres con cuidado, la boca te amarga. Un altarcito a la Virgen de Guadalupe, su veladora de sebo con flama lánguida. Ni siquiera pensaste levantar las alegrías: en el sitio del atraco, el drenaje derrama agua pestilente que permanece encharcada días y días... Tu madre duerme, tus hermanos roncan, la humilde vivienda (cálida) contrasta con tu cuerpo helado, deschamarrado, despojado de la venta del día, jodida venta...

Escritor. Cronista de “Neza”