Combaten con palos y perros a violadores

Por el miedo que predomina en esa zona que desde hace años ha sido penetrada por el crimen organizado, vecinos se empiezan a organizar para cuidar sus colonias; no portan armas y, aseguran, no es ...

Lerdo, Durango

El municipio duranguense de Lerdo, que forma parte de la Comarca Lagunera junto a Gómez Palacio y Torreón, ocupa el segundo lugar nacional en felicidad de sus habitantes, de acuerdo con el ranking que realiza en todo el país la organización Imagina México AC, que emula el listado que se realiza anualmente en todo el mundo (Happy Planet Index) y que ubica a nuestro país en el lugar 22 entre 151 naciones. Lerdo tiene una puntuación de 5.65 en una escala de 1 al 7. Siete de cada diez de sus habitantes se dicen felices (69.50%).

Pero en este lugar de 141 mil habitantes no todos se sienten así. Y tienen fuertes argumentos para no sentirse felices: en lo que va del año ha habido 48 violaciones denunciadas en la comarca. De enero a abril fueron 42 casos (cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública) y en mayo (dato preliminar) hubo seis. Nueve violaciones al mes, dos por semana en promedio.

En Lerdo, hasta abril, se perpetraron 13 de estas violaciones. Tres al mes, en promedio. Estos altos índices delictivos han provocado que surja algo que parecía impensable aquí, por el miedo que predomina en esta zona que desde hace años ha sido penetrada por el crimen organizado: que grupos de vecinos se empiecen a organizar para cuidar sus colonias. Se autodenominan "guardias comunitarias", pero no portan armas.

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Las mujeres que trabajan en las maquiladoras emprenden el camino de regreso a sus casas. Por el miedo a ser atacadas ahora caminan en grupos, o acompañadas por varones que las van a esperar a la parada de los autobuses, esos humeantes armatostes que las dejan a un kilómetro de su polígono habitacional. Las mamás que vuelven de recoger en las escuelas a sus hijos más pequeños portan palos. Un par de ellas bromean: "Vamos a ser aerobics". Algunas ya han acudido a clases de defensa personal para contrarrestar el eventual embate de un agresor sexual que opere en esta zona semidesértica.

Al fin disminuye el calor en los alrededores de la colonia Victoria Popular. Son las siete de la tarde. Uno tras otro van llegando a una esquina niños, adolescentes y jóvenes. Hacen bulla. Unos recogen piedras, otros se arman con bates y palos. Otro le pone la correa a su pitbull. Hacen el primer rondín por la colonia para disuadir la presencia de posibles delincuentes. Entran a lotes baldíos, a casas abandonadas, se trepan a varias azoteas. Revisan matorrales, también la vera del canal proveniente de una presa adyacente.

—¡Somos los caza violines! —grita en alusión a los violadores, emocionado a cada rato, el más festivo entre ellos. Sus compas se carcajean. Conforme avanzan niñas y jovencitas también se suman a la cacería. Hay hasta un par de mamás con bebés en los brazos. Una dupla de adultos en sus años treinta supervisa la tardeada.

Empieza a oscurecer. Las humildes casas, grisáceas y de tabique, comienzan a difuminarse por la carencia de alumbrado público en varios puntos de la zona. La aventura de los más pequeños se termina. Ya a oscuras el lugar, el segundo rondín es cosa de adultos. De jóvenes adultos. Los más fuertes, los más bravos en el barrio. Los que apenas han dormido en las últimas semanas. "Regresamos del trabajo, comemos algo, descansamos un poco y en cuanto anochece empezamos a vigilar hasta que amanece. Luego nos vamos a trabajar", sintetiza la razón de sus marcadas ojeras uno de ellos. Son los rudos. Los que tienen tatuajes. Los que de verdad se creen eso de que son "guardias comunitarias".

Las mujeres no quieren hablar ante la cámara, así que uno de los adultos, el que suele ser guía por las noches y madrugadas, se pone un pasamontañas, se ajusta una gorra beisbolera, toma su bate gris, se acomoda unas gafas oscuras y cuenta lo que pasa en el lugar.

"La policía pasa muy poco. A lo mucho una vez al día. En las noches aquí andaban metiéndose a las casas esos sujetos y no había policías que cuidaran. Teníamos que salir nosotros a cuidar la colonia."

—¿Pusieron denuncias?

—Se pusieron las denuncias, pero no hemos visto todavía los resultados. Dijeron que íbamos a tener más vigilancia, que iban a estar pasando más frecuentemente, pero no. Ahorita en lo que va del día no han pasado. Ni ayer. Ayer nomás pasaron una vez. Y eso en el día, en la noche no vienen. Y en la noche es cuando se pone feo aquí.

—¿Son guardias comunitarios o vecinos vigilantes?

—Guardias comunitarias. Todos los chavos de la colonia salimos en las noches a cuidar las casas. Se meten a una casa y vamos todos de volada a ver qué pasa.

—¿Cómo se comunican? —se le cuestiona. Son rudimentarias sus formas.

—Por chiflidos o con señas con las lámparas —cuenta, y muestra una de las seis linternas que, para que hagan mejor sus rondines, les dio... el ayuntamiento.

—¿Qué cargan para defenderse?

—Bates y tubos. Es lo único que tenemos. Y palos.

—¿No usan pistolas, cuchillos? —se le pregunta por la fama delincuencial que tienen algunas de estas colonias a donde usualmente no entraba la policía municipal ni la estatal. De hecho ya no hay policía municipal: sus efectivos estaban coludidos con criminales. Ahora la vigilancia la hacen los cuerpos mixtos de la policía militar y la policía estatal.

—No, pistolas no. Nada de eso, puros tubos y bates.

—¿No tienen miedo?

—Pues sí. Sí tenemos miedo, pero tenemos que estar aquí si el municipio no hace nada de vigilancia.

—¿Están enojados?

—Sí, da coraje que nos dejen solos. Inclusive les hablábamos por teléfono (a los policías) cuando los sujetos ya estaban aquí y no se presentaban. Tenía que ir uno a la (estación de) policía a traerlos.

—Pero su pleito no es con los narcos.

—No, es con la cadena de violadores que aquí andan. Y con los asaltantes.

—¿No tienen ningún problema, ninguna guerra con narcos?

—No, con ellos no hay nada.

—¿Qué va a pasar si los atacan con armas, si grupo delincuentes con nexos con los narcos los atacan y tienen armas?

—Pues no sé, a lo mejor ya nos rendiríamos, porque no tenemos más que esto (señala el bate).

—¿Se rendirían?

—Sí, no podemos combatir con ellos.

—¿No han pensado en comprar armas para defenderse?

—¿No, no, armas no, porque son broncas que para qué nos echamos?

Ahí se van ya estos peculiares vigilantes con sus palos, bates, tubos, piedras y sus perros a cuidar toda la noche el silencioso y asediado barrio.

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MILENIO entrevistó al secretario de Gobierno de Durango, Jaime Fernández Zaracho, sobre el problema de las violaciones y el surgimiento de estos vecinos. Por teléfono, contestó:

—Yo sé que a veces hay circunstancias lamentables pero estamos trabajando. Créame que estamos avanzando y poniendo todo nuestro esfuerzo y estoy totalmente convencido que vamos a lograr transformar realmente las circunstancias en que están viviendo.

Lo mismo se hizo con el presidente municipal, Luis de Villa, quien, entrevistado frente al ayuntamiento, y luego de manifestar su desacuerdo con el término "guardias comunitarias" (comités vecinales, les llama), respondió así:

—Yo le pediría a la ciudadanía que permitan que las corporaciones de seguridad hagan su trabajo. La policía militar, la federal, la estatal, la Dirección Estatal de Investigación.

—¿Qué confíen y que no actúen por su propia mano?

—Yo quisiera pedir esa confianza para las corporaciones de seguridad que están ahí presentes.