Coalcomán dejó de bailar por terror a los 'templarios'

El municipio se convirtió en un muy redituable banco para los criminales: solo por extorsiones obtenían al año 10 mdp de los aserradores y 22 mdp de los ganaderos; si alguien se inconformaba, era ...

Michoacán

En este remoto municipio serrano y maderero, colindante con Jalisco —ubicado a 330 kilómetros de Morelia—, tercero en levantarse en armas el año pasado en Michoacán, el terror implantado por el cártel de Los caballeros templarios durante diez años era absoluto. Ya no había fiestas. No había bailes. No se celebraban banquetes de bodas ni de 15 años. Todo era sombrío. Silencioso. Las calles estaban vacías. Los pobladores permanecían en sus casas el mayor tiempo posible. Muchas jovencitas fueron violadas impunemente por los escuadrones de los criminales. Quien se inconformaba era secuestrado o asesinado. Las extorsiones eran cotidianas y las padecían no solo quienes poseían aserraderos o trabajaban en éstos. Tampoco era un asunto exclusivo de los pequeños criadores de ganado. No, cualquiera que tuviera algo que expender, tenía que venderlo más caro por la cuota que exigían los delincuentes.

Pero el lugar era un muy redituable banco para Los templarios por sus principales fuentes de ingreso. Los 15 aserraderos que producen 80 mil metros cúbicos de madera de pino al año les suponían un dineral: los bandidos extorsionaban con 120 pesos por metro cúbico, con lo que obtenían alrededor de 10 millones de pesos al año. Por si fuera poco, cobraban mil 500 pesos por cada animal que era vendido (cuatro pesos por kilo). Y como se vendían alrededor de 15 mil reses al año, obtenían más de 22 millones de pesos anuales. Al menos 32 millones de pesos anuales de saqueo, sin contar el 10 por ciento que extraían del presupuesto municipal.

Hoy, las cosas ya están en calma por el levantamiento armado de la gente y por la presencia permanente de las tropas federales. Y aquí, a diferencia de otros municipios que han cobrado diezmos, ni los ganaderos ni los dueños de aserraderos tienen la obligación de aportar recursos a las autodefensas. A quien no aporta no se le molesta, aseguran los líderes Misael González y Felipe Díaz, versión en la que coinciden madereros consultados.

Otro aspecto que sobresale en este lugar, es que el presidente municipal, Rafael García Zamora, no huyó, no fue exiliado y apoya a las autodefensas, a diferencia de tantos otros municipios como Tepalcatepec.

Aunque, eso sí, todavía hay miedo: 40 por ciento de los aserraderos aún no laboran. Los dueños temen que en su ruta hacia el centro de Tierra Caliente, al pasar por Apatzingán, les quemen sus tráileres con madera. Aquí, en los puntos más lejanos de la sierra, las autodefensas tienen comandos para proteger los aserraderos, pero en las carreteras, dicen, puede pasar cualquier cosa. Difícil, por los constantes patrullajes de la Policía Federal y el Ejército, pero el miedo a veces es más fuerte que lo que se ve, alegan.

—Padecimos diez años a Los Templarios y el gobierno nunca vio todo lo que nos hacían... —justifica Felipe Díaz.

Pero lo del dinero, lo de las extorsiones, aunque les suponía una terrible asfixia económica, no era lo que más les dolía, lo que más los dañaba...

***

Vamos a un aserradero. Los dos dirigentes de las autodefensas se sientan en enormes troncos. Ahí, sus miradas se tornan angustiadas, dolidas, cuando recrean lo que padecían sus mujeres apenas hace un año. Empieza a recordar Misael, un hombre bigotudo y cincuentón...

—Teníamos el mismo problema de otros municipios: extorsiones, secuestros, asesinatos. Y de violaciones a las jovencitas. Muchas de ellas resultaron embarazadas de ellos. Muchas veces ni siquiera pudieron saber quiénes eran los papás de sus criaturas. No se enteraban. Otras veces ocultaban por miedo quién las había embarazado. Las amenazaban diciéndoles que si decían con quiénes habían andado, iban a matar a sus familias...

Se hace un silencio. Las máquinas del aserradero están apagadas. Solo se escucha el siseo del viento. Luego, como que Misael toma fuerza de nuevo, contiene las lágrimas y abunda:

—Igual si alguna muchacha tenía novio y le gustaba a algunos de los malandros, le decían: '¿Sabes qué? A tu novio lo vas a dejar...'

Otra pausa. Otro silencio largo. Sus semblantes se descomponen. A cada palabra nueva el dolor parece provenir de su propia piel, de sus entrañas. Sigue Misael...

—Al novio le daban una golpiza. Y por lógica, amenazado, no se volvía a acercar a su novia. O también ella ya no dejaba que el novio se le arrimara, porque tenía miedo que se lo mataran... No tenían piedad. Ésos no andaban amenazando por amenazar. Ellos, si te decían algo y tú no hacías las cosas como querían, era muerte segura...

Así de monstruosa era la ocupación templaria en esta zona serrana. Misael guarda silencio. Felipe Díaz toma el micrófono ahora...

—Ya nos tenían agarrados a todos. Ellos eran el gobierno. Las decisiones eran las decisiones de ellos. Teníamos que hacer todo lo que nos decían. No había otra solución. Nos han buscado ahora para que nos arreglemos. Ningún arreglo con ellos. Se metieron mucho con la población. La gente está muy dolida con ellos. Hicieron mucho daño. Ellos tenían sus negocios ilícitos (la siembra y el trasiego de droga). Está bien. Que hagan lo que quieran. Eso era un asunto contra el gobierno, pero, ¿por qué se metieron con la población así? Se metieron mucho. Fue el error que tuvieron. Y lo saben.

Vejaciones que no perdonan.

Y que provocaron que tomaran las armas...

***

A diferencia del pavor que se respiraba hace un año, ahora las calles están llenas de peatones. En las dos placitas centrales niños juegan con triciclos y coches eléctricos que les rentan. Los negocios, liberados de sobreprecios, venden sus productos, sus comestibles, sus bebidas, sus fritangas, sus dulces. Las mujeres han vuelto a arreglarse, a ponerse bonitas, que de por sí lo son: caminan sin temor, tal cual crecieron, despampanantes. Sonrientes se juntan en grupitos y expelen grititos de complicidad cuando los varones del pueblo, los jovenzuelos, se les pasean también en grupo cerca de ellas. Los viejos observan todo plácidamente, sentados en las bancas de metal colocadas al lado de jardineras. Hay tal distensión, que un enorme efectivo de la Policía Federal, de más de 1.90 metros de altura, se pasea con todo y su elegante uniforme cogido de la mano de su novia lugareña. Saluda a la cámara de MILENIO Televisión sin soltar la mano de su enamorada. Ella sonríe abiertamente. Se sientan en unas sillas colocadas al lado de un puestecito de comida. Son bien recibidos, aceptados.

Felipe Díaz lo dice sencillamente...

—La diferencia con lo que ocurría hace un año es la tranquilidad. En el pueblo hay confianza. Teníamos 10 años que no mirábamos la plaza llena de gente. Todo cambió ya. Antes una persona que denunciaba algo con cualquier autoridad, a los ocho días ya no estaba más (desaparecía)...

Coalcomán era un municipio paralizado. Un lugar hechizado, engarrotado, convertido en roca. Nadie bailaba aquí. Lo explica Misael antes de que ambos se despidan y vayan a una junta de autodefensas en Tepalcatepec:

—Mire, aquí ya no se celebraban bodas, no se celebraban quinceañeras, no se celebraba nada. Había pura reunión familiar. Ahorita ya no, ahorita ya han llegado a hacer bailes de nuevo, bailes en las escuelas, bailes donde ya se llena de gente el lugar...

—¿La diferencia con lo que ocurría hace un año es que ya empezaron a bailar de nuevo? —se le pregunta. Sonríen los dos. Contesta Misael con los ojos brillantes de gusto:

—La diferencia es que ya hay baile...

Coalcomán. El lugar donde nadie bailaba por terror a los Templarios.