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Jueves , 19.07.2018 / 18:56 Hoy

Pronóstico del Clímax

Repartamos la miseria

Xavier Velasco

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Había una vez un billete grande. Un billete fantástico, literalmente, si bien la fantasía suele ser más modesta en sus alcances. Y no es que el documento fuese voluminoso, sino que era precisa una cierta gimnasia mental para entender la cifra impresa en el papel: un uno acompañado de catorce ceros. Según anuncia el propio documento, el Banco de Zimbabue pagaría al portador la friolera de 300 trillones de dólares locales. En buen español, cien millones de millones. Cantidad fabulosa y abstracta de por sí, que ya en la realidad resulta microscópica, pues antes de salir de la circulación el billete más grande de la historia se cotizaba en cuarenta centavos de dólar norteamericano.

Nada más en el año de 2008, la inflación de Zimbabue alcanzó el 500,000,000,000 por ciento. Esto es, 500 mil millones por ciento. Un número fantástico, desde su sospechosa redondez. Una esperanza infinitesimal de supervivencia. Nada que sea posible figurarse, como no se nos venga a la cabeza un caos infernal donde ya nadie sabe lo que tiene, porque la mayoría se ha quedado sin nada y va siendo hora de empezar a pensar en comerse unos a otros. La receta, no obstante, para llegar hasta esta situación es tan simple como el puro ejercicio de la fantasía: se llama populismo y consiste en repartir lo que no hay.

Se empieza por alimentar el odio. “La vida nos debe algo”, parecen redundar las palabras y gestos del líder indignado ante el micrófono, con ese ardor teatral y santurrón que sin mayores trámites le ha ganado el supremo privilegio de juzgar la moral de los demás y verse libre del juicio de nadie. Y precisamente eso que la vida nos debe es lo que se ha propuesto el líder repartir, en el nombre de todos. No le importa el dinero, repite con frecuencia inexplicable, y a menudo recurre a la aritmética más elemental para explicar la entraña de sus proyectos. Si dos más dos son cuatro, lo demás es por fuerza pan comido. Cuestión de repartir lo-que-por-tantos-años-nos-han-robado, así que es tiempo de distribuir el rencor. Cada gota de bilis invertida tendrá su recompensa, cuando llegue el momento de hacer justicia.

No bien el populista se ha dado a la tarea de arrancar con el show de la repartición, su generosidad no tiene límite. Nadie como él se precia de ser un gran patrón de sus trabajadores, y para demostrarlo les ofrece toda clase de prestaciones extraordinarias aunque, ay, deficitarias. ¿Pero eso qué más da, si hace rato que estamos instalados en la tierra fantástica donde todo es posible, mientras el líder quiera? A principios de siglo, cuando la economía comenzaba a torcérsele, el gobierno de Robert Mugabe modificó la constitución de Zimbabue para forzar una “reforma agraria”, consistente en estimular al gentío a tomar por asalto las haciendas de los terratenientes. Una idea seguramente muy romántica, que al cabo de unos años desembocaría en el mundo fantástico donde hasta el limosnero cargaba su botín de cientos de trillones.

Una regla está clara: el populista nunca tiene la culpa. En nadie, como en él, la intención basta. Si, como es de esperarse, el caldo prometido sale mucho más caro que las albóndigas, el responsable es rico en sospechosos. Se diría inclusive que su única verdadera responsabilidad en estos casos consiste en denunciar y señalar. ¿Cómo, si no por causa de una conspiración, pudo salirle cualquier cosa mal a quien sólo es capaz de hacer el bien, según lo certifica esa aureola forjada con legítima hambre de justicia?

El populismo es cursi por defecto, tanto como el chantaje moral que lo sostiene. Hay un prerrequisito de fariseísmo en la omertá que une a los populistas, donde cada probable aspereza verbal es reemplazada por algún eufemismo salpicado de buenas intenciones aparentes. Nada que en realidad vaya a intentarse, pero al menos que conste que la conciencia limpia pasó lista. De ahí que a los tiranos de buenos sentimientos les dé por inventar proyectos y oficinas con nombres rimbombantes y hasta ultraterrenos, como sería el caso del Viceministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo Venezolano, cuyas funciones se antojan angélicas y a buen seguro ajenas a la realidad, que usualmente no tiene la atención de expresarse por medio de cumplidos y eufemismos falsarios.

Casi todos nos hemos distraído, en especial durante la niñez, jugando a repartirnos lo que no tenemos. Ya sea porque jugamos al Turista, o porque reemplazamos “millones” con frijoles y nos los disputamos entre gritos alegres, entendemos la gracia del asunto. Cuando un predicador de aureola populista intenta convencernos de hacer cierto ese juego demencial, cuenta con la aquiescencia del niño que llevamos escondido, listo para creer en la próxima fábula que le dé gasolina para seguir jugando a las mentiras. Y, ya entrados en gastos, a repartir millones (y si acaso se acaban imprimir muchos más, qué carajo). Una de esas ideas tan románticas que cualquier día terminan en un panteón sembrado de trillonarios.

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