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Lunes , 24.09.2018 / 01:47 Hoy

Pronóstico del Clímax

Potentados y adalides

Xavier Velasco

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We don’t look to be ruled, recién ha desafiado el presidente Obama a sus compatriotas, aunque no sólo a ellos. “No esperamos ser regidos.” Como tantos espectadores en el mundo, no tengo voz ni voto en aquella pelea, aunque también sea mía e incluso me amenace más que indirectamente. ¿Qué más puedo decir, de cualquier forma, que no esté contenido en esa frase simple que bien pudo decir Albert Camus? Más allá de elecciones y orgullos nacionales, uno tampoco espera ser regido.

Somos legión, y en realidad legiones, quienes estamos hartos de trumpadas. Lo que no está tan claro es si todos estamos igual de hartos que Obama de quienes mucho rigen a sus semejantes, y aún les parece poco, de golosos que son. Jugar a imaginarse una Casa Blanca habitada por el palurdo anaranjado es ejercicio tétrico y un pelito kafkiano, aunque realista. Más difícil sería figurárselo cerrando el Capitolio, proscribiendo los partidos políticos, encarcelando a sus opositores o remendando la Constitución para así reelegirse indefinidamente.

No digo que el campeón de los patanes sea incapaz de soñarlo, y desearlo, y buscarlo, sólo que no parece tan sencillo como le ha sido a otros conseguir eso y más en democracias menos desarrolladas. Otros que sin embargo gozan de simpatías entusiastas entre quienes se jactan de abominar de Trump, aunque a su vez esperan ser regidos, y de hecho dictados y catequizados, sólo que por un déspota de sus simpatías. Uno de pronto menos acotado, aunque igual de agresivo y atrabiliario, que no pasara demasiados trabajos para hacerse con el Poder Legislativo, y ya entrados en gastos el Judicial.

Cierto, no es mi país, pero esa cantaleta cursilona de que la Patria se cae en pedazos y hace falta un gran guía para rescatarla no la inventó, por cierto, Donald Trump. Hace diecisiete años, por no ir más lejos, un militar golpista llegó a salvar a los venezolanos de un caos que sólo él podía remediar. Una opinión sin duda autorizada, y con el tiempo la única autorizada. Nada menos que el sueño del mismo Donald Trump, a quien tampoco agrada compartir decisiones, ni tener que ponerse en el lugar de nadie. Como Chávez, Ortega, Maduro y los hermanos Castro, Trump sólo pide —exige— que lo dejen hacer, y aún en mayor medida deshacer. Él tiene la respuesta, y nadie más, para salvar al resto de sus paisanos de una debacle infame que nadie más alcanza a ver tan clara. ¿O es que acaso los vemos en pedazos, como le gusta mentir al fantoche?

Barack Obama sí que lo ha visto claro. El problema no está en las opiniones, ni en las creencias, ni en el color político de cada cual, como en esta certeza elemental, diríase un principio irrenunciable, que es el de resistirse a ser regido. Transferir a un caudillo ávido y narcisista la iniciativa sobre el propio destino, y con ella la responsabilidad en torno al resultado de sus experimentos, equivale a aceptarse súbdito cabizbajo, miedoso e impotente, y entonces dar por buena la potestad del líder sobre el ciudadano.

Sabemos en qué acaban esas tentativas, aun si algunos encuentran a unas mejores que otras. El principio, en esencia, es siempre el mismo. Por miedo, por cinismo, de pronto por revancha, caemos en la trampa de esperar ser regidos por un iluminado, como el caballo aguarda a que el jinete, cuyas miras resultan más altas que la suya, imponga el paso, el rumbo y el destino. No fue Trump, sino Brecht quien encontró que el individuo tiene sólo dos ojos, pero al partido le corresponden mil. ¿Y no es claro, por hoy, que Trump es el partido?

Decir que no espera uno ser regido, controlado, dominado, y en el primer descuido estigmatizado, es rebelarse igual contra la ultraderecha cerril, fanática y racista del Tea Party que la “izquierda” mandona, merolica y plañidera del fascismo en versión bolivariana. Malgastamos el tiempo adivinando el signo de los autoritarios, como si eso bastara para diferenciarlos y separarlos en buenos y malos. Si por lo visto el mundo ya se ha puesto de acuerdo en que un golpe de Estado no puede celebrarse ni justificarse, no se explica que a tamañas alturas haya quien crea en buenos dictadores, buenos terroristas, buenos torturadores, y en general buenos hijos de puta.

No espero que me rijan, ni que me dirijan. No espero que me salven del abismo donde juran que estoy. No espero que unos curas de sotana o pancarta me digan lo que tengo que pensar, ni acepto que me juzguen y señalen si se me hincha la gana opinar diferente, ni me siento rebaño de pastor alguno, ni encuentro redención en la aquiescencia. No necesito, pues, de Donald Trump para expropiar las palabras de Obama. Nos sobran, de este lado, sus falsos antípodas. Gente que cree en mentiras progresistas, infamias productivas o calumnias piadosas, y desde ahí echa pestes contra Trump, como quien se ha mirado en un espejo chueco. ¿O es que acaso, por vivir de este lado, debemos esperar a un genio que nos rija y nos corrija? ¿Ya podemos reírnos, mientras tanto?

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