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Miércoles , 20.06.2018 / 00:58 Hoy

Pronóstico del Clímax

Mi receloso rancho

Xavier Velasco

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Es un hecho: la gente se encariña con lo chafa. O al menos eso pasa acá en mi rancho. No es que uno lo plantee en esos términos, pero al cabo en la práctica tendemos a quedarnos con lo que bien sabemos que funciona mal, antes que aventurarnos a una mudanza de por sí sospechosa, más aún si supone alguna forma de modernización o implica cierta pérdida de privilegios: cosa del diablo, sin lugar a dudas.

La mala calidad. El mal servicio. Los malos modos. La mala fama. Los malos manejos. Todo parece un poco menos chafa cuando llega la hora de sustituirlo por sabrá la Malintzin qué opción depredadora y abusiva. “¡Pero si así estoy bien!”, clama uno desde el fondo del agujero cuando alguien amenaza con tenderle una mano hacia la superficie. “Algo querrá sacar…”, nos olemos de manera automática, y un parpadeo más tarde nos damos por saqueados.

No es que en mi rancho seamos paranoicos, pero el recelo es cosa pegajosa. Yo, por ejemplo, vivo muy cerca de una gasolinera, si bien tengo esta idea maliciosa, ratificada en más de una ocasión, de que allí se despachan litros incompletos. Por si eso fuera poco, he consultado un par de sitios de internet donde señalan a esa gasolinera entre las menos dignas de confianza. Debo elegir, por tanto, entre desviarme un par de kilómetros hacia otra donde creo que no me estafarán, o atenerme a mi suerte en alguna estación desconocida. “Yo conozco a mi gente…”, replico en plan sabihondo si es que alguien pone en duda mi recelo.

Cierto es que, como tantos en este rancho suspicaz, vivo perpetuamente sobornado. La gasolina es chafa y el servicio también, pero igual me la venden con subsidio. ¿Es decir que me están privilegiando? ¿Y eso a cambio de qué? ¿De mi complicidad callada y bien servida? Dirán que soy ingrato si sugiero que el caldo sale más caro así que las albóndigas, pues sobran quienes piensan y pregonan —de pronto con vehemencia religiosa, presta a estigmatizar la discordancia— que un monopolio chafa es preferible al demonio insaciable de la competencia.

No a todos en mi rancho les gusta competir. Menudean quienes hallan extravagante la idea de ofrecer más de una sopa y dejar que uno escoja la que más se le antoje. O la más nutritiva, o la menos costosa, o la que tiene ciertos ingredientes. Imaginemos ahora que, en efecto, no hubiera en nuestro rancho más que de una sopa: puedo apostar a que sabría a mierda. ¿Y por qué iba a tener mejor sabor, si al cabo no habría otra referencia? ¿Quién no terminaría por zampársela?

Sería injusto, no obstante, decir que esto sucede nada más en mi rancho. Hace un par de semanas pude ver una suerte de reality show cuya protagonista, cierta californiana fodonga y nihilista, habita una vivienda que semeja mejor una porqueriza: durante varios lustros, ha acumulado mugre y tiraderos hasta el punto de no poder usar ya baño ni cocina. Una vez que el osado escuadrón de limpieza cumple la gesta heroica de escombrar y drenar el chiquero (varias de las imágenes son vomitivas), la mujer se lamenta ante la cámara: “¿Para qué nos quitaron la dizque suciedad, si así éramos felices?”

Hay zonas de mi rancho que apestan a podrido, pero son multitud quienes se han habituado a la hediondez y opinan que ésta es parte de nuestra identidad. Lo de menos es si el resto del mundo mira con extrañeza el disparate, y al contrario: eso prueba que somos especiales y no nos parecemos ni al espejo. Suponen, además, los rancheros vernáculos que debemos mostrarnos orgullosos de ser pacatos, pusilánimes e incompetentes, toda vez que la mera idea de asomarnos al mundo nos provoca mareos, amén de la certeza de que al primer descuido seremos despojados del sacro patrimonio de nuestra tierra por extranjeros crápulas y bandidos.

“Por lo menos ahora”, parecerían razonar los miedosos y sus instigadores, “los que roban son nuestros compatriotas”, como si ese consuelo pueblerino y gaznápiro pudiera resarcirnos o al menos devolvernos la tranquilidad. Y lo peor es que el robo es poca cosa, si se compara con la incompetencia, ya que amén de mimar a una mafia de sanguijuelas locales en el sonoro nombre de la soberanía, patrocinamos su mediocridad y a ella nos atenemos para sobrevivir. Hay que ser algo más que un ingenuazo para creer que quienes son objeto de privilegios parasitarios por formar parte de un monopolio estatal, se harán competitivos por amor a la patria o pundonor ranchero.

En mi rancho de pronto ocurren linchamientos. Alguien corre la voz de que hay algún extraño robándose a los niños o a las gallinas y muy pronto una turba furibunda sale de cacería detrás de él, sin el menor propósito de averiguar. Les basta con saber que no es de aquí, pues si lo de aquí es chafa lo de fuera será sin duda mucho peor. Por eso tanto miedo a los fuereños: agarren todos bien a sus gallinas.

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