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Pronóstico del Clímax

Las mentiras chatarra

Xavier Velasco

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Quienes vivimos de contar mentiras opinamos con cierta candidez que éstas, para ser eficaces, necesitan cumplir con ciertas normas, como sería el caso de la verosimilitud. Una mentira que no puede creerse es en teoría tan buena como un pastel de apariencia y sabor exquisitos, que no obstante despide un insoportable olor a mierda. ¿Quién iría a tragarse eso, cierto? La práctica, a su vez, demuestra que a menudo la credibilidad de las mentiras se origina en las vísceras del crédulo. Una mala mentira dirigida al estómago o al hígado puede tener el peso de una iluminación, punto a partir del cual ya no es preciso hacer comprobaciones. Y peor: es indignante, ahí donde la creencia tiene preponderancia sobre el razonamiento.

Hay al menos dos tipos de exageración: la ficticia y la falsa. Diríase la fina y la corriente, a juzgar por su credibilidad. La exageración burda se parece al conchudo que nos llama de su celular, aún a treinta kilómetros de distancia, para informar que está “a unas pocas cuadras” de nosotros. Y sin embargo abundan quienes lo hacen así, no pocas veces delante de los otros pasajeros. ¿Espera ese cretino que llegando a la cita, de aquí a una hora, respalde uno sus patrañas baratas? ¿Cree que voy a creerle, en adelante, algo de cuanto diga, con el aplomo que le oí mentir? Ya puedo oír su respuesta automática: le vale madre. “Cuando menos tiene uno la atención de llamar”, se explayará después. ¿O sea que dejar en vilo a quien te espera, sin el menor respeto por su tiempo ni el presunto valor de tu palabra, equivale a “tener una atención”?

Las mentiras de baja calidad no conocen detalles, ni los resisten. Quien miente o exagera de este modo cuenta ya con la anuencia de sus creyentes, igual que el seductor se mira facultado para obsequiar el firmamento entero a cambio de unas cuantas concesiones concretas. ¿Y hay acaso más obvias sartas de mentiras que las telenovelas, donde la incertidumbre no es sino papeleo hacia un final feliz garantizado? El seductor lo sabe: las mentiras consuelan. Más todavía si son inverosímiles, luego entonces artículos de fe. “Mañana te pago”. “Ahora sí ya me voy a divorciar”. “Te juro que el dinero no me importa”. A la gente le gusta que le mientan así. Total, si no es verdad, denota al menos cierta conciencia de las formas. Qué mentiroso, pues, pero también qué amable.

La falsa cortesía de Pinocho busca hacernos creer que miente o exagera en nuestro bien. Una vez que lo logre, bastará su palabra para dar por probado cuanto diga. Más que creer cada uno lo que quiere, tendemos a creer lo que necesitamos, y esa es la mercancía que vende el seductor. ¿Quién, que caiga en las garras de un donante de estrellas, va a dejar de dormir por la veracidad de unas palabras que le caen como bálsamo en el alma? Hay, a partir de ahí, dos clases de mentira: la que nos acomoda y la que nos estorba. Una insignificante, piadosa, simpática inclusive; la otra aviesa, siniestra, abominable. Vistas desde ese ángulo, las verdades incómodas serán todas mentira, y toda coincidencia conspiración.

La experiencia nos dice que a la gente le gusta votar por los payasos. Pónganle una nariz de bola a Donald Trump y hasta los niños van a hablar como él. O maquillaje blanco a Lula Da Silva cuando exclama que no existe en el mundo nadie más honrado que él: una exageración de efectos pirotécnicos, conocida también como payasada. ¿A quién le importa la verdad de lo que cree, si es que ya le acomoda y le conforta? ¿Qué más da si el falsario se propasa, cuando lo hace en mi nombre y con tal de atenderme?

¿Alguien, por cierto, dijo que todas las mentiras son iguales? De ninguna manera, sólo eso nos faltaba. Las que uno dice son mentirijillas, las que cuentan los otros son calumnias infames. Lo cierto es que mentimos todo el tiempo, avisados del alto precio de la desconfianza. Cuenta uno con la buena voluntad de su público, no espera que se pongan a investigar. Cuando algún mentiroso del calibre de Trump logra hacerse con multitudes de secuaces, uno debe entender que la verdad dejó de ser parámetro, si alguna vez al menos quiso serlo. Pues si ya mis mentiras se han encogido, mis verdades tendrán a su vez que expandirse. ¿No hemos quedado en que unas y otras son configurables, al gusto y conveniencia del usuario?

No es de extrañar que hoy día mucha gente defienda “sus” verdades con argumentos igualmente burdos, toda vez que la cháchara en las redes sociales —donde hasta la idiotez más abismal es susceptible de encontrar un eco— no fomenta el control de calidad, y de hecho lo combate a cada instante, hasta el punto que ya a nadie le preocupa poner algún esmero a la hora de mentir. Las mentiras chatarra huelen mal y hacen daño, pero saben tan bien que muchos se las tragan con avidez de náufrago. La mierda suculenta: he ahí un invento piadoso para el consumo de los necesitados.

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