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Martes , 19.06.2018 / 07:39 Hoy

Pronóstico del Clímax

Las aulas incendiarias

Xavier Velasco

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Tenía yo dos años en la universidad cuando vi aquel sketch regocijante, en alguna emisión de Saturday Night Live. Dos denodados promotores académicos llegaban a un salón lleno de adolescentes, se encerraban con ellos y les hablaban de una universidad cuyos planes de estudios no incluían tareas, ni exámenes, ni en realidad trabajos o investigaciones de cualquier tipo. Tampoco era preciso pasar lista, ni presentarse a clases, ni ese fastidio de tomar apuntes. Y no es que hubiera clases como tales, sino que los alumnos se entregaban cada día al ocio creador, obtenían notas inmejorables y egresaban de ahí con título y mención honorífica. Ahora bien, si por casualidad a uno de los presentes se le ocurría ir con el chisme, se lo advertían con toda claridad: Te encontraremos y te mataremos.

No era una idea tan descabellada, según me pareció por esos tiempos, ya en el quinto semestre de una carrera que había aprendido a fingir que cursaba. Arrellanado en una zona de confort repleta de certezas automáticas, redactaba trabajos, exámenes e "investigaciones" con una ligereza similar a la que empleaba en discutir con mis padres: adversarios de pronto predilectos para quien se miraba pertrechado por toda suerte de armas novedosas, amén de contundentes e infalibles, y de un momento a otro sentíase tentado a reeducarlos.

Me había hecho con aquellas certezas desde el principio del primer semestre, tras la lectura rauda de algunos libros básicos cuyas afirmaciones hice mías con la docilidad que exige un catecismo. De ahí a tildar de tibios, corruptos o traidores a quienes opinaban de otro modo no hubo ya gran distancia. ¿Y no hacía eso el mismo Vladimir Ilich Lenin en El Estado y la revolución, trinar línea tras línea contra los mencheviques y la náusea moral que le inspiraban? ¿Cómo pedirle entonces a mi recién nacida pedantería que no fuera y viniera por la vida impartiendo lecciones de obediencia a amigos, compañeros, familiares? ¿Cómo podían vivir, los pobrecitos, sin ver aquella luz que ya me deslumbraba, y con la que a mi vez buscaba deslumbrarlos?

Cuando al fin me topé con el sketch de marras, ya sabía que aquéllo —adueñarse de un título universitario sin más ley que la del menor esfuerzo— no sólo era posible sino natural, allí donde en lugar de escarbar en las dudas y ceder al demonio de la curiosidad, el alumno converso y obediente pasaba por sesudo y respondón, aun tendido en la hamaca de una hueva mental impermeable a razones y evidencias. Poco importaba, al fin, lo que uno aprendiera, si ya sabía estar en el bando correcto y miraba al espejo con la altivez oronda del provocador. Es decir que, de haberme preguntado, seguro habría tenido un par de ideas revolucionarias para extender mi zona de confort. Abolir las tareas, por ejemplo, o acaso sustituirlas con algún activismo consecuente, tras todos esos libros incendiarios. ¿Y qué tal elegir los profesores, torcer el plan de estudios, darle vuelta a la Historia atrincherados detrás del pupitre?

Decía el viejo refrán que Dios no da alas a los alacranes. Si, niño todavía, se me hubiera otorgado el privilegio de resolver el curso de mi educación, habría empezado por prender fuego al colegio. Decisión demencial, a todas luces, que por supuesto no podía dejarse en manos de quien menos sabía del asunto. Uno asiste a la escuela, por tiránica que ésta le resulte, con el fin de librarse del tirano mayor, que es la ignorancia. Hasta que un día de pronto la solapa, nada más encontrar que aprendió lo bastante para gastar más tiempo en dar lecciones que en seguir aprendiéndolas.

No me gustan las aulas, diría incluso que no las soporto, pero si he de acercarme a aprender algo en una, entiendo que no puedo poner mis condiciones. Hay, sin duda, maestros arbitrarios, o ineptos, u holgazanes, o ricos en complejos, pero de ahí a otorgar el poder al alumno tendría que haber una enorme distancia: esa misma que nos hacía reír de disparates tan exagerados como aquellos de Saturday Night Live. ¿Una universidad regida por alumnos holgazanes y resguardada por una pandilla de maleantes dispuestos a quebrar a quien abra la boca? Eran tiempos ingenuos, semejantes visiones apocalípticas parecían entonces improbables.

Hay una trampa fácil detrás de la certeza de encontrar progresismo en la ignorancia, por la cómoda vía de la soberbia. Nada muy diferente de la actitud de aquellas viejas beatas a las que uno asustaba con una palabrota, una blasfemia, una provocación de chamaco ladilla. ¿Qué esperar de una escuela "autogestiva" donde el conocimiento importa poco o nada frente a la sumisión a unas cuantas teorías rancias y monolíticas que no han de ser tocadas ni por la más sumisa de las hipótesis? ¿Se ejerce así la sana rebeldía, o más exactamente se trata de agachar la cabeza frente a un poder fanático y despótico que tiene al narcisismo por escudo y a la ignorancia por artillería? ¿Desde cuándo la libertad se esconde tras las rejas del adoctrinamiento? ¿No eran, por cierto, beatos, oscurantistas y otros gestores de pureza a ultranza quienes solían graduarse de pirómanos? ¿Hay por ahí un maestro memorioso que ponga al día a tantos tiranuelos?

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