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Miércoles , 26.09.2018 / 08:54 Hoy

Pronóstico del Clímax

La verdad con minúsculas

Xavier Velasco

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Por más que la verdad sea la verdad, cierto es que hay de verdades a verdades. No siempre están de acuerdo unas con otras, ni por supuesto ostentan igual rango. Hay verdades que quieren ser escritas, pensadas, gritadas con mayúsculas. La verdad religiosa, por ejemplo, no tolera la contradicción, ni perdona la duda. Fuera de ella todo es soberbia y herejía, además de mentira. Es La Verdad, al fin, y como tal no tiene que explicarse, ni hacerse verosímil, toda vez que ponerla en tela de juicio equivale a servir a la causa del equipo contrario.

"Esperamos la resurrección de los muertos...", debo de haber repetido cientos de veces en misa, cuando niño, sin el menor asomo de sinceridad. Y es que la sola idea de ver resucitar a mis antepasados me sonaba no sólo espeluznante sino, a Dios gracias, improbable. ¿Cómo podíamos todos esperar un evento que, de ocurrir realmente, nos llevaría a correr despavoridos, cuando no a caer muertos del sustazo? La verdad de las cosas, si yo seguía rezando era con la esperanza de que esos hechos tétricos jamás acontecieran. ¿Qué tanto me costaba repetir como un loro Las Verdades Mayores y ponerme del lado de los buenos, aunque fuera mintiendo? Pues si entre las verdades hay todo un abanico de estaturas y rangos, las mentiras también tienen sus jerarquías.

"¡Le dije sus verdades!", se ufana, o se solaza, o se desquita uno en recalcar, cuando lo que ha hecho es poner a otro infeliz al tanto de sus fobias postergadas. "¡Y para colmo, te apesta la boca!", remata, ebrio de rabia, el intrépido lanzador de verdades, probablemente mal actualizado en torno al costo real del bombardeo. Si hasta entonces la otra persona creyó, porque así quiso, en su predilección, o cuando menos en su respeto, ahora es al fin consciente de que nunca los tuvo, y todo lo contrario. Bastaba nada más que una verdad pequeña (su halitosis) para hacer trizas una verdad mayor (La Amistad como tal).

¿Qué sería de las Grandes Verdades sin la complicidad, la devoción o la aquiescencia de un ejército de pequeñas mentiras? ¿Y quiénes más, sino los que las arman, acreditan y esparcen, van a otorgarles rango, mérito y disculpa? La verdad es incómoda, en su estado más puro; de esta certeza nacen las mentiras piadosas. O las relativas. O las coyunturales. Recuerdo una película —Cadáveres ilustres, de Francesco Rosi— por el mazazo seco de línea final: "La verdad no siempre es revolucionaria".

Para quienes la buscan y la esperan, La Revolución es una verdad mayor. Más aún si se trata de una suerte de cruzada sangrienta, luego entonces purificadora. Ya con tamaño fin impreso en las banderas, los medios se disculpan por sí mismos. Lo que en otros es vicio se transforma en virtud, por el puro prestigio de sus intenciones. Si se trata de hacer La Revolución, y en tanto ello fundar un mundo nuevo, cualquier mentirijilla nos sonará piadosa y ninguna verdad escrita con minúsculas se salvará de lucir relativa. ¿Qué tanto da torcer algo de Historia por cambiar el modo de producción?

La verdad, no soy bueno para hablar con mayúsculas. Me parecen ridículas y huecas, como toda la pompa que convocan. Una idea realmente revolucionaria no requiere de efectos especiales, cuantimenos artículos de fe. Asumimos que ha sido prohijada por una inteligencia lo bastante aguda y funcional para enfrentar las dudas más inquisitivas. Esperamos, también, que lo haga sin tener que acudir a certidumbres inquisidoras. De otro modo, ya puede uno ir imaginando la clase de paraíso terrenal al que aspiran aquellas refulgentes mayúsculas.

He perdido la cuenta de las mentiras que me creí con fervor religioso, recién salido de la preparatoria. Ya no iba más a misa. Tanta prisa tenía por desobedecer que de un día para otro ya estaba obedeciendo al catecismo de los desobedientes. "Compañero", me decían los profesores, como en la iglesia me llamaban "hermano". Y acá tampoco se valía pensar, con todo ese arsenal de terminajos tiesos y casposos, capaces de explicar la Historia y su sentido inamovible con pose de profeta y aires de científico. Nada que no pudiera uno improvisar a la mitad del primer semestre, como cualquier discípulo de Hugo, Paco y Luis. "Chairo", le llaman hoy a esa mezcla impetuosa de scout y monaguillo en que me convertí tras un par de lecturas provocadoras y el chantaje moral de una maestra guapa. Ya tenía La Verdad, lo demás vendría solo.

La Verdad es tan frágil que algunos la defienden a grito pelado, y a menudo sucede que sólo se sostiene con mentiras. Nada que no le pase a La Revolución: esa fe farisea que nos ha prometido decir la verdad cuando tome la forma de dictadura del proletariado. Verdades religiosas e históricas aparte, el solo hecho de haber enviado a unos adolescentes primerizos a robar y lidiar con sicarios y narcotraficantes en el nombre de Tan Ilustres Abstracciones —es decir, tras llenarles el coco de cascajo— habla a gritos de una de esas infamias en tal modo mayúsculas que no hay verdad que alcance a exonerarlas, ni mentira tan buena que las desvanezca. La verdad, la verdad, un revolucionario y un cobarde no tendrían que ser la misma persona.

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