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Domingo , 22.07.2018 / 13:59 Hoy

Pronóstico del Clímax

La primera Olimpiada

Xavier Velasco

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Uno jamás olvida su primera Olimpiada. Aquella que le pesca a media infancia y tras la cual la vida no vuelve a ser la misma. De un día para otro, el firmamento de la imaginación se ha llenado de héroes contemporáneos, cuyas hazañas uno puede seguir, y enseguida imitar en su mundo pequeño, unas veces secreto y otras estridente, donde basta saltar con una escoba entre el buró y la cama para quebrar la marca universal de salto con garrocha, y entonces celebrar y alzar los brazos, solo o acompañado, con la clase de nítida verosimilitud que rara vez alcanzan los juegos infantiles. Puesto que lo hemos visto, con todo y narración. Apenas es preciso ejercitar el músculo de la imaginación para mirarse ahí, peleando la medalla y el aplauso del público en ocasiones épicas e históricas que habrán de repetirse aun meses y años después de clausurados los Juegos Olímpicos.

No me recuerdo ganando medallas, ni protagonizando hazaña alguna en la niñez entera, como no fueran esos felices simulacros que solían empezar en la televisión, para después acompañarme a lo largo del día y parte de la noche, si ni siquiera hundido en la almohada deseaba uno parar el flujo delusorio. Y si participaban otros niños, había una larga lista de opciones deportivas, la mayoría apenas conocidas pero igual “dominadas” tras unos cuantos brincos y machincuepas que te hacían mundialmente famoso a cada rato. Abundaban, de paso, nombres de clavadistas, corredores, gimnastas, futbolistas y atletas verdaderos que podías colgarte a voluntad y cambiarlos después a tu capricho. Nunca como a esa edad las Olimpiadas son de quien las sueña.

Campeaba, mientras tanto, la sensación de que cada una de esas justas entrañaba momentos solemnes y trascendentales que habrían de pervivir a lo largo de muchas generaciones, y quién sabe si no hasta el fin de los tiempos. Uno mismo, por tanto, era privilegiado testigo de hechos impares, acaso comparables a gestas memorables de la Historia, y de los cuales algún día hablaría cual si fuese un recuento de la Revolución francesa vivida entre las calles mismas de París. ¿Y dónde más había un espacio en tal modo auspicioso para dar vuelo a la exageración, que es el ancla terrena de la fantasía?

Ojalá fuese así cada cuatro años. Más habitable luciría este mundo si las pruebas olímpicas tuvieran la mitad de la trascendencia que uno les atribuye en sus años fantásticos. Y todavía mejor si la política, los intereses creados y los manejos turbios de tantos funcionarios implicados en comités locales e internacionales, entre otras recurrentes calamidades, no salpicaran el evento completo y plantaran comillas en torno a sus ideales tan sobados. Todo ello ayuda poco a revivir ciertas memorias infantiles, de por sí desgastadas y distorsionadas a lo largo de tantas nuevas pero ya viejas Olimpiadas. Es fácil decidir, con nostalgia arbitraria y un poquito embustera, que en otros tiempos todo era distinto, pero lo cierto es que el distinto era uno, porque los juegos eran todos suyos y eso nadie podía disputárselo.

Podría uno afirmar que los Juegos Olímpicos ya no son los de antes si observara que sus espectadores estelares, a la vez que protagonistas imaginarios, aquellos que los viven con mayores enjundia e ilusión, han sido descartados del programa. Nunca podría hacer cuentas de los recuerdos mágicos que debería amputar de mi memoria si desaparecieran para siempre de ella las Olimpiadas que la hicieron volar. Sé que hace años es moda confortable hablar pestes de la televisión, pero no me imagino qué habría hecho sin ella durante aquellas dos semanas sorpresivas, sobrepobladas de héroes prodigiosos a quienes sabía bien por qué admiraba, sin que ningún maestro tuviera que explicármelo.

Hace varios cuatrienios que las miro de lejos, con algún interés intermitente que rara vez alcanza para dejar de lado tentaciones quizá más productivas, vigentes o inmediatas. A veces, sin embargo, consigo apasionarme por una competencia y por unos minutos, un par de horas con suerte, vuelvo a ser el escuincle irreductible que se pasaba el día frente a la pantalla y apenas se movía de su sitio para emular un poco de cuanto contemplaba en la transmisión (las manos sudorosas y las piernas temblonas y el grito destemplado a flor de labio).

No somos pocos quienes calculamos que en el manejo del deporte olímpico no hay menos corrupción que en una cárcel con autogobierno, pero a los niños eso les da igual. Pues nadie como ellos aprecia, vive y goza el espectáculo de las justas olímpicas. Tienen la vida entera para amargarse, pero mientras aquello comienza a suceder, suya es la fantasía y el derecho a ejercerla sin consideraciones ulteriores. Envidiablemente.

Me pongo en el pellejo de un niño mexicano de 2016 y no me faltan ganas de hacer una rabieta en su lugar. ¿Quién le explica a ese niño que a estas alturas del siglo XXI no le será posible ver los Juegos Olímpicos porque no están en la televisión abierta? ¿Quién le va a resarcir por tamaño despojo? Motivos habrá varios, no lo dudo, pero al final ninguno alcanzará para evitarse la ocasión amarga de ver al pebetero, los aros, las medallas, y juzgar por lo bajo: qué poca madre...

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