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Lunes , 24.09.2018 / 03:28 Hoy

Pronóstico del Clímax

La pelambre coronada

Xavier Velasco

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Hace ya un par de días que sé cuál será el tema de esta columna, solamente que entonces lo creía gracioso. Hoy, con el pasmo encima y el horror delante, creo advertir que el tema no ha cambiado. La diferencia es que en lugar de risa me provoca miedo. No el pavor que hoy en día le da la vuelta al mundo, sino el de quien se ha visto en el espejo y encuentra que no entiende ese esperpento. Y tampoco es que esté hablando de mí, sino de eso que somos o suponemos ser quienes pasamos lista como civilizados y ya sólo por eso nos creemos razonables, y por supuesto indignos de ser asesinados a lo imbécil.

Hablemos, pues, de gente razonable. Refinada, ilustrada, como sería el caso del presidente de la República Francesa. Aun sin conocer a François Hollande, supone uno que sería sencillo entenderse con él, superadas las trancas del idioma, sobre la mayoría de los asuntos básicos. Socialista, pragmático, moderno, nada que se compare con sus antípodas del Estado Islámico, cuya mentalidad nos resulta perfectamente incomprensible, y por supuesto nada civilizada. No sin candor, por cierto, puede uno imaginar a grandes rasgos lo que un hombre como él tendría en la cabeza.

La noticia, no obstante, es elocuente: se ha sabido que Olivier Benhamou, ilustre peluquero del presidente Hollande, cobra por sus servicios la pizpireta suma de 9 mil 895 euros (algo más de 200 mil pesos mensuales). Ahora bien, no se trata de una, ni de dos, ni siquiera de cuatro peluqueadas al mes, sino que el señor fígaro está a disposición del mandatario “24 horas sobre 24”, según lo justifican los colaboradores de Hollande, que ya sólo por ese razonamiento merecerían el grado de achichincles. Aunque en nada le ayudan, y al contrario.

Por cumplir con su grave responsabilidad, se nos dice que el abnegado Olivier “ha faltado hasta al nacimiento de sus hijos”. Pues sí, no fuera a ser que al Mandamás le creciera dos micras de más una patilla, o asomaran de más las entradas traidoras, o le saltara un gallo a media mollera, fruto de un remolino saboteador: eventos alarmantes y ominosos, a juzgar por el celo invertido en evitarlos a cualquier precio. Porque estamos de acuerdo en que la cabellera de Monsieur Le Président es infinitamente más importante que los hijos del pinche peluquero, así gane más sueldo que varios gobernantes en funciones.

Puedo entender que un salvaje ignorante, fanatizado por el resentimiento y acaso enajenado por la exclusión, se lance a cometer masacres tan cobardes como atroces. Que nada más de verme ir por la calle (y no reconocerme como uno de los suyos) fuera capaz de sacarme los ojos, sin conocer ni mi nombre de pila. No diré que no me parezca estúpido, además de perverso y abominable, puesto que ya he aclarado que hago fila entre los civilizados (para ellos los infieles), y como tal me precio de saber limitar en lo esencial —aunque eso sí, no siempre— el largo alcance de mi estupidez. Ahora mismo, a unas horas de la última matanza de inocentes a manos de otro estúpido infeliz, hago aquí cuanto puedo por evitar la rabia que en un descuido me iguale con él.

Sabemos, porque es obvio o así nos lo parece, cuán ridículos son los beatos matasiete del siglo XXI. Nos reímos de sus prohibiciones idiotas, abominamos de sus supercherías y nos espeluznamos ante el celo asesino de sus mulás, fiscales y verdugos, oficios confundibles en tan viles dominios. Arrugamos la cara y la conciencia sólo de sopesar la fantasía infame de ser mujer entre esos trogloditas. Toda esta atrocidad, quiero insistir, soy capaz de entenderla, por más que la aborrezca y me acongoje. Se entiende más el odio que la inconsecuencia, por cuanto ésta es pariente más cercana de la estupidez.

En Francia, cuando menos, el término Terror se escribe con mayúscula. No alude a un sentimiento constante o pasajero, sino a un momento histórico preciso. Es de creerse que en los meses que siguieron al ajusticiamiento de Luis XVI, hubo tiempo de sobra para que los vencidos (esto es, los aún vivos) reflexionaran sobre la inconveniencia de continuar viviendo como reyes entre tantas miradas recelosas. Esa purga discreta y apenas oportuna que consiste en “poner tus barbas a remojar”. Poca piedad experimentarían Robespierre y sus chicos por aquellos déspotas perfumados que tenían de realistas no más que la etiqueta.

Y así volvemos a Monsieur le Président. Ese hombre que, nos dice la evidencia, no sabría conducir los destinos de Francia sin la presencia clave de un peluquero a su entero servicio. Una noticia idiota que acaso hará reír a más de uno entre los futuros terroristas. Pues si nosotros los hallamos palurdos, hay que ver lo mal que habla de nuestra amenazada civilización que uno de sus más conspicuos representantes sobresalga por una desmesura pomposa e irrisoria (y a saber cuántas de éstas más habrá) que sería entendible en un neocalifa, un sátrapa, un bufón de uniforme, no un político que se dice socialista y habla en nombre de la civilización. Qué pena, pero ya ni risa da.

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