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Martes , 20.11.2018 / 16:11 Hoy

Pronóstico del Clímax

La era del balbuceo

Xavier Velasco

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Pasa todos los días, temo que en cualquier parte. Sentidas biografías y efemérides nos informan que Zutana o Mengano nació “un 15 de octubre de 1970”. La persona aludida, por lo visto, vino al mundo no el día señalado, sino uno de los tantos quinces de octubre de aquel año por lo visto profuso, sabrá el diablo si iguales entre sí. Habrá tal vez quien halle poesía en tal traspié, como a otros les conmueve que una canción destroce la sintaxis por efecto de intensos sentimientos, pero a falta de música de fondo queda en el disparate cierto rastro pedestre, no exactamente libre de cursilería. ¿Se vería quizá más bonita esta página si datara de “un 3 de marzo de 2018”? ¿Será que hay varios marzos, para colmo?

Cierto es que muchos lo hacen por descuido, y de éste sí ninguno estamos libres. Antes, cuando había tiempo para pensar en lo que uno decía, leía o escuchaba, solía respetarse la palabra impresa. Se creía, no siempre con sustento, que quienes aspiraban a la publicación debían satisfacer una tupida lista de requerimientos, partiendo de una clara solvencia para expresar y estructurar ideas con sentido y propósito. Hoy día no solamente menudean los sinsentidos en la palabra escrita sino de paso en su percepción. Entendemos ya no lo que queremos, sino lo que hubo tiempo de captar como diría mi abuela: a troche y moche. Leemos y escuchamos por encimita, sin mucho preocuparnos por los malentendidos que habrán de generar las tergiversaciones resultantes.

Las redes sociales no me dejan mentir. Nunca antes tanta gente se peleó por escrito, en muchas ocasiones por motivos erróneos y con frecuencia cómicos. Todos tenemos algo que decir, y de pronto gritar, pero tanta es la urgencia por soltarlo que acabamos pariendo uno tras otro los galimatías, mismos que serán leídos a la ligera e interpretados según cada cual y su circunstancia. Solemos dividir nuestra atención entre tantos asuntos simultáneos que ya podríamos ir dejándolo todo en manos de un autómata y a ver quién va a notar la diferencia. Vamos, quien esto escribe tiene al lenguaje por herramienta de trabajo, y aún así ya ha perdido la cuenta de los correos electrónicos que ha leído a medias, interpretado mal y respondido con humor involuntario. Por no hablar de los pleitos en los que me he metido sin saber bien por qué peleaba, menos aún con quién y para qué.

Quienes hayan jugado Maratón y sepan del bochorno que es verse derrotados por la ficha veloz de la Ignorancia, miren alrededor y pregúntense qué se siente ahora ir perdiendo en contra de la Incongruencia. Aún me resisto, a veces, al redactar algún correo especial, pero ocurre que media hora después ya maldigo mi suerte porque se me va el tiempo de trabajo en una fruslería sin mayor consecuencia, y nada que consigo terminar. ¿Pienso acaso que quien me va a leer dejará por completo sus demás asuntos y habrá de concentrarse en mis palabras igual que en la lectura de un poema, cuando yo mismo leo a trancos la pantalla porque igual tengo cosas mejores por hacer?

Hasta en las transmisiones deportivas debemos soportar alguna marquesina al pie de la pantalla que nos mantiene al tanto de toda suerte de noticias, marcadores y avisos, cual si fuesen información urgente y no nos fuera lícito concentrarnos en el maldito juego que elegimos ver. Peor todavía resulta tratar de trabajar en algún documento electrónico mientras en la pantalla se suceden alertas, mensajes y naderías sin el menor concierto, algunos de los cuales reclaman atención inmediata, de modo que ya el acto de ignorarlos supone una pequeña distracción que irá creciendo al fondo de la conciencia.

Es de temerse que en este río revuelto la ganancia va a dar a estafadores, demagogos y farsantes: gente que lucra con la ambigüedad y elude el compromiso como la peste. Hoy gruñen una cosa, mañana otra, y si les pides cuentas ya te tiran a lurias y hacen burla sonora de tus pocas pulgas. Ellos, que tan mal hablan de la intolerancia, no toleran el fardo de la reflexión ni se sienten deudores de la congruencia. Saben que la pereza mental generalizada —o, si se quiere, la premura imperante— es una garantía de aquiescencia. Pueden entronizar a cualquier criminal y encontrar las razones más descabelladas para justificar su atrocidad, en la certeza de que funcionarán, porque al cabo da igual una palabra que otra, no hay que ser quisquillosos.

La comunicación escueta, dudosa y fragmentaria es todavía peor que el aislamiento, por cuanto al menos éste reconoce sus límites. Ahí donde las palabras valen por balbuceos y ni a éstos queda tiempo de atender, ya puede uno entenderse a garrotazos, que en una de éstas nadie va a darse cuenta.

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