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Sábado , 26.05.2018 / 17:18 Hoy

Pronóstico del Clímax

La cosmética extorsión

Xavier Velasco

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Usted es una chica joven y guapa, pero tampoco es que esté tan segura. La gente siempre dice que se ve uno muy bien, así traiga el semblante de un tísico. Y el tiempo jamás deja de correr, quién le dice que no será usted la última en advertir sus signos de envejecimiento. Qué palabra maldita, ¿no cree? Casi nadie osaría decírsela en la cara, lo común es que tales comentarios acontezcan a espaldas del interesado, pero hay quienes los sueltan a bocajarro. Sin pizca de piedad, y al contrario, con la intención implícita de causar malestar. A decir de la vendedora intrépida que recién la abordó en el centro comercial, tiene usted la epidermis de una mujer diez años mayor.

Una agresión así no pasa inadvertida por quien, como es su caso, ve acercarse su próximo cumpleaños presa de una inquietud premonitoria y un pelo paranoica en torno a esas arrugas que todavía no llegan, pero ya la desvelan precozmente. Sólo una mujer sabe —y esta es la gran ventaja de la vendedora— el efecto que tiene sobre otra mujer un diagnóstico raudo y agresivo como el que usted acaba de recibir. No se puede esperar que inclusive una chica joven y guapa siga como si nada su camino tras escuchar de una perfecta extraña que tiene el look de una vieja decrépita. A partir de este punto, su vanidad es rehén de las circunstancias. Si ha de tomar alguna decisión, lo hará a partir del miedo recién inoculado.

La vendedora intrépida trabaja en uno de esos quioscos ambulantes que suelen saturar los centros comerciales, luego entonces no cuenta con respaldo profesional alguno, pero usted por lo pronto es incapaz de hacer cualquier sesudo análisis del sinsentido en el que está atrapada. "¡La piel es un órgano!", la instruye la mujer en un tono insolente y regañón que en otras condiciones tal vez la indignaría, pero usted no consigue concentrarse más que en el fantasmón de la vejez, que tan desprevenida la ha tomado. Sobra decir que está totalmente a merced de la vendedora.

Según le ha dicho ella, con los ojos brillando de un entusiasmo ansioso de contagio, hoy es su día de suerte. Pues gracias a una oferta especialísima —y, como es inherente, irrepetible— podrá llevarse por un precio ínfimo el tratamiento completo antiedad. Hechas todas las sumas pertinentes, el desembolso asciende a más de ocho mil pesos. Un dineral, aún si se tratara de firmas conocidas, pero tal es su angustia momentánea que usted no tiene tiempo de hacer cuentas y esquemas comparativos. Necesita por ahora resolver el problema del que hace tres minutos no tenía noticia. Por su parte, la vendedora intrépida insiste en la importancia de empezar a invertir en su piel. ¿No es acaso una buena señal del destino que justamente hoy se ahorre usted la mitad del precio original por todo un tratamiento rejuvenecedor? ¿Quién no querría pagar el cincuenta por ciento del precio de ser bella?

Una vez que ha aplicado la crema exfoliadora sobre su muñeca derecha, experimenta usted el primer y último síntoma de alivio. Su situación, se dice, es angustiosa, pero con estas cremas todo va a mejorar. ¿Y si espera a mañana para decidirse? La vendedora no se lo aconseja, y de hecho la amenaza contra un error de tal envergadura. ¿Va a renunciar a los grandes ahorros que hoy y sólo hoy estarán disponibles? La vendedora hierve de premura, pero es usted quien acusa inquietud, por efecto de una simbiosis mercantil cuya vigencia pende del empecinamiento de la mercachifle. Según ella, la cosa está clarísima: si usted no compra ya sus cremas y mejunjes, será una irresponsable y una perdedora.

Gracias a algún resabio de cordura que de aquí a media hora se agradecerá, usted apenas compra el jabón limpiador de mil doscientos pesos, con la promesa de volver más tarde. Pero he aquí que unos quioscos adelante es abordada por otra vendedora, de una manera poco menos que idéntica a la anterior. La marca de cosméticos —también desconocida— no es la misma, pero ya la mujer se esmera en embarrarle la muñeca derecha de un producto exfoliante sin el cual, le repite, su piel luce caduca y apergaminada. Quisiera usted decirle que justo esa muñeca se la exfoliaron hace diez minutos, pero esta vendedora tampoco tiene tiempo de escuchar sus reparos. Fue entrenada asimismo para lanzar respuestas contundentes a cualquier objeción imaginable, su certeza perfecta y charlatana bien podría medirse con la de ese testigo de Jehová que llega justo a tiempo para librarle a uno del averno.

De poco le ha servido regresar a la escena de la estafa. La vendedora intrépida le recuerda que ha sido usted objeto de una oferta especial, por lo que no le puede regresar su dinero. Es en estos momentos, cuando ya la coacción ha cedido lugar a la reflexión, que toda la monserga de la vendedora se revela trivial, tramposa y abusiva como la perorata de un merolico. Nada muy diferente de un asalto, con la extorsión a modo de pistola. Como compensación, ahora que usted se mire en el espejo volverá a descubrirse joven y guapa, y acaso entonces se preguntará qué diablos le pasó con esa vendedora. Dónde fue a dar de pronto su buen juicio. Cómo es que semejantes emboscadas ocurren todo el tiempo, a plena luz del día, con el cinismo artero de quien halla ocasión de chantaje en la inseguridad de los demás. ¡Manos arriba!, solían decir los clásicos.

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