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Sábado , 15.12.2018 / 11:24 Hoy

Pronóstico del Clímax

La coartada patriotera

Xavier Velasco

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Hace no mucho tiempo, un amigo imprudente visitó Shanghái. Contra el rígido imperio de la ley que el mexicano había imaginado, encontró una ciudad licenciosa y anárquica, cuyo ya legendario paseo Nankín es peinado a toda hora por cafiches groseros y entrometidos que ofrecen los placeres de la carne a cuanto perengano cruza por ahí, poco menos que a gritos y bajo las narices de la policía. Una noche, algo lejos de esos rumbos, se le acercó al turista una mujer bellísima. Mai Li, dijo llamarse. Hablaba mal inglés, reconocía, pero estudiaba idiomas y le gustaba hacer amigos extranjeros. ¿Qué tal si daban un paseo juntos?

Diez minutos después de reírse con ganas de sus chistes malos y dejarlo flotar en su mirada, Mai Li le confesó a su admirador que en realidad andaba trabajando. Si quería estar con ella, tenía que pagar. “Esto es China, tú no lo entenderías”, se explicó, entre mortificada y cariñosa. Desarmado, según me contaría después, por aquel argumento tan exótico y aguijoneado por la curiosidad, el cándido siguió la ruta del anzuelo hasta ir a dar a un edificio viejo, en cuyo sexto piso pululaban decenas de mujeres en paños muy menores, ninguna tan bonita como Mai Li. “Espérame allá adentro”, le guiñó un ojo ella, pero en pocos minutos apareció otra chica en su lugar. “Mai Li ya no está aquí”, le informó en mal inglés y trató de zafarle el cinturón, con un tedio muy mal disimulado.

Herido en su altivez de Super Mario, exigiría el cliente con los brazos en jarras, airado y cejijunto, el regreso de la novia postiza. Una vez que sus gritos rebotaron entre los recovecos del burdel, tres obesos forzudos lo atajaron, armados con chicotes y cachiporras. ¿Qué se estaba pensando? ¿Dónde creía que estaba? ¿Y qué esperaba para arrodillarse? Cuando al fin se aburrieron de azuzarlo, tras un par de patadas pedagógicas, el que hablaba en inglés le exigió que entregara su cartera. “¡Esto es China!”, gritó, desaforadamente, citando sin querer a la enganchadora. Puesto en buen español: tú aquí no cuentas, ve esperando lo peor. Al cabo de regaños, amagos y amenazas, vio el quejoso fallido con relativo alivio que en lugar de quedarse con todo su dinero, el gordo angloparlante extraía justo la cantidad que Mai Li le pidió, le daba de regreso la cartera y señalaba hacia el elevador. This is China!, insistió. No quería volver a verlo por ahí.

¿Dónde fue que escuchamos algo parecido, sólo que a modo de justificación y remojado en cierta soberbia pueblerina? Fatalmente, la anécdota shanghaiana despide un sospechoso tufo local. Cada vez que hace falta algún salvoconducto para la inconsecuencia o la mediocridad, la respuesta esotérica no se hace esperar: Es que estamos en México. Cualquier insuficiencia, exceso o despropósito pide antes los aplausos que el perdón bajo el ancho paraguas de un gentilicio exótico de fábrica: esa entelequia a tal extremo impune que hasta sus mismas fallas envanecen. Puede ser que en el resto del globo dos y dos sumen cuatro inexorablemente, pero en mi tierra pensamos distinto porque estamos seguros de que no hay otra igual, y ajúa.

Este determinismo guajiro y montaraz, según el cual la mera aspiración a obtener el valor de lo que uno ha pagado, o exigir que la ley se aplique sin distingos, es poco menos que frivolidad, dado lo pintoresco de nuestras latitudes y su aversión atávica al progreso, no oculta sus complejos más tortuosos ni le ahorra al fuereño una cierta piedad paternalista, vestida de aquiescencia reflexiva. “¡Es que estamos en México!”, se pavonea el charrito, metido en los huaraches del caballero águila, y es como si advirtiera al extraño enemigo que si además de profanar su suelo va a exigir que sus dos más dos den cuatro, tocará que retiemble la Tierra en consecuencia.

Ostentar los defectos colectivos, aquellos que uno cree más socorridos, a modo de virtudes nacionales, supone un ejercicio narcisista —cuando no bravucón, patético, grotesco— que para su desgracia no pasa inadvertido a ojos de explorador: la clase de mirada compasiva o miedosa que ubica al esperpento debajo de la lupa.

“¡Es que estamos en México!”, me he solazado ya unas cuantas veces a costillas de turistas amigos, a los que previamente convencí de que cada domingo, en Teotihuacán, se practicaban sacrificios humanos. ¿Cómo es que me creyó la mayoría de ellos semejante idiotez, y hasta los más escépticos me observaron con alguna inquietud? Temo que fue muy fácil. Una vez que echas mano del hacha y el penacho, juran que eres capaz de eviscerarlos en honor de algún dios impronunciable por motivos que nadie sabría explicar. Luego venían las risas y una cierta vergüenza por haberse creído tan extremas patrañas. “¡Es que estamos en Halloween!”, tendría que haber dicho, y hasta ese habría sido más sesudo argumento.

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