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Lunes , 18.06.2018 / 04:43 Hoy

Pronóstico del Clímax

Infamia en cuatro letras

Xavier Velasco

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“Mujer que hace negocio con su cuerpo”, solía definir el diccionario, si es que incluía la vieja palabrota, cuyo uso por tanto desaconsejaba. Negocio, mujer, cuerpo: he ahí tres ingredientes misteriosos cuya combinación apunta hacia la hoguera. ¿No suele ser el fuego purificador alcahuete de los vicios tartufos? Ramera, meretriz, fulana, suripanta, hetaira, prostituta, furcia, cortesana, buscona, trotacalles: no hay un solo sinónimo de “puta” que no sea de por sí un insulto grave, cuando no una sentencia de exclusión social.

Las putas son el vicio de los otros. Uno, naturalmente, no sabe de esas cosas. Ni las piensa, siquiera. ¿O es que va a tatemarse ante sus amistades contando sus andanzas prostibularias? Claro que hay quienes lo hacen y se jactan desde otra equivalente superioridad, pues si unos aseguran ignorar a las negociantes del colchón, otros se regocijan en darles uso fácil e inescrupuloso, como quien se refiere a objetos desechables. Quién les manda, ¿verdad?, ser lo que son. Pocos oficios, todos clandestinos, igualan en tal grado lo que uno hace con lo que uno es. Hazlo una sola vez y serás siempre puta. Luego entonces, persona de segunda. Persona indefendible. Persona sin derechos. Persona intocable. No-persona.

Mentiría si dijera que me siento orgulloso de haber cedido más de una vez, y acaso más de tres, a la comezón del comercio carnal. Puede que hubiera alguna descortés y otra más bien simpática, pero la gran tristeza no era tanto pagar, como tener que hacerlo para no seguir casto. Admitir “soy un tímido” o “soy un imbécil”. Las recuerdo marchando entre Río Pánuco y Río Nilo, nada más caía el sol y tras él un enjambre de calenturientos. Fui amigo de un par de ellas, dizque porque quería ser novelista. “Oficio afín”, me gustaba decir, con aires libertarios y románticos, pero ni así podría asegurar que nunca conocí a una esclava sexual.

Hace ya tiempo que Héctor de Mauleón dedica sus heroicos esfuerzos —y no hay en esto un gramo de ironía— a hurgar en el negocio del lenocinio y la prostitución. Palabras ya pequeñas y hasta pueriles para abarcar las atrocidades inenarrables que el cronista De Mauleón consigna línea a línea ante el tieso estupor de sus lectores. Secuestro, trata, estupro, amenazas de muerte, violaciones, tortura, mutilaciones y esclavitud, entre incontables agravios extremos que en un descuido llegan al homicidio, parecen poca cosa a la justicia si resulta que la agraviada es puta.

Lo de menos es cómo llegó allí. Ya por el hecho de aplanar la banqueta, se asume que ha nacido para puta. Si para ello tuvieron antes que seducirla, engañarla, secuestrarla, apresarla, humillarla, golpearla y al cabo emputecerla a fuerza de torturas y amenazas, no parece que el tema preocupe a la clientela, ni a la opinión pública, ni hasta hace poco tiempo al Ministerio Público. Total, son putas. ¿Qué mejor que su ejemplo desdichado para lavar las culpas de los puros?

No soy quién para alzar el dedo lapidario contra quienes defienden como tal al oficio más viejo del mundo, aun si dudo que al cabo resulte buen negocio para quienes ejercen libremente la siempre mal llamada vida fácil. Lo inaceptable no es que la gente vaya y se emputezca, sino que otros la lleven a la fuerza. Lo que Héctor de Mauleón cuenta en sus crónicas es llanamente el infierno en la Tierra, ocurriendo delante de nuestras barbas. ¿Cómo es que una mujer parada en la banqueta no puede ir media cuadra más allá sin que sus carceleros y verdugos la escarmienten con saña medieval?

Tampoco es que las putas encuentren empatía entre sus redentores. La idea de mirarlas tras un escaparate, como ocurre en algunas ciudades europeas, les parece humillante, descarada u obscena. Vamos, no se ve bien, y ya se sabe cuánto preocupa a los buenistas el espinoso asunto de la decoración. Nada desvela tanto a una buena conciencia como el miedo a quedarse sin candor.

¿No se ve bien, quizá, que una persona que desea prostituirse tenga la opción legal de rentar un espacio seguro para hacer su trabajo? ¿Se ve mejor, entonces, que en vez de prostitutas haya esclavas sexuales? ¿Que sean explotadas quince o veinte horas diarias, a lo largo de años de cautiverio? ¿Que padezcan abortos a la fuerza y sean obligadas a inyectarse sustancias perniciosas o fatales? ¿Y a quién mierda le importa lo que se vea bien, una vez enterados de tamaña barbarie?

Más putas somos todos, para el caso. Puta la calentura que oculta ante sí misma la condición forzada de la víctima. Puta la indiferencia profiláctica de tantos redentores intachables. Puta la hora en que una niña incauta resbala entre las garras de canallas para cuyas infamias no existen aún palabras conocidas. Puta la suerte de quien las encuentre.

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