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Domingo , 21.10.2018 / 06:12 Hoy

Pronóstico del Clímax

"Heil, hater!"

Xavier Velasco

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¿Qué tan “nazis”, de pronto, son nuestros adversarios? Es moneda corriente comparar con los esbirros del Palurdo de Linz a quienes percibimos como intolerantes, o extremistas, o refractarios al mínimo escrúpulo. No menos socorrido resulta respingar, a modo de respuesta, por la exageración del comentario. Puesto que el Holocausto, se aduce en estos casos, es un asunto demasiado grave para invocarlo al puro bote pronto. Los nazis, sin embargo, no empezaron fundando campos de exterminio. Para eso es necesario sembrar odio por años, con paciencia y esmero, como hicieron los nacional-socialistas en su camino al poder absoluto. Y en eso sí que abundan los parangones.

Reproducir algunos de los métodos de quienes a la postre serían genocidas no es por fuerza incurrir en genocidio, si bien las semejanzas son ilustrativas. Incluso si los fines se anuncian encomiables, hay que ser muy ingenuo para creer que puedan alcanzarse por medios tan aviesos como estigma, calumnia o linchamiento. Brinca el hater fronteras peligrosas cuando esparce cizaña y resentimiento con la coartada de la indignación, tanto así que las borra y hace ver naturales y congruentes actitudes podridas como la rabia ciega o la sed de revancha. Una y otra, por cierto, motores infaltables del discurso nacional-socialista, cuyo odiador en jefe hacía de sus públicos berrinches —histrionismo barato, mas fructífero— instigaciones a la repulsión. ¿Pues qué decir de aquél que permanece impávido delante de la supuesta inmundicia, sino que es un coprófilo evidente?

Nada odia tanto el odio como la indiferencia o la neutralidad. Espera el enojado nuestra cólera, a sabiendas de que es una reacción inmune a los dictados del raciocinio. No hay tal cosa como una turba perspicaz, y menos todavía si ha bebido ponzoña con regularidad. Se trata de trinar en muchedumbre, de forma que la boca no pare de espumar y el enfado sepulte al intelecto, ahí donde toda forma de equilibrio ha de ser sospechosa de traición.

“Nunca hice mal a nadie”, gimotea Jair Bolsonaro —el sembrador de odio que aspira a ser electo para la presidencia de Brasil— desde la clínica donde se recupera de las puñaladas recibidas un par de días atrás, a manos de un fanático que aseguró cumplir una misión divina. Orgulloso misógino, homófobo y racista, partidario de la tortura, la dictadura y las ejecuciones extrajudiciales, al actual favorito en las encuestas le extraña que a la violencia verbal puedan seguirla los instintos homicidas.

Tocaría, tal vez, a las buenas conciencias sentenciar al vapor que el ex paracaidista militar “merece” sus heridas y debería estar muerto, a estas alturas. Es decir, que el frustrado magnicida —Adelio Bispo de Oliveira, un desequilibrado admirador de Nicolás Maduro y el ex paracaidista que lo precedió— ha hecho lo que cualquiera en su lugar habría intentado en nombre de la decencia. Una cosa, no obstante, es que los energúmenos pavimenten su ruta hacia el infierno, y otra muy diferente que se lo merezcan: un veredicto burdo y en realidad estúpido al que nada le falta para equipararse a la furia babeante que busca condenar. La idiotez se contagia entre uno y otro polo: son vecinos y víctimas de una idéntica náusea que insiste en ver el mundo en blanco y negro.

Al pseudonazi no le asfixian sus antípodas, sino la falta de ellos. Por eso los inventa a su medida, y alimenta sin pausa la tirria resultante. Y como sus modelos se pasaron con creces de la raya, bien puede pitorrearse de las comparaciones entre uno y otro modus operandi. Nunca ha hecho mal a nadie, por supuesto. Como tampoco hay un solo papel que incrimine a Adolf Hitler en el Holocausto, pero ni falta que hace, si el término Vernichtung —traducción: exterminio— salpica sus discursos con una asiduidad salvaje y furibunda que exige a gritos la complicidad. No siempre a las palabras se las lleva el viento ni el rencor se disuelve como tantas promesas mentirosas. El odio echa raíces, pide sangre y atasca de razones la sinrazón.

Nada hay de rescatable en el Tercer Reich. Por eso hasta la más pequeña similitud con la infamia de sus hechos y dichos parece repugnante, y antes de eso, alarmante. No hay que llegar hasta Auschwitz y Treblinka, ni siquiera a la Noche de los cristales rotos, para dar con el rastro de sevicia nihilista que acabó conduciendo al matadero. Valdría más, para el caso, exagerar la nota que pasarla por alto. No se es un pseudonazi por masacrar al prójimo sin límite; basta con esparcir el odio primigenio, y para eso no faltan aspirantes. Y tampoco se trata de predecir hasta dónde serían capaces de llegar. Una vez que empezaron a aborrecer y hacerse aborrecer, solo el diablo sabrá qué es lo que viene.


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