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Sábado , 26.05.2018 / 15:22 Hoy

Pronóstico del Clímax

El veneno y la amargura

Xavier Velasco

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Malquerida señora,

Perdón que me dirija a usted así, pero no sé su nombre y no tengo a la mano más que la evidencia. Soy, de hecho, un extraño que la escuchó por un accidente y no quiso pasar por alto sus palabras. Tampoco es que usted fuera muy discreta, si tanta era su urgencia por ser oída que nomás le faltaba valerse de un megáfono para enterar a todos, allá en el Parque México, de su rabia vibrante y belicosa.

No recuerdo sus palabras exactas, ni siquiera su rostro al pronunciarlas, pero de todas formas no hace falta. Personas como usted hay tantas en el mundo que es ocioso tratar de distinguirlas, aun si ellas se esfuerzan por significarse. Porque están enojadas, y entre los enojados abundan quienes sienten la urgencia de expandir su disgusto como una gran sombrilla, de manera que a todos nos agravie y ninguno podamos ignorarlo. ¡Ahora sí estoy feliz!, gruñó usted satisfecha frente a un empleado de Protección Civil, como quien paladea una revancha largamente aguardada, ¡Qué alegría que por fin están matando a esos malditos perros, que no hacen más que echar caca en el parque!

La escena, sin embargo, nada tenía que ver con la alegría. Donde antes correteaban los chuchos y sus dueños —es decir, en el área para ellos destinada— no había sino cordones sanitarios, porque resulta que a un desequilibrado le dio por esparcir veneno en el parque y mató a una veintena de perritos. Un trabajo sencillo que cualquier malquerido puede llevar a cabo. Hasta usted, por ejemplo, que vive la alegría y la felicidad a partir del dolor de los demás.

Destruir, exterminar, envenenar: no hay que leer ni un libro para hacer esas cosas. Cualquier imbécil lo hace, asumiendo en su histérica impotencia que destruir algo grande es hacer algo grande. Y hay quienes los admiran, ¿verdad? Gente amarga, envidiosa, maltratada a menudo por sus propias manías y frustraciones. Gente súbitamente empoderada por causas tan conspicuas como la mierda. Un tema de por sí amplio y controvertido, pues hay en este mundo varias clases de mierda, amén de la que a usted le quita el sueño.

Empecemos por la caquita común y corriente. Esa que huele mal a la nariz de todos, menos quien justamente la expulsó. De ahí que sean legión los exquisitos que viven con la idea de que sus deyecciones son preferibles a las del resto de los seres vivos. Uno diría que jamás han cagado, de no ser por el rastro inconfundible de la mierda de vida que llevan. Porque las excreciones a que usted se refiere, con esa pestilente satisfacción, son mucho más sencillas de limpiar que las que nacen de odios como el suyo y el de aquel comemierda envenenador.

Usted seguramente no lo percibe, pero el ambiente que hoy por hoy impera en el perímetro del Parque México está lejos de ser más limpio que antes, y todo lo contrario: merced a ese cobarde sin rostro ni cojones que cualquier día de estos se lanza a envenenar dulces y golosinas para niños, el ambiente en el parque y sus alrededores se corta con cuchillo. No es preciso tener un olfato especial para apreciar el miedo, el trastorno, el rencor que ahora cunde allí donde abundaba la alegría espontánea y la clase de dicha sencilla y campechana que gente como usted difícilmente ha conocido en vida.

Tengo un par de perritos que me hacen carcajear el día entero. Es una risa boba, si usted quiere, pero es también la más limpia de todas. Mirarlos corretearse, mordisquearse y rodar por el pasto basta para borrar los sinsabores que sin ellos serían infumables. De modo que si usted ya se figura que la tengo por monstruo o por canalla, sépase que comprendo su problema. Si nunca hubiera yo tenido a un perro que moviera la cola y saltara feliz cuando vuelvo a la casa, ni al menos lo apreciara en mis amistades (cuyos perros también son mis amigos), sería probablemente un tipo triste, o menos amigable, o en cualquier caso peor como persona. O de plano rabioso, como usted. Confundiría entonces dicha con revancha, tirria con alegría, felicidad con desolación, cualquier cosa con tal de no certificar mi soledad y mi insignificancia. ¿O cree usted que se asoma algo mejor entre esas andanadas de idioteces mezquinas que anda desperdigando, para acabar de ensuciar el ambiente?

Yo sé que a usted, señora malquerida, le malquista la mierda de los otros porque no puede oler la que produce. Y de nuevo, no le hablo de excremento, sino de esa crueldad oscura, pringosa y pestilente que a usted la llena de una felicidad que no es en sí feliz, sino justo lo opuesto. Su alegría podrida nace de la amargura, la frustración, la envidia, la certeza que tantos pobres diablos tienen sobre su propia insignificancia y han de esparcir igual que mera rabia. Vuelvo, pues, a los canes, por higiene mental. Ya lo ha dicho Arturo Pérez-Reverte, que bien sabe el valor de un amigo cuadrúpedo: Los perros, todos. Los hombres, de uno en uno.

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