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Martes , 21.08.2018 / 17:31 Hoy

Pronóstico del Clímax

El otro catecismo

Xavier Velasco

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Usted es una niña de nueve años y no cree lo que dicen sobre su profesor. Es cierto que no siempre se presenta a dar clase, y hasta llega a faltar por semanas seguidas, pero quién que sea niño no quisiera tener vacaciones frecuentes. Por otra parte, según su maestro, esas ausencias son parte importante de un plan muy ambicioso para que en el futuro a los niños ya no les falte nada. Usted no será niña para entonces, y hasta puede que se haya retirado del mundo de los vivos, pero igual le parece que su maestro es un hombre muy bueno.

No todos en su casa piensan igual. Su padre, por ejemplo, se preocupa porque aún a los nueve años usted no sabe hacer bien una suma, y las restas de plano se le niegan. ¿Qué le enseñan entonces los profesores, en los días que deciden dar clase? Según cuentan algunos, varios de esos maestros aguerridos no pasarían el más elemental de los exámenes, pero usted es testigo de que su profesor sabe muchas cosas, tanto que da por buena su habilidad para predecir el futuro. ¿Cómo, si no, iba a luchar por él?

Verdad es que el maestro le ha hecho a usted el favor de echar abajo el prestigio del cura, y de paso evitar que se tragara el cuento del infierno que tanto le tallaron en el catecismo. Allá también le hablaban de la vida del mundo futuro, que como es natural sería glorioso para quienes lograsen eludir los ardientes dominios del señor del trinche. Su profesor, en cambio, le ha hecho ver que el infierno está aquí mismo y los diablos andan por todas partes. No es que lo diga así, pero usted ya ha entendido que los malos del cuento tienen mucho dinero y poderes tan grandes que sólo el santo pueblo podría derrotar. ¿Quién va a perder el tiempo en sumas y restas, cuando lo que más urge es vencer a los amos del infierno burgués?

No es un razonamiento muy sofisticado, pero uno a los nueve años hace lo que puede por digerir aquello que no entiende. De aquí a unos pocos años, cuando sus profesores le hayan dado las armas suficientes para expresar la suma de sus creencias, se habituará a usar términos como estado burgués y lucha proletaria, muy útiles a la hora de explicarse su lugar en el mundo, su papel en la Historia y su fe en el futuro tal como le enseñaron que sería. Se explicará, también, todos y cada uno de los males del mundo a partir de ese cúmulo de creencias.

No está claro si usted, convertida ya en joven militante, dominará las sumas y las restas, pero si el profesor de sus nueve años salió adelante con tan mala ortografía, es seguro que usted no necesitará más que de la firmeza de su fe para encontrar la causa original de todos sus problemas. Vamos, saldrá a la calle y encontrará culpables por doquier. Policías, burócratas, tenderos, funcionarios, soldados, periodistas y obviamente riquillos de toda clase: la odiosa burguesía por cuya sangre clamará la turba, y en medio de ella usted, que desde niña supo cuál era su misión porque tuvo maestros que la iluminaron.

Por curioso que suene, para entonces será usted nada menos que el alma del demonio, desde la perspectiva de las beatas que alguna vez trataron de inculcarle la doctrina católica. Y como es evidente las aborrecerá con la fuerza que uno odia lo que en el fondo teme que se le parezca. Las llamará “fanáticas” desde la certidumbre más avasalladora, y ellas seguramente no tendrán empacho en tacharla de “hereje” con el mismo desprecio que sus maestros esgrimían el término “neoliberal”. Pues para ellas, igual que para usted, no habrá tierra de nadie entre el bien y el mal. Quien no esté con el pueblo, es decir con usted y sus compañeros, será miembro o esbirro de la burguesía: merecerá el infierno y perderá el cielo.

Por ahora, no obstante, usted no tiene edad, y menos todavía formación escolar para distinguir entre educación y adoctrinamiento. No dudo que es posible que tenga al fin la suerte de llevar lejos sus capacidades, pese a haber recibido una instrucción precaria y eventual; en tal caso, será usted un ejemplo destacado de la supervivencia del más fuerte, pero andará tan lejos del promedio que mirará hacia el resto de sus excompañeros como la excepción viva de un naufragio con las mejores intenciones.

En otras partes, muy lejos de usted, hay millones de niños que a su edad ya aprendieron a multiplicar. Nadie les asegura que llegarán muy lejos, pero cada año que van a la escuela se arman un poco más contra el fracaso. Usted, en cambio, irá bien preparada para justificar cualquier revés con la bandera de una postración a la que desde niña ha sido condenada. Ahora bien, con un poco de fe no se dará ni cuenta. Al igual que las fans del señor cura, tendrá siempre un demonio a quién culpar.

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