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Miércoles , 18.07.2018 / 00:45 Hoy

Pronóstico del Clímax

El hábito y los cuernos

Xavier Velasco

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La noticia ha corrido como chisme de pueblo: el papa Francisco concedió indulgencia plenaria a la congregación de los Legionarios de Cristo, así como a los miembros del movimiento Regnum Christi, en ocasión de su septuagésimo quinto aniversario. Se supone que es cosa corriente, ahí donde el perdón de los pecados es la razón de ser de la institución, pero igual le da a uno por escandalizarse.

Quiero decir que si yo fuera parte inocente de la congregación, y en tanto ello me hubiera enterado ya demasiado tarde de los horrores perpetrados por su fundador, así como la complicidad criminal de numerosos correligionarios, me escandalizaría hasta la urticaria la pura idea de que se me asociara con ellos, o se pensara al menos que los apruebo o los perdono. Y más que nada me escandalizaría que los otros no se escandalizaran lo suficiente, es decir, lo indecible.

No es mi intención hablar de moral. Me pongo en el lugar de un jerarca religioso, cuya responsabilidad consiste a grandes rasgos en conservar la devoción de sus ovejas y extender el imperio de la fe. ¿Qué ocurre en el rebaño cuando el pastor se vale de su autoridad para saciar instintos que de acuerdo con sus códigos son propios del demonio? ¿No deberían ser ellos más estrictos que uno? ¿No hablan con Dios mañana, tarde y noche? ¿Qué le explican, entonces? ¿Que la Virgen les habla?

Cuando niño, me daba repelús que mi madre me instara a besarle la mano al sacerdote. Hoy que lo pienso, me meto en su sotana y encuentro intolerable que cualquiera me trate de esa forma. Esto es como si fuera mejor persona que ellos. Un compromiso harto difícil de cumplir, por más que se suponga que los rezos evitan tentaciones y lo devuelven a uno al buen camino, o que los hábitos dan a su portador un poder especial contra el rencor, la envidia y la concupiscencia. Paparruchas. Abominamos a los curas estupradores porque no aceptamos que sean iguales o peores que nosotros. Dijeron que eran puros, ahora que nos cumplan.

Para hacerse merecedores del perdón papal, los Legionarios de Cristo han sido invitados por el Pontífice a practicar "durante un tiempo conveniente" las obras de misericordia corporales. Esto es, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los enfermos, redimir a los cautivos y enterrar a los muertos. Ocupaciones sin duda encomiables, si bien no suficientes para tranquilizar a un padre de familia cuyos hijos han sido invitados a un "retiro espiritual". Pues si los policías —otros cuyo deber consiste en ser mejores— rara vez nos parecen dignos de confianza, a ver quién es el cándido que a estas alturas le confía a sus hijos a un hombre de sotana.

De todo se cura uno, menos de sus costumbres. Entendemos como cosa normal lo que ocurre a menudo en nuestro entorno. Crecemos aferrados a una lógica que nos parece la única posible, inclusive si vista desde afuera luce absurda, perversa, monstruosa o repugnante. El padre que le pega a la madre o abusa de los hijos, y al cual en la teoría debemos un respeto inquebrantable porque, como él lo dice, podría matarnos, si se le da la gana. Un patrón que más tarde tal vez repetiremos, o toleraremos, o encontraremos inevitable. ¿Qué clase de misericordia, por ejemplo, alcanzaría para redimir a aquellos valedores de Marcial Maciel que un día encontraron sus excesos normales, tolerables o dignos de puntual encubrimiento? Y si de las costumbres es difícil librarse, ¿qué será de las mañas?

Puede uno comprender que el Sumo Pontífice perdone al mundo entero en el nombre de Dios, por terribles que sean sus pecados; pero que siga allí, como si nada, la institución fundada por un libertino mundialmente famoso, justamente en el nombre de Cristo, parece nada menos que una burla del hombre del trinche. ¿O debemos pensar que el sátiro Maciel era, en sus buenos momentos, un buen siervo de Dios y actuaba por su pura inspiración? ¿Se vale acaso Dios de sus ministros canallas y farsantes para diseminar la fe cristiana? ¿Bendice a quienes hacen el mal en Su nombre? ¿Creen los curas torcidos y sus secuaces en un dios mafioso?

Tendría que haber un infierno especial para aquellos que sirven a quienes aseguran combatir. Policías ladrones, gurús simuladores, médicos negligentes, frailes pervertidores, jueces vendidos: gente que gana sustento y prestigio por hacer lo contrario a lo que debe. ¿Y no son justamente estos personajes quienes más respetables se nos pintan? ¿No quedamos en que eran mejores que nosotros porque tenían que serlo y punto?

Uno cree, por la pura comodidad, que en lugares como la iglesia, el cuartel o la cárcel impera una celosa disciplina. Más todavía si están en países a los que se les tiene por civilizados. Porque uno necesita creer que algo está bien, en algún lado. Que quienes hablan de hacernos mejores no son una pandilla de chacales. Que lo que apesta a mierda, mierda es. Que, piedades aparte, hay cosas que no tienen perdón de Dios.

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