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Sábado , 18.08.2018 / 02:36 Hoy

Pronóstico del Clímax

Educando al esclavo

Xavier Velasco

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El XXI ha de ser el siglo de la fe. Nunca antes hizo falta creer a ciegas en tantos mecanismos desconocidos, así como en aquellos que los originaron y nos son aún más desconocidos. Pues si ya entiendo poco de mi computadora, parecería mucho comparado con lo que sé de su fabricación, diseño o concepción. ¿Y qué decir del coche, el ascensor, el avión o la rueda de la fortuna, mecanismos a cuyo buen funcionamiento otorgo por igual mi confianza irrestricta? Con tal de no vivir chupeteando la hiel de la sospecha inútil, otorga uno crédito ilimitado a los controles de calidad ajenos.

Pasma mirar atrás, hacia ese siglo XX donde la gente fumaba en el cine, y encontrar que la idea era más bien elástica, cuando no exótica o del todo incomprensible. ¿Control de calidad? ¿Sería tal vez aquel departamento cuyos ejecutivos se abocaban a sobornar inspectores? “Hoy todo es muy distinto”, pensamos, asumimos, descontamos, y puede que sea cierto en el tema del diseño aeronáutico, amén de otros no menos delicados, o inclusive en países cuyas leyes se aplican con más alto rigor, pero acá entre nosotros la calidad es lujo para pocos.

¿Alguien por ahí es capaz de imaginarse la existencia de algún departamento que en efecto controle o siquiera supervise la calidad del servicio de los microbuses, empezando por el estado de las unidades? Así como dormimos en el piso cuarenta de un hotel sólo tras dar por hecho —sin pensarlo, las más de las veces— que en su construcción intervino un severo y redundante control de calidad, nos toma por sorpresa que un compatriota gane una medalla olímpica, pues tampoco logramos imaginar —sin risas, cuando menos— que entre nuestros burócratas deportivos impere alguna norma equivalente o similar al control de calidad.

Claro que está de moda hablar de calidad. Si no recuerdo mal, cuando era adolescente estaba muy en boga hablar de sexo, pero lo cierto es que éramos quintitos. La calidad, como tantas virtudes y conquistas, se cacarea más fácil que se ejerce, y de ahí a controlarla mediará todavía un trecho transoceánico que no todos quisieran tener que recorrer. Y si los hay renuentes, tampoco faltan los intransigentes. Gente que está no nada más contenta con la mediocridad, sino que la defiende con coartadas cerriles y estigmatiza a quienes pretenden acotarla. Si hablo aquí, por ejemplo, de la mierda de educación que reciben a medias muchos entre los niños más humildes de mi país por su nulo o escaso control de calidad, no faltará el demócrata que me llame “fascista” con espuma en la boca.

Por supuesto que a todos nos escandaliza encontrar un escarabajo flotando en una lata de refresco. Ignoro qué proceda, en estos casos, pero me alarmaría doblemente de enterarme que los empleados de la refresquera se rebelan contra el control de calidad, o contra los programas de adiestramiento. ¿Deberé entonces considerar normal que en las futuras latas haya grillos, mayates y cucarachas, quizá alguna tarántula fortuita? ¿No tendría más bien que armar un escándalo, así fuera en alguna red social, ante una afrenta con tan dura cara?

Parece agotadora, si no del todo inviable, la idea de perderle la fe a los productos que uno va a consumir. Se prefiere escupir el segundo coleóptero, antes que ir por la vida percolando la cola. Pero se espera que haya controles rigurosos, y cada época más, por la misma razón que se cree que mañana será otro día sin la menor evidencia al respecto. Y se espera, casi supersticiosamente, que los empleados sean mejor pagados, y mejoren sus condiciones de trabajo, y cumplan con más altos estándares y metas, y miren hacia atrás como hacia el medioevo. Pero pasa al revés, demasiado a menudo. Hay quien siente nostalgia por la rueca, tanto como quien halla la esclavitud romántica.

Recibir media educación de mala calidad es como alimentarse de cocteles de insectos con refresco. Y ya sea que lo ofrezcan curas o guerrilleros, el adoctrinamiento no es sustituto de la educación, y de hecho cercena el pensamiento crítico que eventualmente la haría valer. Ir por la vida armado de tan magros niveles educativos equivale a mirarse por siempre condenado a desconfiar de las propias capacidades. Ya no tanto perder la fe en sí mismo, sino jamás haberla conocido. Y no tener a quién, ni cómo reclamar. ¿Cuántos miles de niños están ahora mismo en ese bache porque a sus profesores les estorba el control de calidad?

Algo hay de criminal en criminalizar la calidad. Más allá de las propias convicciones, aunque en bien de su legitimidad, no cabe la defensa de lo mediocre, pues amén de anodino hace falta ser cínico o estúpido para llamarse chafa y orgulloso. Peor si los defraudados no pueden defenderse, ni pagarse otra cosa, ni acabar de entender —como no sea a través de la jerga mesiánico-clerical de sus victimarios— qué clase de negocio putrefacto es aquel de costear sus grillas insurrectas a expensas de sus ya pobres destinos. Habilitar esclavos en el nombre del pueblo: he ahí una educación de baja calidad.

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