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Domingo , 21.10.2018 / 23:14 Hoy

Pronóstico del Clímax

Duro con el mariguano

Xavier Velasco

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Antes de los dieciocho, los mariguanos solían darme miedo. Nunca me pregunté cuántos gallos tenía la gente que fumarse —se les llamaba chubis, por ese entonces— para obtener la membresía en el club; supongo que asumía al de la mota como el vicio incurable y progresivo del cual me prevenían mis mayores, siempre que hallaban oportunidad. Tenía algún amigo mariguano, y de hecho pachequísimo, cuyo perpetuo high parecía confirmar el yugo esclavizante de la yerba maldita. Una vez mariguano, siempre mariguano.

Tardé unos años en probar lo contrario. Recién había cumplido los 23 cuando partí, en compañía de mi amigo A., en dirección a un hoyo fonqui en Tlatelolco, donde a decir de mi instinto malandro sería fácil conectar con un dealer. Tres mariguanos más tarde, supimos de una fiesta en la Martín Carrera donde según decían se iba a armar "el puro refuego". No había GPS, de modo que la regla en estos casos era empezar por extraviarse. No sé cuántas colonias atravesamos interrogando pachecos presuntos, pero al final cruzamos la Vía Tapo sin cambiarle el casete a la cantaleta. "Oye, brother, ¿sabes dónde podemos conseguir un toque?"

Era ya cerca de la medianoche cuando logramos conectar el huato, al lado de una fiesta callejera (los dos extraños en el asiento trasero, las miradas secuaces de los cuatro, la adrenalina súbita de saberse de pronto forajido). Una hora más tarde, ya de vuelta en la casa de A., descubrimos que faltaban las sábanas. ¿Dónde íbamos a hallar papel para fumar a semejantes horas? Con algo de vergüenza, terminamos empleando una bolsa de la panadería para forjar un par de chubis patéticos, que sin embargo hicieron su trabajo. La única molestia que recuerdo de aquella ingravidez perpleja y despaciosa tiene que ver con el dolor de estómago que acompañó a nuestros largos ataques de carcajadas. Nunca antes ni después el mundo y sus entuertos me importaron tan poco.

"¡Ahí nos vemos, mariguano de mierda!" "¡Hasta nunca, drogadicto asqueroso!", nos despedimos, todavía risueños pero ya perseguidos por la inquietud de nunca más poder dejar de serlo. Unos minutos antes, habíamos echado el huato que con tantos trabajos conseguimos a lo profundo de una alcantarilla. Durante días, no obstante, me acompañó la paranoia de que mis ojos no sabían mentir. Si notaba algún rastro de extrañeza en la mirada de la cajera del banco, me decía que ya se había percatado de mi facha de vicioso impertérrito.

Con el tiempo aprendí lo que debió ser obvio desde el principio: media tanta distancia del curioso al vicioso como entre simpatía y fanatismo. Todavía hoy, en las postrimerías de esa guerra a las drogas que probó ser mil veces más letal que la sustancias mismas, términos como mariguano o mariguanero trabajan socialmente como estigmas y necesariamente implican adicción. Es decir que al consumidor ocasional se le da trato de fumador compulsivo, pues la histeria reinante sigue encontrando en ambos al mismo impenitente drogadicto. Palabra fuerte, ¿cierto? Y sobre todo fácil de aplicar. Basta una fumadita ocasional para estar en la fila de los drogadictos.

Campea, entre los tránsfugas del alcoholismo, un temor metafísico a la primera copa. Quienes han abusado con cierta regularidad de la bebida se saben poca cosa ante la tentación, y no pocos entre ellos la achacan al demonio. Para estos extremistas de la redención sólo es posible ser alcohólico o abstemio, y todo lo de en medio es literatura.

Los dealers tendrían que vivir agradecidos por el trabajo de los puritanos, ya que al satanizar la mariguana le atribuyen poderes tan extremos que la hacen seductora a ojos curiosos, y a la postre la absuelven ante el consumidor desengañado. ¿O es que alguien por ahí todavía no sabe que la masturbación no deja ciego a nadie, ni hace crecer la pelambre en las palmas? Mal puede hablarse con alguna claridad del tema de la yerba del demonio y su inminente despenalización, si es que el lenguaje no la despenaliza. ¿Llamamos "tabaqueros" a los fumadores? ¿Son todos los que beben borrachines? ¿Quien se empuja una copa o se prende un cigarro de lo que sea es por fuerza vicioso, egocéntrico y autodestructivo? ¿A quién más que a sí mismo le tiene tanto miedo el puritano?

Igual que casi todos los niños de mi edad, crecí simpatizando con los borrachitos y recelando de los mariguanos, quienes naturalmente no merecían diminutivo cariñoso alguno. Cada fin de semana, mis padres compartían un par de tragos sin que se les tachara de facinerosos. Jamás vi mariguanos tirados en la calle como teporochos, ni buscando pelea como tantos dipsómanos acomplejados. Hasta donde sabemos, al fumador compulsivo de mota se le acusa, a menudo con razón, de irresponsable, ensimismado y holgazán, depresivo inclusive, pero difícilmente de violento. Y no es la mariguana, sino el alcohol y sus limitaciones, lo que empuja al borracho hacia la coca, de manera que siga la juerga sin parar. Hoy, a cientos de miles de muertos de distancia de mi miedo infantil a los pachecos, he aprendido a temer en su lugar a hipócritas, histéricos y puritanos. ¿Por qué, si no, tenerle ese pavor a su cornuda sombra?

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