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Domingo , 21.10.2018 / 02:03 Hoy

Pronóstico del Clímax

Aquel pueblucho global

Xavier Velasco

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Hace más de veinte años que nos vendieron el proyecto inminente de una aldea global. ¿Y qué tenemos hoy, con las redes sociales? Un pueblo globero, pleno de caravanas y cumplidos tan afanosos como inverosímiles. Peor todavía, un pueblucho de mierda donde nadie se libra del celoso escrutinio de legiones de beatas al acecho del tropiezo mental, el exabrupto súbito, la sinceridad trágica, la palabra ofensiva o defensiva que escocerá la piel de un puritano, y otro, y otro, y otro. Gente sin mucho tiempo para dilucidar, lista para sumarse con entusiasmo estólido y acaso vengador a la próxima turba de crucificadores.

Extraño, francamente, aquellos años cándidos en que las pendejadas carecían de alas. Solían pasar de largo sin encontrar otro eco que el de sus oquedades, de forma que el autor y su bocaza quedaban a menudo protegidos bajo el manto benévolo del desdén general. "¡No digas lo que piensas, piensa lo que dices!", me reprendían de pronto mis mayores cuando, con catorce años por cumplir, jugaba a descubrir los límites sociales de la elocuencia. De entonces para acá, recuerdo haber soltado tantas estupideces e inconsecuencias que no sabría contarlas, aunque apenas ubico media docena de ellas. ¿Por qué iba a hacer memoria, finalmente, si no estoy orgulloso de esos traspiés tan bobos, ni me siento por ellos representado?

Entre las callejuelas de la aldea global, escándalos e infundios van y vienen sin consideraciones temporales, geográficas o culturales; tampoco de otra especie, si de lo que se trata es de invalidar todos los atenuantes en pro del acusado desde el inicio mismo del linchamiento. El chiste es denunciar, acusar, juzgar y sentenciar con la más rigurosa ligereza, sin cháchara aguafiestas de por medio. Tírenle piedras, él sabrá por qué. El José K de Kafka rebusca en su pasado para dar con la culpa fantasmal de la que se le acusa, y si al final la encuentra es porque no hay mortal que resista un examen de conciencia exhaustivo. Los fiscales lo saben, de ahí todo ese esmero en cultivar su imagen de intachables a lo ancho del pueblo justiciero.

Las casas de cristal que se precian de ser las redes sociales —escenarios teatrales, en rigor, donde quien habla lo hace consciente de su público y juega a pretender una espontaneidad en realidad taimada y defensiva, engendrada delante de un espejo virtual— suponen un torneo de imposturas no muy distinto de una tertulia pueblerina. Sólo que en las tertulias de verdad nos queda al menos la prerrogativa de juzgar apariencias a partir de variantes como el tono, el acento o el lenguaje corporal, mientras la red social permite controlar todas y cada una de nuestras expresiones. En la foto el usuario aparece sonriente y amigable, para mejor tapar su tiesura tenaz ante las escopetas del qué dirán.

Contra lo que supone la turba vocinglera, una idiotez repetida mil veces no se torna propuesta inteligente. Se vuelve, en todo caso, peligrosa, toda vez que los gritos del gentío urgen a desechar la reflexión en favor de unos pocos balbuceos huecos y redundantes. Y si bien es verdad que las redes sociales son hoy en día medio providencial para la difusión de ideas indispensables, no menos cierto es que se han convertido en el escaparate universal de la imbecilidad desfachatada. Ésa que jamás duda de sus certezas, tanto que las esgrime como un certificado de solvencia moral que por defecto le da la razón, y llegado el momento se escandaliza como una Dama de la Vela Perpetua si es que alguien pone en duda su credo imperturbable. O aquélla que se esconde tras el anonimato para dar libre cauce a rencores, complejos y resentimientos urgidos de empatía, contagio y redención. O, por qué no, también la imbecilidad púdica de la ignorancia en armas. ¿Cómo negar que en sus rincones negros la red social es un arma de destrucción masiva de la inteligencia?

La estupidez masiva necesita pastores, y en la aldea global éstos se dan por miles. Rara vez se distinguen por sesudos y todavía menos por originales, lo común es que griten con mayor estridencia los mismos balbuceos que ya probaron su efectividad en el terreno del no-pensamiento. ¿Quién, que esté fastidiado por cualquier motivo, no querría gritar la primera incongruencia que le venga al cerumen? ¿Alguien por ahí recuerda la última vez que escuchó un griterío inteligente? Yo, la verdad, no he gritado en mi vida sino cosas estúpidas. No por Twitter, espero.

El pudor, sin embargo, no es la regla. El camino de oveja a inquisidor está sembrado de la desfachatez que suele separar al verbo de la carne. Posamos desde el púlpito de la buena conciencia, nos unimos al pacto de silencio que compra protección ante las piedras prontas de la turba gritona, contamos solamente lo cosmético, maquillamos nuestras vergüenzas íntimas como lo haría uno de esos sacerdotes corruptos que tan ardientemente condenamos. Y es que nos están viendo tantas beatas gritonas que preferimos ir por la sombrita. Como los perros, huimos de las pedradas. Como los mustios, vemos para abajo. Cosas de pueblerino, qué le vamos a hacer.

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