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Martes , 19.06.2018 / 05:08 Hoy

Pronóstico del Clímax

Aquel pueblo globero

Xavier Velasco

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En los tiempos recientes nos ha tocado ver cuán corta es la distancia entre la aldea global y el pueblo globero. Pues si aquélla parece una amable abstracción, éste es real como el miedo que le presta aliento. Caer de la ilusión del mundo sin fronteras al abismo del pueblo sin paredes, donde todo se sabe y ninguno está a salvo de las lenguas canallas, es tan simple como prestar oídos al pavor de las beatas ante el Juicio Final. Están por todas partes, ahora que tiene chic ser Ku klux klan y los diablos de moda son nuestras libertades elementales, a su juicio excesivas y escandalosas.

En el pueblo globero reina esa discreción tan selectiva como escrupulosa que está en la esencia de las tiranías, ahí donde el silencio se cotiza mejor que las palabras y no parece haber oficio más riesgoso que el de mensajero. No está claro que entre los pueblerinos de esta historia impere la concordia y gobierne el amor, pero si un fariseo elige a su enemigo, preferirá que sea uno de los suyos. Para los impulsores del pueblo globero, llamarse “liberal”, o no negarlo con el debido énfasis, es condenarse a ser tratado como hereje.

Campea en este pueblo renegado la convicción de que el tiempo pasado fue mejor y es interés de todos recobrarlo. Ya sea porque en sus dorados anteayeres aparecen mexicas valerosos, apaches atrevidos o aventureros emprendedores, entiende el pueblerino que la expansión de ideas y costumbres ajenas a su esencia, whatever that means, le arrebata un pedazo del alma colectiva e impone en su lugar valores invasivos y execrables: cáncer para su idea más o menos folclórica de identidad local. Esa vieja entelequia resentida que todavía cree en fantasmas y vampiros, de seguro extranjeros.

La nostalgia suele ser mentirosa, pero a los entusiastas del pueblo globero esto les viene como cirio al nicho. Reivindicar la gloria de un pasado borroso en nombre de la oferta de un futuro impecable es también absolverse los unos a los otros por la gracia de su celosa identidad. La idea es integrar ya no tanto un país, ni una ciudad, ni un pueblo, sino una mafia sólida y estólida donde no quepa más consigna que la nuestra. Es decir la del pueblo, según quien la deforme a su medida. No me hace falta recorrer el Misisipi para entender el triunfo de Donald Trump, si en mi pueblo asimismo menudean los victimistas de rancho que viven al acecho de intereses foráneos a todas luces pérfidos.

Se equivoca quien cree que aquel western barato ha perdido taquilla. A ambos lados del río florece la sospecha de que los otros juegan con cartas marcadas. Como esos futbolistas ricos en histrionismo que hacen ver un tropiezo inconsecuente como una tentativa de homicidio, los pueblerinos de uno y otro extremo agitan sus banderas mancilladas y demandan castigos ejemplares. Reconocemos a un pueblo globero por su estado de alerta al exterior: aquel espacio ignoto donde habitan las brujas responsables de todas sus desgracias.

En términos concretos, el antimexicanismo es tan cerril como el antiamericanismo. El odio por millones de desconocidos no resiste el menor cuestionamiento, de ahí que sus valedores se expresen justamente como beatas de pueblo, con dogmas y consignas por delante, más allá de razón y proporción. No es que se hayan propuesto probar nada, si para ellos la fe ya es prueba suficiente, de ahí que su victoria comience por llevar la discusión al blanco y negro. Los pueblerinos de un lado del río solicitan la rabia de los del otro lado. El resto no existimos, según ellos. ¿O será que ya somos parte del enemigo?

Personalmente, me repugna la idea de que por un puñado de cavernarios tengamos todos que volver a la cueva. Vestirse de charrito porque el otro llegó de Daniel Boone. Meterse en los huaraches del caballero águila para salirle al paso al general Custer. ¿Es decir que al payaso se le enfrenta mejor vestido de payaso? ¿Sirve la sinrazón para debilitar a la soberbia, o en un descuido acaba por fortalecerla? ¿No son parientes próximas, por cierto?

En el pueblo globero no hay amenaza peor que la franqueza. En lugar de ella están los eufemismos, las sospechas y las medias palabras, toda vez que se vive en guerra sempiterna contra el poder foráneo y corruptor. Se trata de que el mundo se divida en aldeas hostiles y orgullosas, por no decir miedosas y acomplejadas, cual si sus habitantes fuéramos todos niños y nos bastara con la fantasía para entender el mundo en que vivimos. Un mundo tan pequeño y elemental que sólo ve hacia afuera en defensa propia y se jacta de nunca equivocarse. Ya sabemos cómo es y en qué termina la telenovela: habrá que ser muy torpes para repetirla.

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