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Domingo , 21.10.2018 / 12:44 Hoy

Columna de Xavier Moyssén Lechuga

Noticias del imperio

Xavier Moyssén Lechuga

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La ausencia de Umberto Eco hará de la lectura una actividad menos emocionante.

Bien a bien no podría decir cuál es el motivo o razón por la cual se presenta la exhibición Mexicas, esplendor de un imperio, inaugurada el pasado día 17 en el Museo de Historia Mexicana; no obstante, qué bueno que aquí está y que la pueden visitar propios y extraños. Formada por apenas un poco más del centenar de piezas, hace de su visita un atractivo recorrido visual, a la vez que proporciona la información necesaria para tener una idea de la última etapa del imperio que gobernó Mesoamérica y más allá, los últimos 200 años antes de la llegada de Hernán Cortés a su ciudad capital la Gran Tenochtitlán (1519).

La cédula que recibe a los visitantes advierte que la muestra se centra, en esta ocasión, en la sociedad —la mexica— imperialista en su conjunto, razón por la que, por nuestra parte, nos tomamos la libertad de verla como la exhibición de un conjunto de objetos culturales que hablan, efectivamente, del esplendor que debió llegar a tener esta sociedad, así como de la complejidad y particularidades de su pensamiento y la manera de plasmarlo en estos objetos.

Según Arnold Hauser (1892-1978), autor de la monumental Historial social de la literatura y el arte (1951), las sociedades gobernadas por un complejo aparato militar-sacerdotal, como Egipto o los Babilónicos tienden a promover y favorecer manifestaciones artísticas, rígidas, esquemáticas, repetitivas o con muy poca variedad, totalmente homogéneas. Si bien este esquema resulta más o menos válido para aquellas sociedades, queda desarticulado por completo ante las manifestaciones culturales que llegó a promover el imperio Mexica, igual de déspota, fanático e irracional que sus famosos antecesores del otro lado del mundo.

Recuerdo, igualmente, que conversando sobre el Museo del Templo Mayor (que es de donde proceden estas piezas) con Enrique Canales, mencionábamos la contradicción que debían vivir estos grupos pues por una parte requerían piezas que por sí mismas hablaran del poder de los sacerdotes que encarnaban a los dioses para así imponer el debido temor y respeto a su autoridad, y a la vez realizar otras que pareciera que fue el puro placer por la forma lo que guió su producción. Me refiero, por ejemplo, a la excelente pieza cerámica que representa a Mictlantecuhtli o dios del inframundo y los muertos, que según comentario de una chica a mi lado, aún provoca miedo, contra la talla del caracol en piedra de basalto, que en palabras de Canales, es un verdadero pan de dulce.

¿Qué clase de esquema mental se necesita para valerte de la síntesis en lugar de la representación naturalista? Fundamentalmente creo que uno capaz de otorgar la confianza suficiente como para estar seguro de que lo que produzcas no perderá efectividad comunicativa al reducir la representación a unos cuantos rasgos. Véanse al respecto las 4 máscaras de piedra verde que aquí se exhiben; de la más realista que lleva incrustaciones de hueso en ojos y dientes, hasta la más abstracta cada una trasluce la seguridad concepto-comunicacional que su autor o autores debieron tener al realizarlas.

Dos importantes códices forman parte de la exhibición, el Boturini o Tira de la peregrinación, relato que va de la salida de la mítica Aztlán hasta la fundación de Tenochtitlán al hallar el símbolo inequívoco advertido por Huitzilopochtli, el águila sobre el nopal devorando una serpiente. El otro es el llamado Borgia o Libro de los rituales y las adivinaciones. Si el Boturini es un extraordinario ejemplo del dibujo monocromo sobre papel amate, el Borgia lo es del color y complejidad iconográfica empleada en la representación de sus deidades.

No obstante el valor histórico, arqueológico, antropológico y hasta la belleza de estas y otras tantas piezas, lo que más me gustó de esta visita fue la cantidad de público con que me encontré. Familias, parejas de todas las edades, y pequeños grupos de estudiantes que aprovecharon la visita para hacer la tarea y noviar el resto de la tarde, son la prueba inequívoca del éxito de la exhibición. No voy a decir que estos visitantes se sienten identificados con lo expuesto o que pensaron son sus descendientes, no, pero todo el museo le ofrece al público, que aquí siempre es mayoritario, una especie de confianza, de seguridad, de que lo que verá en él, tan le compete, que lo entiende perfectamente. Ese es el público que quisiera ver en todos lados.

xavier.moyssenl@udem.edu
www.veryrepresentar.blogspot.com

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