El pasado jueves 16 del presente, como se sabe, luego de una larga y penosa convalecencia murió Aretha Franklin (Memphis, Tennessee, 1942-Detroit, Michigan, 2018), una de las últimas divas de la música soul americana. Como suele suceder, con su deceso empezaron a surgir decenas de fotografías de la cantante, de joven, de vieja, de enferma, cantando, posando, actuando, en el escenario, en el estudio, siendo premiada, en dúo, en grupo, promocionales, portadas de discos, entrevistas variopintas, personales y hasta de paparazzi. Una rica iconografía con lo cual se podría reconstruir fácilmente su biografía y carrera, cosa que no dudo llegue a suceder en el corto o mediano plazo.
La relación de la fotografía con ciertos músicos o gente del espectáculo es casi tan longeva como los géneros pioneros del paisaje o del retrato a secas. Por otra parte, creo, que desde principios del siglo XX, el retrato de personajes ligados a la música, o al teatro de variedad o de autor, pudiera haberse convertido en una especie de subgénero, lo mismo que el retrato de niños, de novias, de identificación, el forense, el etnográfico, el robot, etcétera. Recuerdo por ejemplo los remotos retratos de Anna Morel, Mely Meyer y sobre todo de Sarah Bernhardt de Nadar, o de los años veinte-treinta, los atrevidísimos de Joséphine Baker con o sin falda de bananas del también francés Lucien Waléry.
Aquí en México domina el género –el retrato de cantantes o actores populares– a lo largo de lados importantes décadas, de los cuarenta a los sesenta, el no menos famoso SEMO (Simon Flechine), acompañado por fotógrafos como Armando Herrera, el fotógrafo de las estrellas, o Juan Ponce Guadián. En Monterrey, toda proporción guardada, su posible correspondiente sería Alberto Flores Varela.
Sin duda esta relación entre la fotografía y la música, tanto popular como culta o con actores y actrices de las distintas ramas del espectáculo (del teatro al table dance) ha sido estrecha en tanto los fotógrafos se ha sentido atraídos o bien por el personaje (su personalidad, su forma de vida), por su desempeño público (su performance), o por ambos aspectos, lo que los ha llevado no solo a fotografiarlos, sino a entablar lazos de amistad duradera. Sin embargo, en algún momento de esta idílica historia, hubo un quiebre, mismo que, según lo entiendo, es el responsable de la formación del subgénero. No afirmo que ya no existan tales vínculos, pero sí creo que en la medida en que la música –culta o popular– así como las artes escénicas fueron siendo explotadas comercialmente y sus ejecutantes empezaron a formar parte del star system, fue necesaria su promoción publicitaria, lo mismo a través de presentaciones en vivo que por medio del cine o el video y fotografías de estudio y en escena; llegó el momento en que además o al margen de la foto personal que es, digamos, un reconocimiento del fotógrafo al retratado, una exploración de formas y significados, fue necesario otro tipo de material, más digerible, inmediato, desechable, más icónico, sin complicaciones de luz, enfoque o composición, retratos apropiados a la industrialización del ocio y el entretenimiento. Tan es así que si usted busca el nombre de cualquier actor de la música o del espectáculo encontrará decenas de fotografías de ellos provenientes de las más diversas y extrañas fuentes, algunas de esas fotografías, sin duda, como tales, como retratos, como fotos, son de buena calidad, sin embargo, lo mismo éstas, como las malas, no están atribuidas a ningún fotógrafo, cuando mucho se hace mención de la casa comercial que la patrocina (Sony), la agencia que la publicó en su momento (AFP) o el archivo al que pertenece (Getty Images).
En el caso de la señora Franklin, rescato dos retratos de distintos momentos de su vida, uno de Richard Avedon de 1968, el otro de Nicholas Hunt del año pasado. Más allá del evidente paso del tiempo y las huellas de la enfermedad, ambos ilustran lo dicho un párrafo atrás, el de Avedon, que sorprende por su encuadre, por el momento en que congela a la cantante, en una exacta insinuación del movimiento que habla de ella, precisamente como ejecutante de un cierto tipo de música. En cambio, el de Hunt, sin ser malo, no busca más allá que ilustrar un cierto momento en la vida pública de una Franklin grande, cansada, enferma, pero digna, en el momento de ser ovacionada en el escenario.
En esta relación como no hacer mención de las Polaroid de Deborah Harris y un jovencísimo Mick Jagger de Andy Warhol. Igualmente, de las audaces fotografías de los Rolling Stones de la que quizás más haya explotado este subgénero, recientemente, Annie Leibovitz; después de los retratos de la banda con que se hizo famosa, cómo no detenerse en el casi arqueológico de Willie Nelson: en los de la siempre intrigante Patti Smith; los de la entonces seudoniña Miley Cyrus; y por supuesto en los de Madonna.
Este subgénero de la fotografía de retrato, entre otras cosas, deja en claro, no solo la variedad de formas que puede adoptar el medio, sino su invisible e inevitable presencia en nuestra vida diaria.
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Músicos y fotos
- Columna de Xavier Moyssén Lechuga
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Xavier Moyssén Lechuga
Monterrey /