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Domingo , 23.09.2018 / 21:12 Hoy

Columna de Xavier Moyssén Lechuga

Mentiras

Xavier Moyssén Lechuga

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En términos generales, la pintura, el llamado arte de la pintura, cada vez despierta menos mi interés. Una exposición como la comentada aquí mismo la semana anterior apenas, por su variedad, logra llamar mi atención. No es que no goce de la pintura, me gustan los primitivos flamencos, como también Rothko, Orozco, o cualquiera de los hermanos Castro Leñero; salvo estos y otros pocos casos, todo lo demás me parece repetitivo, pretencioso, sin profundidad, sin diálogo. Con todo, de vez en vez, aparece por ahí un tipo de pintura, que sin llegar a gustarme, sí me reta intelectualmente a fin de entender qué hay más allá de ella misma. Este es el caso de la obra de Adrián Gutiérrez Lomelí, que se exhibe en la muestra Desde lo Abstracto, en el Centro Cultural Plaza Fátima.

La pintura de Rodríguez Lomelí pertenece a ese extraño género que es el realismo fotográfico, distinto al hiperrealismo en cuanto que la imagen que reproduce es en todo semejante a una fotografía, mientras que el hiperrealismo es un análisis minucioso de la mirada y de lo mirado. El pintor describe así su quehacer según una de las cédulas de sala que acompañan la exhibición: “Encontrarme en un paisaje, cualquiera que este sea, y dejarme envolver en él. Conectado con lo que soy, me hace sentir vivo. Me inspira y hace que busque percibir el todo, pero compruebo que soy incapaz. Entonces lo veo por secciones, dándome cuenta que éstas están hechas de detalles, y así termino por fijarme en ellos para tomar el pincel y desde ahí mirar la obra, mezclando colores y plasmándolos para que ocupen un lugar en el lienzo, el espacio que me contiene y delimita, y así al final surja como un todo formado de detalles”.

Si Platón leyera esta declaración no sólo se pondría feliz al expulsar a Gutiérrez Lomelí de su sociedad ideal, sino porque en ella encontraría el argumento perfecto, justo, para hacerlo. El filósofo griego plantea en su famoso “Libro X” de La República la expulsión de los artistas por alejarnos de la verdad, ya que en su lugar nos muestran apariencias, detalles que nos llevan a creer que estamos frente a ella, se entiende que en la medida que estos detalles sean más precisos, más exactos, mayor será el efecto de verdad que comunican. Si ahora releemos la declaración del pintor nos daremos cuenta de que su proceder describe o, mejor aún, realiza, aquello que horroriza a Platón: los detalles que recoge de la realidad para plasmarlos en su lienzo no son más que apariencias de ella, formas que se ven tal y como aparecen en la pintura al observarse de determinada manera y desde determinada distancia, ángulo, luz, medio, etcétera, formas que en la tela quedarán inmóviles mientras que la realidad, la verdadera, permanece en transformación e inasible.

La pintura de Adrián Gutiérrez nos miente al presentarnos animales, plantas, agua, como si las formas por él creadas, pintadas, fueran esos animales, esas hojas, esas corrientes u olas, cuando lo único que son es una de las muchas formas en que pueden aparecer a nuestros ojos. Pero también mienten porque nos hacen ver lo que no existe en el lienzo: vemos árboles, venados, lobos, cuando lo único que hay ahí son pigmentos sobre un lienzo. Al darnos cuenta de la fuerza y efectividad de la pintura para crear estas apariencias de realidad, para mentir y hacer creer que vemos lo que no está frente a nuestros ojos, entendemos el temor que Platón sentía ante el arte, el cual, en sus términos, de ser mal encaminado podría llevar al repudio de la República y sus ciudadanos.

Una novedad en la exhibición. Ofrecer ciertas pinturas mediante subasta. Junto a la cédula se pone el precio de salida y al lado, una lista en la que uno se puede ir anotando junto a su puja; al final, lógicamente, aquel que haya ofrecido más por la pintura se la podrá llevar a su cuarto de trofeos.

En ocasiones como esta uno se pregunta en dónde están pintores como Gutiérrez Lomelí con esa capacidad mimética que despliega en todas y cada una de sus piezas. Al ver su trabajo entiendo que se trata de otro tipo de productor, y que sus necesidades de reconocimiento y valoración están en función directa de la compra-venta de su trabajo. No me es difícil imaginarlo como invitado especial de los asiduos cazadores de elefantes, búfalos, cebras, ciervos (cuando aún se podía matar alguno de estos animales), tomando apuntes, llenándose del momento y del espacio para después reconstruir cada uno de los detalles percibidos en una pintura que ayudaría a revivir la experiencia vivida.

xavier.moyssenl@udem.edu

www.veryrepresentar.blogspot.com

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