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Domingo , 24.06.2018 / 16:45 Hoy

Columna de Xavier Moyssén Lechuga

¿Le pasa algo a la fotografía?

Xavier Moyssén Lechuga

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Si a un ente ambiguo y longevo como es el arte se le puede preguntar qué le pasa; o a una práctica tan popular, como lo es la pintura, con toda una historia tras de sí, se le cuestiona de manera similar, no sucede igual con la fotografía o esta no parece ser una pregunta adecuada que arroje luz sobre su estado actual, ya sea porque su historia es, comparada con otras, demasiado breve como para mostrar cambios espectaculares, como por su permanente evolución, uno de sus rasgos característicos; todo lo cual dificulta cualquier tipo de análisis y/o comparación. Más aún, tal y como lo dijera W. Benjamin, no hubo invento más moderno que el de la fotografía, es decir, que nace, se desarrolla y muere con el mundo moderno, por lo que si quisiéramos saber qué sucede con ella, tendríamos que remitirnos a ese período.

Lo anterior significa, al menos para mí, que existe un rompimiento, una censura, entre lo que llamamos fotografía, que tiene una ubicación y tiempos precisos, así como un proceso que la identifica plenamente (luz-química-mecánica), y la que hoy día mal llamamos fotografía digital. A partir del siglo XIX se ha ido separando, cada vez más, la imagen del medio que la genera (este fenómeno sí valdría la pena preguntar a qué se debió): imagen es lo representado, en tanto que, fotografía –pintura, dibujo–, el medio por el cual o gracias al cual se producen las imágenes. Aun en tiempos en que la fotografía reinaba como generadora de imágenes, no era la única en hacerlo y a lo largo de este tiempo han ido surgiendo más y más medios que las hacen posible. Así pues, a pesar de que nos parezcan similares las imágenes numéricas de hoy a las fotoquímicas de ayer, no son, por simple naturaleza, lo mismo, como tampoco por su contexto, función, modo de mirarlas y de circulación, entre otros tantos factores.

Por otra parte, la fotografía ha resultado ser, desde su origen, un medio esquivo e inasible, lo que dificulta aún más cualquier cuestionamiento que se le quiera hacer sobre un momento o práctica en particular; tan es así que ni siquiera estamos seguros de si convendría más hablar de las fotografías (así en plural) en lugar de concebirlas en singular, pues a qué fotografía nos estaríamos refiriendo si es que ninguna de ellas representa a la totalidad. Desde su misma denominación se acusa este carácter heterogéneo, mixto o híbrido. Foto se refiere a la luz, un fenómeno natural, en tanto que Graphia a uno cultural, a un rasgo netamente humano, la escritura. Lo mismo si pensamos en Daguerre y en Talbot, el daguerrotipo, imagen única, más cercana al dibujo y la pintura, el negativo en papel, capaz de ser reproducido idénticamente al infinito. Artefacto para la ciencia y la industria según la presentación de Aragó, aplicación casi inmediata al mercado (Disdéri); documento objetivo y fiel, prueba insobornable, objeto manipulable y creador lo mismo de fantasías que de realidades. A estas dicotomías que parecen ser parte del DNA de la fotografía (siempre que hable de ella me refiero a las imágenes mecánicas), habría que sumarle una más que me parece crucial para el momento que vivimos. Me refiero, por un lado, a la de su popularización y masificación, y en el otro extremo, a su especialización o insularización. Al darse a conocer el logro de Daguerre, Talbot y otros, la reproducción de las imágenes se democratiza, es decir, éstas se ponen al alcance de la mayoría. Cincuenta años después, en 1888, se populariza –su producción– al salir al mercado la famosa Kodak 100, y al rayar el nuevo siglo, en 1900, la Brownie. No solo se tiene acceso a la imagen reproducida, sino que el medio se vuelve accesible a casi cualquiera. Y diez años antes de concluir el XIX se logra la masificación de la imagen a través de su incorporación a los medios de información impresos. A partir de entonces, no solo se asegura llegar a todos sin importar donde se encuentren, sino que cada vez más se pone al alcance de la mano la posibilidad de producir las propias imágenes.

En el extremo opuesto, una serie de intentos por distinguir la práctica fotográfica, se concretarán alrededor de los años setenta del siglo pasado al aparecer lo que se ha dado en llamar la fotografía artística, estrategia para crear, consolidar y apoderarse de un mercado hasta entonces inédito.

Como apunté más arriba, el fin de la Modernidad supone el fin de la fotografía, en su lugar vivimos la era de la imagen sin importar su origen puesto que es variopinto; y sin embargo prevalece, como en todo, la herencia de la práctica moderna, por lo que, en consecuencia, hoy día distinguimos tres grandes segmentos en la producción de estas imágenes (las generadas por alguna tecnología), el de las vernáculas que son el culmen de la masificación y popularización; el de las imágenes, llamémosles útiles, que son su aplicación, de la publicidad a la microbiología; y un tercer y cada vez más importante grupo, el de las imágenes artísticas o expresivas. Si usted gusta intercambie el término imagen por el de fotografía y así tendrá una idea bastante clara del cuál es el estado actual de este medio.

moyssenl@gmail.com

https://soloartesvisuales.blogspot.mx

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