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Martes , 25.09.2018 / 16:38 Hoy

Columna de Xavier Moyssén Lechuga

La gracia de los retratos antiguos

Xavier Moyssén Lechuga

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Aunque es probable que se trate de una práctica que va cayendo en el olvido, la costumbre de guardar fotos antiguas, en especial las familiares, de amistades cercanas, de acontecimientos como nacimientos, bodas, cumpleaños, etcétera, tiene o tuvo más de una motivación. Si tratándose de sucesos familiares habrá hoy día quien cuestione el valor de conservarlos, mucho más sucede cuando esas imágenes que nos llegan del pasado no solo carecen de un autor, ya no digamos reconocido, sino simplemente no anónimo, sino que desconocemos casi todo lo que aparece ahí, desde los personajes hasta los sitios y las razones, más allá de lo obvio, de por qué se fotografió.

Toda fotografía antigua tiene un especial interés y atractivo, pero parece ser que son los retratos, en particular, los que ganan los mayores aplausos, quizás por ser ellos los que con mayor insistencia nos hablan del paso del tiempo y de la constante transformación de la vida. Uno mismo se sorprende al ver alguna fotografía de cuando era niño, muchas veces parecier que contemplamos a otra persona.

Así pues, a diferencia del paisaje, rural y urbano, de las fotografías de viaje, de objetos y un sinnúmero de curiosidades inanimadas, que pueden permanecer inmutables o que el tiempo parece no pasar por ellas, los retratos están ahí, como si de mementos mori se tratara, para recordarnos nuestra mísera mortalidad.

Sabemos que el 18 de noviembre de 1933 en la Sala de Arte de la Secretaría de Educación Publica se inauguró la exposición Fotografía. Retrospectiva siglo XIX, la primera muestra oficial de fotografía histórica en nuestro país. En ese momento la galería era dirigida por Gabriel Fernández Ledesma (1900-1983), uno de los productores de la primera vanguardia moderna en México, al que se le debe no solo los inicios de la pintura nacionalista, sino también el haber sido de los primeros investigadores y divulgadores del arte popular mexicano, sus artesanías y en especial sus juguetes; además de haber sido de los fundadores de la LEAR, crítico y promotor del arte mexicano. Aquella noche invitó a su hermano Enrique (1888-1939) a que dirigiera unas palabras acerca de las fotografías antiguas, su participación la intituló La gracia de los retratos antiguos, que es de donde tomamos la frase que encabeza estas líneas. Al margen: En la misma velada también habló Manuel Álvarez Bravo, para entonces un fotógrafo ya casi consagrado internacionalmente, con un discurso sobre la fotografía mexicana.

Para mayor información, apuntemos que el mayor de los Fernández Ledesma destacó como poeta, escritor e historiador.

Uno de sus trabajos más conocidos es la recopilación de Los mexicanos pintados por sí mismos (1935), junto con sus indagaciones sobre la imprenta en México, su tipografía y diseño; de hecho, junto con su hermano sería uno de los responsables de la introducción del Deco a nuestro país en cuanto a las artes visuales se refiere.

Casi 20 años después de este evento, en 1950, el sello Ediciones Mexicanas SA publica en forma de libro el texto de Enrique Fernández Ledesma, con un prólogo de otro apasionado del arte mexicano, Marte R. Gómez, con una colección de fotografías de variopinto origen, en un intento por dejar registro de ese material obtenido fundamentalmente del siglo XIX.

Ya decíamos al iniciar estas líneas que hay diversos motivos de por qué conservar las fotografías antiguas. Según la investigadora del IIE de la UNAM, Deborah Dorotinsky, una de ellas sería la nostalgia, el deseo por conservar el pasado, de mantener las raíces, pero no se trata de un movimiento puramente emocional, propio del romanticismo decimonónico, sino que este aparece –el sentimiento nostálgico– en aquellos momentos en que se está planeando el futuro mediato, el cual en ese entonces parece una utopía. Es decir, en cuanto surgen planes hacia el futuro, de cómo se desea sea este, más allá de la ruptura inmediata que se requiere, aparece la necesidad de recordar el pasado, de tenerlo presente, como si fuera la lámpara de Diógenes que guía y va revelando la verdad.

Traer acá esta cita, tiene que ver también con cuestiones de teoría de la historia. Si leemos el texto de Fernández Ledesma, nada nos impediría creer que estamos frente a un poeta del Parnaso Mexicano, es decir frente a un discurso intelectualoide, pero cargado de emoción, más propio del romanticismo que de las vanguardias del siglo XX, a las que pertenecía el propio Enrique y su hermano. Esta aparente contradicción nos deja ver, por una parte, que hay eventos en la historia que tienen diferentes tiempos o mejor dicho que se desarrollan a diferente velocidad, uno de los que más tarda en cambiar es el idioma, así mientras los productores mexicanos soñaban con un México moderno, con todo lo que Modernidad significaba en ese momento (los 30), su habla se mantenía pegada a los modos, si se quiere los más modernos, del romanticismo de hacia un siglo.

Quizás la incierta conciencia del presente es la que nos obliga a ir del presente al pasado y del pasado al futuro.



moyssenl@gmail.com



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