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Miércoles , 12.12.2018 / 04:30 Hoy

Columna de Xavier Moyssén Lechuga

Historia de México

Xavier Moyssén Lechuga

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Hará unos diez días que se inauguró en la Nave Generadores del Centro de las Artes, la muestra Post Neo-Mexicanismos. Se trata de una exhibición curada por Willy Kautz que pretende, según palabras de él mismo: “[tomar] como punto de partida las obras críticas de finales de los ochenta que desdeñaban las narrativas oficialistas iniciadas con la modernidad de la Escuela Mexicana, así como otras apuestas de los noventa en las que se vislumbran procedimientos conceptuales y minimalistas, Post Neo-Mexicanismos revisa un conjunto de obras de la Colección Espac que guardan relación con los procedimientos artísticos desnacionalizadores que encumbraron el advenimiento de la posmodernidad en México”.

De cara a este planteamiento la muestra resulta pequeña y dispareja, pues hay productores –muy importantes sin duda– que participan con 4 piezas, como es el caso de Rubén Ortiz Torres, mientras que otros –igual de importantes si no, no estarían en la muestra– como Paloma Torres, que tiene una sola y no de lo mejor de su producción, por cierto. Pequeña porque a pesar de tener los nombres y obras que nos remontan al momento que se quiere ilustrar, Yishai Judisman, Boris Viskin, Carlos Arias, Néstor Quiñones, Roberto Turnbull, Mónica Castillo, Melanie Smith, Francisco “Taka” Fernández, Marco Arce y algunos más, una o dos obras no alcanzan a dar noticia de la importancia que pudo tener ese periodo de nuestra historia del arte (me parece que la muestra fue intencionalmente rasurada para que pudiera presentarse en la Nave Generadores, faltan autores y obras. No sé si este proceder sea la mejor política de exhibición, pues de alguna manera nos acerca a fenómenos mutilados o, por las razones que fuere, previamente censurados, por lo que el conocimiento que de ahí se deriva es, por conclusión, inexacto o, en el mejor de los casos, incompleto).

Pero no me interesa tanto comentar el contenido de la exhibición, sino más bien los siguientes dos puntos. Primero, el origen de lo que vemos, una selección, o si se prefiere una curaduría realizada sobre la colección que ha ido formando el Espac (Espacio de Arte Contemporáneo) una organización independiente sin fines de lucro que se dedica al estudio, difusión y promoción del arte contemporáneo, al lado de todas las demás actividades que conlleva la realización de un trabajo, de una misión, tan importante como esta.

Ahora bien, independientemente de cómo cumpla con lo planteado, lo que yo quisiera resaltar es la acción de generar nuevas lecturas sobre la historia del arte contemporáneo en nuestro país. Quizás en este primer momento no sea tan importante qué tan acuciosas sean sus investigaciones (parecen más interesados en el objeto que en su inserción en la historia) puesto que lo valioso es que extiendan las posibilidades de conocimiento a través de lecturas divergentes que por más heterodoxas que sean con seguridad abren otras perspectivas desde las cuales contemplar el mismo conjunto de datos, para sacar nuevas conclusiones, teorías, narraciones.

Un último apunte sobre este capítulo: en las exposiciones en las que se busca hacer una revisión histórica creo que entre más amplias sean en sentido vertical, más interesantes y ricas resultan. Me refiero, por ejemplo, que en esta que se revisa la pintura, sería interesante que, simultáneamente, pudiéramos contemplar lo que ocurría en fotografía, teatro, cine y/o literatura. Y aún más, puesto que se presenta en Monterrey, hacer el esfuerzo para incluir dos, tres nombres de productores locales, que sirvieran para ubicarnos en la historia; sin este ejercicio cualquier versión que nos presenten siempre estará incompleta.

El segundo punto que me gustaría tocar se refiere al término Neo-Mexicanismo. Entiendo perfectamente que el empleo de cierta nomenclatura o simplemente de nombres, es necesario con fines de identificación y de ubicación, aunque a veces esos nombres que son dados, generalmente, a posteriori parecen ser, más bien, banderas indelebles de marcan de por vida a un productor, una escuela, un movimiento. Tal me parece que sucede con este término, que, aunque en su origen (Teresa del Conde) sirvió de concepto teórico, por su desmedida relación con el comercio acabó convirtiéndose en la anatema de muchas obras y productores. Mi problema es que no encuentro en qué momento la pintura mexicana dejó de serlo, y no hablo ni de la nacionalidad del autor, ni del lugar en que la realiza, etcétera. Si bien es cierto que partir de finales de los años 80 del siglo pasado entraron al país aires de internacionalización, también lo es que una pieza como Cartas encendidas (2014) de José Luis Sánchez Rull, no puede ser más que mexicana; que no guarda una apariencia semejante a la obra de, digamos, Rodolfo Morales, tal vez, pero no por eso dejaría de ser tan neo-mexicana como las pinturas del oaxaqueño.

Generalizando, creo yo que mexicanistas son todas las piezas producidas por mexicanos, incluso les guste a ellos o no; lo de neo sería simplemente un recurso para distinguir su contenido, neo se referiría a aquellas piezas que abordan, por ejemplo, el narcotráfico, la migración, problemas fronterizos, los feminicidios, el fraude electoral, paisaje urbano, etcétera. Una obra como la que presentó Teresa Margoles en la anterior Bienal de Venecia (¿De qué otra cosa podríamos hablar?, 2009) es, no me cabe duda, neo-mexicanista.

Neo, post, trans, hiper, o como quiera llamarse a la época, a los productores o a las obras, ¿cambia o altera lo que se hace? No, de ninguna manera, sirve, como he dicho, para ubicarnos, para identificar, pero el valor o relevancia de la pieza sigue dependiendo de ella misma.

moyssenl@gmail.com

www.veryrepresentar.blogspot.com

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