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Jueves , 13.12.2018 / 19:29 Hoy

Columna de Xavier Moyssén Lechuga

Falsas verdades

Xavier Moyssén Lechuga

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Aunque no pueda decirse que se trata de un debate superado, es un hecho que prácticamente la mayoría acepta que nos encontramos en un momento histórico distinto al pasado inmediato (modernidad-posmodernidad/posmoderno-contemporáneo), caracterizado, entre otros muchos rasgos, por el dominio de la imagen fotográfica. La primacía que ganó casi desde que se dio a conocer hasta fines de la década de los setenta del siglo pasado, fue desapareciendo poco a poco hasta terminar cediendo su lugar a otra forma de generar, circular y conservar imágenes. El mejor ejemplo de esta situación es lo sucedido a la multinacional Eastman Kodak Company, quien por esas fechas prefirió seguir invirtiendo en los procesos analógico en lugar de lanzarse a la investigación de la imagen digital; el resultado todos lo conocemos, fue su bancarrota, y hoy, como ave fénix, retorna, pero con una amplia cartera de recursos digitales, o sea, de apoyo a la generación y difusión de esta otra clase de imágenes.

El cambio es mucho más profundo de lo que parece y tiene consecuencias a más largo plazo del que se pudiera esperar. Menciono solo dos de ellas: el aumento exponencial, sin precedente, que tenemos de toda clase de imágenes; y el cambio de estatus de éstas, de las imágenes. La última parte de la modernidad e incluso la posmodernidad, basaron buena parte de su conocimiento y producción en la supuesta objetividad, neutralidad testimonial de la fotografía. Entre otros, estos dos hechos por sí mismos, han obligado a replantear la consideración general de la fotografía. Por ejemplo, para Joan Fontcuberta, al plantear su decálogo de la posfotografía, apunta que su principal función hoy día ya no es la generación de imágenes –¿para qué producir más; ¿qué aporta una nueva imagen de un atardecer que ya ha sido fotografiado de la misma manera a través de generaciones?–, sino más bien su resignificación, esto es, dar un nuevo sentido a las ya existentes en un mundo que las contempla de una manera muy diferente. Puesto que ninguna imagen, y menos las fotográficas, son por completo objetivas, luego entonces son susceptibles de tener varias lecturas, sin que ninguna de ellas tenga más peso que las otras (no se habla de la polisemia de las imágenes, sino de que éstas contienen o, mejor dicho, pueden asumir cualquier contenido que se les dé). Tendencia de pensamiento que hace que día a día tengan más peso los llamados hechos alternativos (Alternative Facts) o sea, hechos que sin ser ciertos pudieran estar en el lugar de los que consideramos verdaderos.

Quiero pensar que un ejercicio de esta clase es el que se trató de llevar a cabo en la más reciente exposición de la Fototeca del Centro de las Artes, Fundidora SA, del colectivo Estética Unisex (agosto 10). De inicio, un problema con el que me topo es que mucho de este material ya ha sido exhibido en otros eventos, por lo que más que nueva propuesta me da la impresión de ser la reiteración de un tema que parece haberse convertido en la obsesión del colectivo.

Entiendo que una de las funciones de la producción artística en nuestros días sea el recurrir a imágenes ya producidas a fin de, como ya se dijo, resignificarlas. En ese sentido, los archivos fotográficos son una verdadera caja de sorpresas. Mas cualquiera que sea el resultado al que se llegue, por cuanta relectura se le quiera dar a ese material, será siempre, creo yo, una exposición de fotografía. En esta que comento del Centro de las Artes no me queda muy claro qué tipo de exposición estoy viendo, si es una instalación –o tiene partes de instalación–, si es de fotografía, o es una especie de muestrario de algo totalmente indefinido. En cualquier caso, o si se trata de una exhibición en la que se ponen en juego todos estos recursos, el resultado, lo que el público contempla, se queda corto, es pobre, y además da por verídica la interpretación que hace de las imágenes antes de simplemente proponer su lectura.

Si hablamos de fotografía, éstas se han manipulado tan pobremente –tomando en cuenta los recursos que hay actualmente– que hacen sospechar que así se quiso proceder para dar la apariencia de la época en que se obtuvieron por primera vez. Si a lo dicho acerca de la sobreexposición de algunas de estas piezas le sumamos la pobreza con que han sido manipuladas, resulta que le restan en lugar de sumar a la riqueza connotativa de estas imágenes tomadas, por cierto, del Archivo Fotográfico de Fundidora.

Y si hablamos del uso de este archivo, que sin duda es importante en muchos sentidos, nos encontraremos igualmente con un uso limitado del mismo. Siendo su tema el de la representación simbólica por medio de imágenes de las relaciones de poder capitalista, sorprende que hayan dado con tan poco material, ya que incluso el archivo se fue creando como apoyo a los informes que la dirección de la planta presentaba a sus inversionistas nacionales e internacionales, por lo que este tipo de imágenes debió haber ocupado un lugar central en sus archivos.

Finalmente, de entre todos los temas que se pudieran abordar a partir de este y otros archivos reguardados en la Fototeca del estado, este, el de la Fundidora, es de los más complicados; uno, por la cercanía física, temporal y emocional que se tiene con él; dos, efectivamente, por la importancia que tiene en la historia económica y cultural de la ciudad; y, tres, por lo sencillo que es polarizar la opinión que se tenga sobre su historia. De hecho, el enfoque inicial con que abre este colectivo su trabajo: “Monterrey es, de alguna manera, una gran empresa que parece ciudad”, es cuestionable simplemente porque se puede plantear exactamente al contrario y seguir siendo una falsa verdad. Monterrey, y ahora más que nunca, es, ha sido y será, mucho más que su industria o comercio.

moyssenl@gmail.com

www.veryrepresentar.blogspot.com

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