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Lunes , 16.07.2018 / 10:03 Hoy

De los regresos (II)

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Hace una semana inicié este tema suponiendo que hay una tendencia a regresar al uso o consumo de ciertos objetos, servicios o procesos del pasado reciente; tendencia que se manifiesta en diferentes áreas, entre ellas la de la fotografía, en la que se puede decir que hay un regreso a lo analógico o fotografía química, no en detrimento ni en sustitución, pero sí en predilección sobre lo digital. Dije, también, que esta tendencia tendrá sus razones en cada campo, pero que como rasgo de la cultura contemporánea y por lo menos en el caso de la fotografía, podría calificarse como un deseo por hallar lo auténtico, lo que realmente es lo que parece ser o se dice que es. No obstante, sobre esta discusión pende la advertencia, lo dijimos también, de que todo el tema no sea más que una estrategia comercial que busca posesionar nuevos productos o los ya existentes sin necesidad de invertir más en su investigación o diseño.

Creo que ciertamente hay un componente mercadológico en estos regresos que acaba por convertirlos en una moda que rápidamente dejará su lugar para alguna otra tendencia o apariencia. Pero también pienso que no todo es producto del mercado, sino que este emplea lo que ya se encuentra en el ambiente. Por tanto, ¿a qué se debe entonces esta tendencia?, ¿cómo explicarla? Apunté la semana pasada que según mi punto de vista se trata de una respuesta a un mundo cada vez más controlado por el espectáculo, la apariencia, lo transformable, lo alterno, lo fugaz, luego entonces, por lo menos en lo que hace a la fotografía, regresar a la foto-química, no sería más que el deseo por hallar aquellas imágenes auténticas, esto es, aquellas que nos muestran lo que efectivamente parece ser lo que es. Esto, creo, es lo que encontramos y nos sorprende, por ejemplo, en los daguerrotipos de Chuck Close, o los de Erasto Carranza entre nosotros, lo mismo que en los colodiones de Michael Shindler, al igual que en las viejas transparencias Ektachrome o los deslavados colores Polaroid.

El problema con esta explicación es que corresponde al pasado, a la conclusión de la Modernidad. Y es así porque supone que la fotografía recoge, automática, mecánica y objetivamente, todo aquello que se encuentre frente a la cámara (sea cual fuere su formato), es decir que atestigua, documenta, una supuesta realidad, ante cuya autenticidad reaccionaba el observador. Esto es, según nuestra explicación, lo que se echa de menos, la razón, entre otras, por la que se quiere regresar a lo auténtico.

Sin embargo, a partir del giro lingüístico y de la posmodernidad, después de la cámara lúcida de Barthes y de popularizarse el principio de incertidumbre, sabemos bien que tal realidad no existe, sino que es un constructo en el que intervienen por lo menos tres factores, el que registra, el medio con que registra, y el que observa el resultado del registro, cada uno de ellos, a su vez lleva consigo y actúa por tanto bajo una serie de condiciones (ideológicas, culturales, técnicas, históricas, educativas), que determinan lo que es la realidad. Dicho en otras palabras, lo que vemos en una fotografía no es la “realidad”, sino aquello que ven los ojos del fotógrafo (y que ya ha dejado de existir), a través de un aparato (más o menos sofisticado) y puesto en circulación (más o menos recientemente) en circunstancias que igualmente nunca vuelven a ser las mismas. Así pues, ¿cómo podríamos hablar de autenticidad? Pareciera que estamos frente a un galimatías.

A fin de salvar el escollo propondría una tercera opción para explicar qué se desea de las imágenes técnicas, ni la razón materialista, ni la posmoderna. Ante el aluvión de imágenes publicitarias, de los medios en general, y de ciertas manifestaciones culturales o artísticas, lo que se desea es conocer cómo son las cosas, por así decirlo, sin maquillaje, cómo es que la visión subjetiva de una persona (el fotógrafo tradicionalmente, pero a partir de la popularización de los artefactos digitales para la captura de imágenes, cualquiera de nosotros) encontró, vio o experimentó un momento, un objeto, una persona, un evento (no importa si fue o no “real”), y produjo una fotografía (análoga o digital), esa imagen de primera mano sería la auténtica y la añorada, no su referente a diferencia con la aproximación moderna, menos aún con la mediatizada o construida de la posmodernidad.

Hoy día, la mayoría de las imágenes que llegan a nosotros han sido mediatizadas por lo menos tres o cuatro veces (la toma, su “revelado”, su edición, su puesta en circulación) con intenciones diversas. Por oposición creemos que las imágenes del pasado, las químicas o análogas no sufrían tales alteraciones (aunque sabemos que desde un principio, la fotografía ha sido manipulada por idénticas razones), por lo que en consecuencia nos muestran una apariencia de baja o pobre mediación, una, quizás más auténtica. Para volver a ellas, piensan algunos, los que están buscando esas experiencias de primera mano, hay que retornar a las primeras mediaciones, las más sencillas, las básicas, el daguerrotipo, la película de 35 mm., la Polaroid, solo así, se piensa, se podrá regresar a la esencia, a la autenticidad de las imágenes.

moyssenl@gmail.com

https://soloartesvisuales.blogspot.mx

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