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Miércoles , 12.12.2018 / 00:16 Hoy

Columna de Xavier Moyssén Lechuga

Con los pies en la tierra (II de II)

Xavier Moyssén Lechuga

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En la entrega anterior dije que uno de los aspectos que más me interesaron de la exposición Con los pies en la tierra del francés Pierre Verger (1902-1996), que se presenta actualmente en la Fototeca de Nuevo León, fue el que a través de sus imágenes podemos atestiguar uno de los periodos más importantes en la historia moderna de México, los momentos, los espacios, las actividades, los personajes de un país que iniciaba su apuesta por su transformación modernizadora.

Si reformuló lo anterior estaría diciendo que esta muestra de la enorme cantidad de trabajo que generó Verger, resulta mucho más interesante por lo que muestra que por el medio que emplea para hacerlo, es decir, por la fotografía. Y es que estamos frente a uno de esos casos en que prestamos más atención, por las causas que fuera, a la pura imagen que al objeto mismo, lo que difícilmente sucede con cualquier otro medio, por ejemplo en La Victoria de Samotracia, extraordinariamente solo veríamos una mujer alada, más bien vemos la unidad símbolo-victoria-escultura, la forma y el contenido simultáneamente, lo que no sucede en la fotografía y menos cuando se trata de este tipo de fotografías –las de Verger–.

Para su desgracia, la aparente objetividad y neutralidad de la fotografía frente al sujeto retratado fue desde un principio su gran éxito, pero a la vez el argumento más serio y contundente para su rechazo como una manifestación ya no digamos artística, sino simplemente creativa.

Si hacemos a un lado esta crítica y nos quedamos únicamente con su aspecto positivo, tendremos lo que se ha dado en llamar fotografía documental, o sea aquellos objetos que por la imagen –objetiva, automática, impersonal– que preservan se convierten en valiosos documentos a través de los cuales se puede extraer información varia, importantísima para el conocimiento de un momento, un espacio, un acontecimiento, un personaje, toda una época. Así pues, estas imágenes devienen en lo que estudiosos como André Rouillé y algunos otros denominan la fotografía documento, o como yo le diría, documento fotográfico, igual que un mapa, un diagrama, una carta, un edicto, etcétera. Según Rouillé, este tipo de fotografía que fue con el que nació el medio y que aún sigue siendo visto y empleado por muchos, poco tiene que ver o, mejor dicho, es distinto a lo que podrían ser otros tipos de fotografía, por ejemplo, la de los artistas, o la artística.

Así pues, la exposición que venimos comentando nos presenta una serie de documentos fotográficos sobre las actividades, espacios y población de México allá por la década de los años treinta, quien esté interesado por este momento, quien quiera saber más acerca de que sucedía a unos cuantos años de haber concluido la Revolución, sin duda, al estudiar estas imágenes encontrará variada y valiosa información.

Pero en este caso, sin negar lo dicho, hay algo más. Por su origen, contacto con la fotografía y posterior desarrollo, yo compararía a Verger con Henri Lartigue (1894-1986), este último decidió quedarse en Francia y documentar su vida y sociedad; el otro, Verger, decide, como decíamos la semana pasada, evadir Occidente para encontrarse consigo mismo.

Esta comparación que podría extenderse, me permite ver en Verger una cultura fotográfica. Si decide emplear la fotografía como medio de vida y para documentar su descubrimientos y registros antropológicos, arquitectónicos, etnográficos, etcétera, es porque ha visto antes este tipo de fotografía, conoce los alcances del medio, lo que le facilita en su trabajo de campo. En este sentido no sorprende encontrar entre sus muchas imágenes algunas que sobresalen por su valor fotográfico, es decir, como fotografías y no solo por lo que muestran. Menciono cuatro de ellas que creo no me dejarán mentir, todas de 1937: Niño en la ventana (Pátzcuaro, Michoacán); Mujeres en día de fiesta (Huachinango, Puebla); Baile de las doncellas (Tzintzuntzan, Michoacán); Espectadores de la danza de moros y cristianos (Tzintzuntzan, Michoacán).

Es fácil asociar estas imágenes con algunas otras obtenidas por grandes fotógrafos que no forzosamente buscaban ni documentar, ni dejar testimonios etnográficos, pienso, por ejemplo en Manuel y Lola Álvarez Bravo, en Graciela Iturbide, pero también en Tina Modotti, Cartier-Bresson o Bernard Plossu. Y no es que sea casualidad o complacencia, todos ellos forman parte de una misma tradición, la de la fotografía moderna. Ya decíamos, una vez superadas las críticas a la falta de capacidad creativa de la fotografía (¿en verdad han desaparecido?) y al irse haciendo extensivo su uso aparecerá un nuevo tipo de imagen, la fotografía de autor, o mejor dicho, la fotografía de fotógrafo, o sea aquella en la que no solo se reconoce en la imagen final un proceder que es posible atribuir a fulano o mengano, sino que ese proceder es una especie de firma, un ADN dejado en la imagen con la intención de que se sepa quién es, quién fue, su autor.

Grande, pues la exposición de Pierre Verger, un auténtico representante de una forma de ver, entender y hacer fotografía, que cada vez más va quedando en el pasado reciente.

moyssenl@gmail.com
https://soloartesvisuales.blogspot.mx



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