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Domingo , 17.06.2018 / 18:42 Hoy

Columna de Xavier Moyssén Lechuga

Boltanski

Xavier Moyssén Lechuga

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No creo errar si desde ahora afirmo que la exposición Animitas del francés Christian Boltanski (1944- ), abierta al público el pasado día 22 en el Marco, será una de las más importantes del año, sino es que de los tiempos recientes. La obra expuesta y la museografía que se empleó para ello, la fama de su autor, el proyecto al que invita, la atención y cuidado que durante su visita brindó a los medios de comunicación y al público que acudió a sus conferencias, la convierten en un evento que, sin duda, será memorable.

Conozco el trabajo de Boltanski desde hace tiempo, principalmente por su interés en la fotografía, por lo que me gustaría centrar este comentario, precisamente en ese punto. Obviamente no estamos frente al trabajo de un fotógrafo pero sí de un colector de imágenes fotográficas que son, digámoslo así, la materia prima de su obra. Por los estudios de Roland Barthes y otros semiólogos antes y después de él, sabemos que la fotografía es un signo vacío que no comunica nada más que lo que ostensiblemente, denotativamente, vemos en ella, de ahí que resulte imposible ir en busca de otra o mayor información en su superficie. Uno de los aciertos en los trabajos de Boltanski es el sabio empleo de esta deficiencia de la fotografía para crear, o más bien, para recrear un ejército de retratos fantasmales que nos acechan desde, y este es otro logro del productor parisino, soportes acomodados cuidadosamente que lo mismo nos remiten a cadalsos, altares, memoriales, cenotafios, etc., es decir, desde estructuras ligadas al recordatorio u homenaje a los muertos. En síntesis, desde mi perspectiva, el éxito formal de estas obras radica en la combinación de los rostros anónimos impresos sobre distintas superficies, su disposición u ordenamiento físico y el complemento que son las luces, lámparas y cables, de tal suerte que se crea la ilusión de estar frente a construcciones esencialmente de carácter espiritual levantadas para honrar la memoria de los fallecidos, esos de quienes vemos sus retratos y suponemos ya muertos.

Un apunte más. El origen de los retratos es muy diverso, provienen de revistas del corazón, páginas rojas de la prensa, álbumes familiares y/o escolares encontrados en pulgas, hasta catálogos y anuncios, esta variedad de procedencias más la manera y material en que son reproducidas, acentúan su anonimato e interposición, así el asesino se convierte en cualquiera de sus víctimas, la secretaria en mujer ejecutada, los niños en mártires accidentales, o bien en el padre, la hermana, la hija, el vecino fallecidos. En cualquiera que esté relacionado con la muerte natural o forzada.

En este sentido, la obra de Boltanski se convierte en un instrumento contra el olvido de los miles de personas, mujeres, hombre y niños, que han perdido la vida en diversas situaciones del genocidio al asesinato individual, a la muerte por descuido médico, por epidemias y otras enfermedades, por la violencia del crimen organizado, por la falta de solidaridad, etc. Desde cada uno de sus altares o memoriales, nos contemplan las víctimas de la irracionalidad humana.

Desconozco prácticamente la obra de los fotógrafos africanos, por el contrario estoy más familiarizado con la obra de los centro europeos, y por supuesto con la de muchos centroamericanos y del cono sur. Buena parte del quehacer de uruguayos, peruanos, brasileños, chilenos, argentinos, hondureños, y me imagino que lo mismo la de los productores de Angola, el Congo, Ruanda o Nigeria, tienen como objetivo central el mismo que el del francés, incluso proceden de la misma manera, es decir, a partir del retrato de los desaparecidos, de los asesinados, de los heridos y mutilados, pero a diferencia del francés no sólo buscan provocar el recuerdo de los hoy fallecidos, sino directa y específicamente el de esta persona, esposa, hermano, hijo, con nombre y apellido que fue víctima de la sinrazón, de la avaricia, u odio humano.

Por ello me niego a aceptar que el trabajo de Boltanski se limite a jugar con la fotografía para crear, digamos, redes en las que queden atrapadas las efigies de seres anónimos que nos hagan recordar a los que se nos han adelantado. Por más brutal e impactante que sea su obra no puede significar nada más que eso, las luces de colores, las que simulan el titilar de las velas, las cajas de plomo, los cables, las lámparas y su reflejo en los cristales de las fotografías, la forma geométrica que aparece con su disposición, el número de elementos dispuestos, hacia arriba en línea recta, más abajo en pares, o cualquier otro acomodo, deben decir algo más, deben ayudar a algo más, de no ser así que triste desperdicio de tanto esfuerzo, si es que no podemos recordar a nuestros muertos por sus nombres.

xavier.moyssenl@udem.edu
www.veryrepresentar.blogspot.com

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