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Lunes , 15.10.2018 / 04:27 Hoy

El nuevo orden

Villamelones gays

Wenceslao Bruciaga

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Alguien quiso dejar huella –del lado de lo políticamente correcto, como no puede ser de otra manera en épocas donde los likes de desconocidos son capaces de inducir la segregación de serotonina como en los días más ñoños de la primaria– asegurando que cuando los bugas se preguntan sobre la legitimidad del Día del orgullo LGBTTTI y siendo que ellos no cuentan con un día del orgullo heterosexual –tampoco lo consideran necesario, cabe agregar–, en realidad pasaban de largo que los bugas sí tenían su día del orgullo propio, y ése era cada que la Selección Nacional jugaba en un Mundial de Futbol, casi paralizando a un país aun en tiempos electorales. Los bugas jamás tendrán autoridad sodomita para validar nuestro día del orgullo. Eso es un hecho. Qué saben los bugas sobre la necesidad de ocultar sus pasiones y planear la salida del clóset frente a los padres con la anticipación y finura como quien planea la espectacular fuga de la cárcel, casi esbozando planos a lo Prision Break. Era el domingo en que la Selección aplastaba la derrota anticipada y nos callaba el hocico ganándole a Alemania 1-0 en un juego perfecto y chulo y macizo como las piernas del Capi Beltrán en sus días de bicampeonato con los Pumas. Punto zanjado sin mucho más que agregar que no sean necedades del orden mundial hetero. Pero ese alguien quería dejar constancia de una desventaja artificial y chillona: los gays subyugados frente al peso heteropatriarcal del fut, incitando a una especie de guerra rosa, generalizando a lo bruto, con acusaciones histéricas, cargos de machismo psicópata sobre todo aquel buga que celebrara un gol de la selección cuando debería aplaudir los realitys de dragas en señal de tolerancia. Y aunque ese alguien no dejó pasar la oportunidad de cargar todos sus argumentos en el polémico grito mexicano contra cualquier arquero enemigo, había en su post cierto dejo de resentimiento, como el típico gay que odia el fut porque de niño lo ponían a huevo de portero y por alguna extraña razón creía que el balón terminaría en la punta de su nariz, parando los goles con gritos y ademanes y asquito que serían carne cruda y fresca para los dientes del engendro que es el bullying.

Yo también odié ser portero de niño, era tan largirucho y jorobado que los gandallas de la primaria no me querían hostigándolos al centro.

Pero gracias a mí nos hicimos de victorias que a los 8 años te saben a oro y helado. Por mucho tiempo el soccer me fue tan indiferente como las minifaldas y los corpiños de mis primas de San Pedro de las Colonias o las minifaldas de las vecinas. No tenía ni puta idea de lo que significaba un fuera de lugar hasta que me enredé con un hincha del Arsenal en un tiempo que anduve de inmigrante en Inglaterra. Un tipo regordete de sonrisa tierna y diabólica casi al mismo tiempo, dientes chuecos y tamaño adictivo que sembró la semilla que terminaría en los funerales de hombres raros. Si en la jerarquía futbolera existe el término villamelón enculado, sin duda ni culpa ahí encajo. Supe que ese estúpido romance sería efímero desde el primer beso, así que encontré en la erótica adicción al soccer una forma de mantener el recuerdo vivo.

Empecé a reencontrarme con el balompié siguiendo la liga inglesa y leyendo libros, Dios es redondo de Villoro, Entre los vándalos de Bill Buford, Las pesadillas del Marabú de Irvine Welsh; recientemente me chuté Breve historia del ya merito, editado por Sexto Piso, en un vuelo de cuatro horas, llegadora compilación de textos de Fadanelli, Ortuño, Bef, Velázquez, Amara, entre otros, o el entrañable Fiebre en las gradas de Nick Hornby, quien con el corazón en la mano escribe: “...pido tolerancia para quienes describimos un logro puramente deportivo como el mejor momento de nuestras vidas. No es que nos falte imaginación, ni tampoco llevamos una vida triste y yerma; lo único que sucede es que la vida real es más tenue, más apagada, y contiene un potencial menor para entrar en un delirio inesperado”.

Ese alguien terminó borrando su post, incluso los mismos gays le dijeron que su denuncia era absurda, cuando no chabacana. Creo lo sustituyó por una serie de recomendaciones por si a los aficionados de la selección les salía lo homofóbico, ya que de ganar frente a Corea del Sur, los brincos del Ángel de la Independencia coincidirían con el arranque de la 40 Marcha del Orgullo de la hoy CDMX, cosa que también resultó innecesaria, pues muchos de los que gritan puto en los estadios demostraron una tolerancia y afecto nunca antes vista.

Twitter: @distorsiongay
stereowences@hotmail.com

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