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Domingo , 16.12.2018 / 07:33 Hoy

El nuevo orden

Trampas, turistas y vaqueros yonquis

Wenceslao Bruciaga

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Cuando andamos descubriendo ciudades extranjeras, los gays solo ansiamos el obligatorio momento de devorarnos a mordidas las carnes que ofrezcan los bares, los saunas y los cuartos oscuros de la ciudad en la que nos encontramos. Quien lo niegue es un frígido que lee a Deepak Chopra. Pero el mapa del arcoíris para turistas gays se ha convertido en trampa homogeneizada, nos ven como una población de consumismo histérico que solo tiene neuronas para recorridos genéricos en los museos, restaurantes sobrediseñados, compras de chácharas jotitas o algún artículo para la cocina en algún color “almodovariano” difícil de encontrar en el país de origen y, desde luego, una nutrida excursión a los bares gays. Los que de plano no le tienen miedo al gueto rosa, compran boletos para musicales. Si te llevas bien con tu soledad y no eres sumiso de las liturgias codependientes que imponen las aerolíneas gay friendly o los artículos de viaje LGBT con todo y sus recomendaciones predecibles, puedes reconocerte en la amable indiferencia de los otros peatones de las ciudades extranjeras; darte palmadas en la espalda o despreciarte o simplemente reafirmar tus vicios.

En Toronto tenía la obligación de dos cosas, para mí, urgentes, antes que la putería: tomarme una cerveza en un juego de los Blue Jays e ir a la Holy Trinity Church, ubicada en un despreocupado rincón del downtown no muy lejos de la Church Street, que alberga en no más de cuatro cuadras el Gay Village; tenía la misión de deducir la atmósfera aterciopelada y los ecos que homenajean a Elvis Presley y Hank Williams con una nitidez socavada que desde siempre me cala los huesos y dibujan carreteras en mi mente. Fue ahí donde los Cowboy Junkies grabaron uno de los álbumes más chingones de la historia del rock, un perfecto golpe bajo a los acordes que definen a rock en su estado más puro: el Trinity Sessions.

Llegué al mediodía y a la mitad de una misa, en los bancos de la iglesia dormían, en posición horizontal, vagabundos sin techo con los calcetines puestos. El sacerdote me comentó que algunos eran homosexuales. Por momentos parecían habitantes de las canciones de los Cowboy.

Me conecté los audífonos y le puse play para escuchar los dos álbumes completos: la primera sesión de 1987 y el Revisited de 2007, que consistió en una nueva grabación por el 20 aniversario con invitados especiales que estuvieron influenciados por el country oscuro del Trinity Sessions: Natalie Merchant, Ryan Adams y Vic Chesnut, quien dos años después de la grabación moriría por sobredosis de relajantes musculares. Qué experiencia tan misteriosa y envolvente. Tan chingona pues. Nunca me he inyectado heroína pero sentía como el reverb capturado desde el atrio del cover a Sweet Jane me trituraba las venas y Blue Moon pero sobre todo I’m so lonesome I could cry me tumbaron a la lona de la tristeza. Seguro era la pinche cruda. Andar por ahí sin casi dormir. Después me fui a buscar problemas, siguiendo las desastrosas sugerencias del buen Nick Hornby: “Me enamoré de Rosie, la de los orgasmos simultáneos, justo después de enamorarme de una canción de los Cowboy Junkies; la ponía sin parar, una y otra vez, y me ponía en plan soñador, y necesitaba una chica con la que soñar, y la encontré, y … bueno, todo un problemón”.

El Gay Village de Toronto no está nada mal. Es más: en uno de sus clubes leathers más legendarios, el Black Eagle, programan noches de grunge y guitarras noventeras, sueltan tracks prendidos de los Stone Temple Pilots, Rage Against the Machine y ahí están bailando a The Offspring con arneses, chaps y las nalgas de fuera y yo como toro en brama.

Pero fuera de ser glorioso local, algún punto, todos los barrios gay del mundo terminan por coincidir, cada vez son menos las diferencias, acaso la lengua o la forma en que te abordan en los cuartos oscuros y los precios de la cerveza y los poppers, que en Toronto son ilegales. Pero esa es otra historia, que merece todo un texto aparte.

Después, las rolas, los looks, las miradas de los gays solitarios ligando desde las barras, las conversaciones para romper el silencio, la negación de todo lo que no tenga algo de gay, suele ser la misma. ¿A esto aspira el respeto y la igualdad?

Twitter: @wencesbgay

stereowences@hotmail.com

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