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Lunes , 25.06.2018 / 13:46 Hoy

El nuevo orden

"Tears for fears"

Wenceslao Bruciaga

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Una de las cosas que robaron mi atención la primera vez que caminé en los barrios gays de San Francisco, Castro o el South Market, fue ver cómo entre un bar de electro ochentero y un antro con tronos similares a los que usan los boleros para lustrar zapatos alrededor de la pista de baile –con la diferencia que en el antro, en lugar de untarte grasa El Oso, te embarran sobre el calzado saliva, a lengüetazos, los leathers devotos del shoefetish–, se asomaban pequeñas clínicas cuyos voluntarios básicamente se encargaban de apaciguar los ataques de ansiedad cuando la coca, el éxtasis, la keta o el meth dejan de ser divertidos. Según averigüé aquella primera vez, también funcionan como consultorios del tipo doctora corazón en esas ocasiones en que el afecto y el deseo se imprecisan, desatando la trifulca en tu cabeza y las tripas; despilfarros de sensibilidad que al parecer sólo los gays bufamos con singular recurrencia desde que nuestros cromosomas conjuran por razones que desconozco y que no me interesa que seremos jotos; basta ver a cualquier contendiente del reality de RuPaul’s Drag Race llorar por prácticamente todo, cuando son premiadas en los maxi challenge, salvadas, eliminadas, cuando recuerdan a sus madres que los apoyan incondicionalmente o a los padres que los chingaban por ser afeminados o porque la compañera es una perra que habla de ellos a sus espaldas o simplemente tiene enterrada la uña del dedo gordo del pie. Yo mismo no puedo escuchar “Stay” de los Tragically Hip sin ponerme chilletas.

No son ataques infundados y retrógrados provenientes del Frente Nacional por la Familia. Según las conclusiones de la Encuesta Nacional de Salud y Uso de Drogas realizado por la Administración de Servicios de Abuso de Sustancias y Salud Mental de los Estados Unidos en 2015, la población gay lucha más contra la adicción a las drogas y el alcohol que los bugas.

El informe fue difundido por la revista Out, una de las publicaciones de contenido LGBT más famosas de Norteamérica, flexible, equilibrada y audaz, suele dedicar el mismo espacio a una entrevista a Kathleen Hanna de Bikini Kill o más reciente The Julie Ruin, que a gays outsiders como Jon Ginoli de la emblemática banda de punk de San Francisco Pansy Division o el patineto profesional Brian Anderson, sin que el furor por personajes alienados a la cultura pop de fácil digestión, homonormados dicen algunos, como Tom Ford, Ellen DeGeneres o Adam Lambert decaigan.

Según las conclusiones, del total de los encuestados, “39.1% de gays, lesbianas y bisexuales autoidentificados tomaron una droga ilícita el año pasado, contra un 17.1% de personas heterosexuales”. La noticia no alteró mucho la indignación estadunidense. Las discusiones parecían decantarse más por la vertiente de la legalización de las drogas, las identidades gays y cómo las drogas interfieren con ellas.

Me pregunto cuál habría sido el resultado de una encuesta similar en México con la variante gay, ¿salir del clóset es suficiente para asumirnos como honestos? ¿Seremos capaces de reconocernos como entusiastas de los químicos ilegales al mismo tiempo que defendemos el matrimonio igualitario y la adopción?

La noticia no trascendió mucho de este lado del Río Bravo, pero las pocas discusiones que logré leer apuntaban más a la negación, al siempre consolador no todos somos así y acusar al prejuicio internalizado, que es el clóset del progresismo actual. De nuevo esa tentación latina de huir de las percepciones negativas que puedan contaminar al ojo hetero cuyo visto bueno siempre se tambalea.

Aunque los gays mexicanos, una gran mayoría, hayan rechazado rotundamente las disculpas del cardenal Norberto Rivera a la comunidad homosexual (cosa que me devuelve un poquito la fe, sin embargo, el tipejo sigue marcando nuestra agenda), me parece que insisten más en inflar el orgullo gay según el efecto de la apología con los bugas, que dignificar las diferencias, con sus desventajas, que puedan escandalizar a los conservadores, pero que al final siguen intimidándonos, haciéndonos creer que sus modelos son las metas de bienestar.

Twitter: @wencesbgay

stereowences@hotmail.com

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