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Lunes , 24.09.2018 / 22:50 Hoy

El nuevo orden

Sismos y pasteles

Wenceslao Bruciaga

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Primero un efecto nebuloso, algo entre un mareo y una sacudida proveniente desde el centro de la tierra. La alerta sísmica no sonaba y no suelo espantarme, siempre soy el último en las filas de evacuación, será porque en 1985 vivía en Torreón, no tenía registro del suelo zarandeándose, como un mar de asfalto y concreto haciendo olas cuyas crestas se estampaban en mis talones. Las paredes crujieron como si los ladrillos fueran lápices partiéndose por la mitad, pesadilla atípica en un lugar como las colinas del cerro del Ajusco donde los sismos rara vez se perciben y las calles no ven alterada su estampa porque las personas prefieren quedarse en sus casas. Estaba en las escaleras, que brincaban por su propia cuenta cuando mi madre se comunicó, ni preguntas ni rezos, solo dos palabras, articuladas con un terror que nunca antes le había escuchado: “Mi chiquito…”, refiriéndose a mi hermano con síndrome de Down, que se encontraba lejos de nosotros, en una entrega o muestra de cocina hecha por personas con Down o algo así. Como pude la tranquilicé, nos encontramos y creo que el sismo aún no cesaba cuando ya manejábamos en su búsqueda. Mi carnal estaba sano y salvo, aunque decía estar bien y que “no pasa nada” seguido de una sonrisa, le temblaban las manos; se esfuerza por disimularlo, pero desde entonces a mi carnal le invaden ataques de nervios, sobre todo cuando tiene que ponerse los zapatos y atarse las agujetas, porque no lo hace a la velocidad que nosotros y cualquier sonido lo confunde con la alerta sísmica. Tiene problemas para dormir.

Somos afortunados, descubrimos algunas grietas, pero la casa, hasta donde entendemos, es segura. Por suerte el teléfono fijo no sufrió averías, marqué, no había energía eléctrica y los nervios me tenían con el cuerpo tiritando. Imposible seguir con la columna.

En los suburbios del Ajusco se vivió una especie de realidad alterna, después del monstruoso susto y la evaluación a los hogares, la gente siguió con su rutina, las primeras imágenes de edificios colapsados empezaron a llegar a las pantallas de los smartphones y no pocos vecinos recibían la noticia como si fuera una tragedia japonesa, cuando tan solo estábamos a 20 kilómetros del caos. Contrastes de la ciudad más grande del mundo. Una señora a quien nunca había visto nos dejó para no faltar a su cita con el estilista. Supongo cada quien hace lo que puede frente a los desastres naturales en el que todos somos vulnerables, la evasión o el instinto de indiferencia son mecanismos de sobrevivencia. Quizás.

No todos. Me organicé con vecinos apenas supimos la necesidad de los centros de acopio, con la ayuda del radio en el autoestéreo del automóvil de uno de ellos nos movilizamos por la noche a Xochimilco y a la UNAM y en los días siguientes acudí al llamado de ayuda de varios amigos. No dejaba rastro en redes sociales pues tengo pedos de aclaración de saldos para que mi celular funcione en su totalidad, pero también es cierto que no me sentía cómodo posteando estatus que no fueran necesarios para la emergencia, igual que cuando me quedo callado después de defender a unos novios homosexuales de bravucones homofóbicos; no estoy desaprobando a nadie, aclaro, la solidaridad en las fotos y las selfies me ponían los ojos vidriosos de hecho, a punto de estallar en lágrimas. Simplemente, padezco de reacción tardía en ciertas situaciones límite y mi motricidad puede concentrarse en una y solo una cosa a la vez.

El 20 de septiembre fue el cumpleaños de mi carnalillo, habíamos comprado boletos para llevarlo al cine, le gustan las películas de terror y estaba emocionado por ver It. Sigue estándolo. Mi madre me pidió que al menos ese día no saliera. Las pastelerías abrieron pero la gente de la zona cayó en un ataque de compras de pánico, en la nevera había solo un pastel, cubierto de chocolate blanco. Antes de llegar a casa hicimos una parada en un centro de acopio de la carretera Ajusco-Picacho.

Más tarde llegó mi otro hermano de Querétaro, no nos llevamos bien pero la noche del miércoles 20 de septiembre hablamos como en los viejos tiempos.

Fue un cumpleaños doloroso y afligido, mi carnal sopló una vela reciclada mas no dejó de pedir un deseo que solo él sabe. Me di cuenta que entre nosotros había escombros, desde antes del terremoto, y que también teníamos cosas por reconstruir.

Mi fuerte abrazo a todos los que perdieron su patrimonio y seres queridos.

Twitter: @wencesbgay

stereowences@hotmail.com

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