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El nuevo orden

Seguridad desenfrenada

Wenceslao Bruciaga

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No tengo problemas con la actual propensión de erradicar las desdichas de este mundo fabricando indignaciones en serie y todas esas buenas acciones dignas del boy scout más aplicado, mediante el autorreconocimiento del privilegio con cierta dosis de petulancia y flagelo católico, o disputar la hegemonía de la masculinidad tóxica bufando al más puro estilo de la furia afeminada impuesta por las perfidias del séquito de RuPaul’s Drag Race. Me parece que regodearse en la indignación nubla el sentido común necesario para confrontar aquello que indigna, pero tengo los huevos de reconocer que soy muy pinche bestia como para andar catando indignaciones, sé que debo estar ahogándome en mi propio vómito de privilegios patriarcales pero la incomodidad y la exclusión no es algo que se dé en los árboles; como la tierra, hay que trabajarla y ensuciarse las manos.

Empieza a joderme los huevos, eso sí, que de repente cualquier cabrón mozalbete con ese peinado genérico de raparse a los lados quiera adoctrinarme creyendo que la culpa tendrá algún efecto en mi colonizada necedad, como sucedió hace poco, cuando un chiquillo me sugirió recapacitar sobre mis fetiches, cuando en una reunión confesé las torcidas fantasías que tengo con Sergio Goyri. Según el mozalbete, el imaginario de la masculinidad fornida y bigotona es, quizás, el culpable más depredador que azota al planeta Tierra en su totalidad, convirtiéndolo en un lugar desequilibrado e inseguro.

Esa idea de retorcida seguridad me recuerda la sangrienta historia de Running Wild de JG Ballard. En español fue traducida como Locura Desenfrenada y fue el primer libro del maniático autor de Crash al que le hinqué el diente. Novela de apenas 88 páginas, cuenta en clave de diario policiaco escrito por un consejero psiquiátrico para la policía metropolitana de Londres, Richard Greville, la violenta masacre de 32 adultos habitantes del lujoso fraccionamiento de Pangbourne mientras que los 13 hijos de éstos, entre niños y adolescentes, parecen haber sido secuestrados sin dejar rastro alguno.

Incrustada a mitad del bosque, la villa de Pangbourne, según cuenta Greville, era la apoteosis de una seguridad construida con el despilfarro de millones de libras esterlinas, aislada del caos urbanos gracias a los árboles y muros tecnificados con cámaras de seguridad y circuitos de cable contra maleantes; resultaba complicado, cuando no suicida, asumir el riesgo de sortear el sofisticado sistema de vigilancia para robar aquel conjunto de mansiones futuristas, descuartizar a los adultos y tomarse el tiempo de secuestrar a sus hijos.

Spoiler alert (de cualquier forma, la edición en español es difícil de conseguir): la confusión batida en sangre de la escena del crimen apunta a la conclusión más lógica: los 13 niños y adolescentes habrían descuartizado a sus padres, acaso inducidos por la locura que empezó a gestarse una vez suprimida toda clase de peligro. El desenlace se percibe obvio a mitad del libro, pero lo aterradoramente seductor radica en la investigación que va recreando el detective Greville, con la frialdad inherente de los expedientes policiacos, la condición, privilegiada, de aquel fraccionamiento: piscinas desinfectadas, campos de golf, bibliotecas nutridas, electrodomésticos y sistemas de entretenimiento de última generación. Gracias al diario de una de las adolescentes secuestradas descubren que recibían educación privada, sin necesidad de ir a la escuela, tenían noción del progresismo necesario para comprender temas como el multiculturalismo o las minorías.

Mal entiendo que el objetivo final de la indignación, la autocensura en el humor para no ofender a las minorías o los débiles, la feminización de la hombría contra el dominio patriarcal, tiene que ver, en buena parte, con llevar la idea de la justicia social, la inclusión y la diversidad al feudo extremo de lo sano y salvo, casi con fundar una especie de kindergarden para adultos en el que se pueden evitar los raspones y los chingadazos del cuerpo y el alma. Alcanzo a divisar cierto beneficio, aunque tampoco puedo sacar de mi cabeza los apuntes del detective Greville, cuando desmenuza el axioma de la protección como derecho, sobrevivencia, como una burbuja manipulada de ínfulas burguesas, y cómo alcanzar la utopía de seguridad perpetua puede desencadenar represión, locura y tragedias.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com



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