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Martes , 17.07.2018 / 05:13 Hoy

El nuevo orden

Quién te ha visto amigo y quién te ve…

Wenceslao Bruciaga

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A mi retorcida sensibilidad le ofende más el puto escupido por las diputadas priistas que cuando brota en coro desde las gradas.

Las seis diputadas hoy célebres por gritar puto con maquillaje cargado y franca alegría alimentan el estereotipo más grotesco de la burocracia mexicana: el del despilfarro presupuestal insultante; por si fuera poco, con mis impuestos pagan su costoso mal gusto, el cuello unos cuantos tonos más oscuros que las mejillas, blazers y vestidos aburridos y el lujo de su imprudencia estridente y vulgar como derecho de réplica ante las acusaciones de un diputado de Morena.

En cambio, el soccer me da noventa minutos de euforia, corajes, éxtasis por cada gol anotado (de mi equipo, obviamente) y piernas macizas cuando menos.

El puto en los estadios de fut remolca cansadas historias, abismalmente distintas de quienes ocupan curules, para quienes llegar a final de quincena no es un infierno.

El chofer de taxi me reconoció apenas caí desvalijado en el asiento trasero de su automóvil después de pararlo en la soledad de Perisur un domingo a las 6 de la mañana, con mis dedos y labios morados y el cerebro fermentado en alcohol y orgasmos anónimos, ¿Bruciaga? ¿El Chester Chetos?, me preguntó con todo y mi apodo de secundaria, pues según esto me parecía al personaje de las frituras sabor a queso. Resultó ser compañero del salón, se acordaba de mis calificaciones ñoñas, de que por mi culpa al profe de francés le apodaban El Inmortal porque nunca iba a estirar la pata (cojeaba de la pierna izquierda) y de los chismes que decían me gustaban los hombres.

Chismes que resultaron verdad.

No le importó e insistió para que fuera a curármela con sus compas en Torres de Padierna, colonia insertada en una de las tantas colinas del Ajusco, donde no llega la gentrificación de los conversatorios que debaten el patriarcado o la homofobia, quizás porque está muy lejos del progresismo capitalino, no es que sea mucho, tan solo 20 kilómetros de la Zona Rosa por ejemplo, donde suelen organizarse las mesas en las que se discute la homofobia en los estadios, pero la vida es en extremo distinta, las mujeres van por las caguamas sin tener idea de la sonoridad, los hombres hablan de abonos y deudas prácticamente imposibles de saldar, útiles escolares, ahorros para la primera comunión, enfermedades, clínicas del Centro de Salud rebasadas por pacientes y poco personal. Y que para ser gay no me veía como los jotos que atienden la estética en donde van las hijas a peinarse cuando hay fiestas de XV años. Aun así la carrilla fue despiadada. Eran varios cabrones y aunque mi cuate de la secu entraba en mi defensa, di la batalla por perdida.

Y sí, son de los que gritan puto en los estadios, pero no salen a cazar gays para matarlos después de intimidar al portero como me dijo un buen colega, activista gay él, que lo deplorable del puto cae en el hecho de que probablemente es la última palabra que escuche un homosexual antes de ser asesinado en un crimen de odio por homofobia, aunque no me dijo en qué basaba su teoría.

Alguna vez le escuché decir a Ricardo Hernández Forcada, director de Salud, Sexualidad y VIH de la CNDH, en un foro sobre la discusión de puto en los estadios: “Podríamos replantearlo de la siguiente manera: si es o no relevante como ejercicio civilizatorio erradicar la palabra puto o joto como insulto en el estadio y en todos lados. Si erradicamos la palabra puto a la víctimas le dirán mampo o choto o joto. Y en el estadio gritarán ¡eeeeeh choto!”.

¿Cómo explicarle, tan solo a los amigos del cuate de la secu, la situación de vulnerabilidad en la que coloca la palabra puto a los homosexuales cuando ellos mismos tienen que hacerse cargo de sus vulnerabilidades?

“Me parto la madre seis días a la semana para poder darle este pequeño gusto a mi familia, así que me gané el derecho a gritar lo que se me dé mi rechingada gana y me caga que me regañen y me hagan sentir menos”, me dijo un chofer de microbús ahí reunido, sigue el oficio de su padre, tuvo que abandonar el bachillerato y entrarle a la ruta después de embarazar a su novia. Hoy mantiene dos niños de 1 y 2 años, los domingos bebe cerveza desde las 11 del día. Llevaba la camiseta del América puesta.

Terminé pisteando con ellos casi hasta que oscureció. El bato de la casa me llevó a casa sano y salvo y no me cobró. En el camino puse esa canción de La Unión, Al este del edén: “Quién te ha visto amigo y quién te ve, cómo te va la vida, a mí me ha ido bien. Tan lejano el paraíso aquel, estoy acostumbrado a vivir al este del Edén”. Me puse a llorar. Bien puto yo.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

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