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Sábado , 15.12.2018 / 06:45 Hoy

El nuevo orden

"Queers" en "La Niebla"

Wenceslao Bruciaga

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Algunos queers hablan de romper fronteras biológicas con parábolas que rayan en una ambigüedad aplastante y farragosa, y casi siempre terminan glorificando lo femenino y satanizando a la testosterona. Me caga que intenten orillarme a la culpa por estar a gusto con mis anómalos fetiches machistas que, dicho sea de paso, no me empalagan, al final “uno no es mucho más que una pobre teoría de sí mismo” como dice Guillermo Fadanelli en el prólogo de Retorno a Viena de Roland Jaccard. Me caga que los queers se las den de carísimas y sofisticadas teorías de sí mismos y creen que pueden teorizarnos al resto. Sí, suelo ser mamón también, pero mi mamonería no le tiene miedo a partirse la madre ni a la derrota.

Sin embargo, recién descubrí a un queer que ha demostrado no tener miedo a ser esclavo de su propia y peligrosa ambigüedad: Adrian.

Vayamos por partes. Adrian es un personaje de The Mist (La Niebla), parte del catálogo de las nuevas series de Netflix.

A grandes rasgos, The Mist cuenta la historia de un onírico apocalipsis provocado por el espeso banco de nubes que sin pronóstico meteorológico aparente se expande con confusa velocidad por todo espacio abierto de un pequeño pueblo de Maine. La asfixiante bruma oculta a un macabro ente sin representación definida que asesina a casi a todo ser humano que se vea expuesto al gas después de determinado tiempo. Siendo una ficción de Stephen King, los tentáculos son parte del mobiliario.

El punto de partida es predecible: un elenco de ciudadanos expuestos a situaciones límite y como su civilidad se torna vidriosa cuando el instinto de sobrevivencia nubla los esquemas de valores, los sociales y los privados. The Mist no solo juega con los clichés de las historias del fin del mundo, sino con los estereotipos de estos tiempos, propensos a los extremismos y a las personalidades como si fueran sistemas operativos.

Y uno de los más acertados es Adrian, el gay flacucho con delineador en los ojos, mejor amigo de la joven protagonista, que se la pasa diciendo que su erotismo no es genitalmente binario, que jamás se enamoraría de alguien partiendo del género como construcción social, que la sexualidad biológicamente hablando apesta. Los de The Mist desgranan puntillosamente al queer millennial, ese que descubrió a Judith Buttler mientras veía RuPaul’s Drag Race y escuchaba a FKA Twigs o el venezolano ARCA, de soberbia más afeminada que andrógina, hábiles para bufar y hacer del bullying que padecen actos de inmolación.

Adrian es por mucho el personaje más fascinante de la serie. Su vulnerabilidad, sobreactuada, pero a la vez consistente, está llena de complejidades, no solo bufa a los mamarrachos del equipo de futbol americano, los confronta y quizás se deja golpear por ellos hasta vomitar sangre, pues es la única forma de acceder a un contacto físico. En el fondo quisiera ir por la calle con sus dedos entrelazados en la mano del mariscal de campo. Nada que ver con ese queer que andaba acusándome de ser el lamehuevos de un gran amigo columnista y al exigirle una aclaración, me dijo: “Aish qué delicada, Wences, ¡ya olvídalo! Fuera, Bu”. Le dije que si tenía algo que reclamarme lo hiciera en mi jeta, que soy muy pendejo para el bufe, pero bueno con los jabs y que no me lo pensaría para hincharle las encías si seguía como francotirador a mis espaldas. También yo, calentándome por habladurías. Dejaré de ser joto.

La intensidad de Adrian se vuelve climática cuando después de acompañarlo por sus agallas y traumas descubrimos que es un sociópata, su secreto es el más inesperado, probablemente el más inmundo, y como cereza en la congestión de contradicciones, lo glorioso es que su giro de tuerca no es producto del prejuicio, homofobia o una mala comprensión de las enredadas y crípticas teorías queer, cada vez más recicladas en la academia hasta la indigestión. Si razonamos a Adrian en frío, llegamos a la dolorosa e insoportable conclusión de que su perturbador secreto era lo más lógico en alguien convencido de la deconstrucción del género como postura de vida inherentes a su humanidad, con sus debilidades y necesidad de afecto. Desapruebo lo que hizo. En la serie, claro. La próxima vez que lo golpeen será por ojete.

No es que Adrian haya alterado mi percepción de los queers de hoy, solo me permitió observarlos desde otro ángulo, uno que quizás ni ellos mismos quisieran ver.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

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