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El nuevo orden

Puños de pasión

Wenceslao Bruciaga

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Hace poco vi a una pareja de hombres discutir acaloradamente en plena esquina de República de Cuba y Palma, en el Centro Histórico. Debían ser queers o voguers, pues su look encajaba con los perfiles que difunden esos pensamientos: bermudas de mezclilla con peto, las cachuchas con la visera alineada en deliberado ángulo noventero según la brújula de Vanilla Ice, camisas abotonadas al cuello y los zapatos de plataforma como de caucho estilo T.U.K. “Tanto volcarse en teorías sobre la deconstrucción de lo binario y sus acartonados modelitos y hasta de la identidad, para terminar como cualquier portada de la revista Eres de cuando OceanPacific era cool, atrapados en un estereotipo más, predecible y reciclado”, pensé, ofuscado por mis prejuicios contaminados por algún filtro de Instagram.

Me lo estaba pensando si pagar una entrada al Cinema del Río, a la planta baja puesto que al segundo nivel, cuya remodelación le da un aire de sala vip, solo pueden entrar parejas heteros, cuando uno de los queers o voguers empezó a alzar la voz en un tono hiriente que casi podías sentirlo como navajas en la piel. Hasta que uno de ellos, el chaparro, extrajo de algún escondrijo trasero una cuerda que llevaba enganchada en la punta un fajo de llaves, las mismas con las que empezó a azotar las manos guardadas en el bolsillo de su respectiva bermuda de quién debía ser su novio o su pareja o algo así; a los transeúntes nos quedó claro que había algo intenso entre ellos. Los azotes con las llaves empezaron a subir a la muñeca y el brazo hasta que el otro, harto del dolor o del exhibicionista escándalo, lo aventó por los hombros para luego dar media vuelta.

¿Qué clase de golpe debían ser esos llavazos? ¿Un gancho queer? ¿Un duckwalk con llaves de metal como arma? Los imaginé defendiendo su andar amanerado con argumentos del género fluido en el que el puño limpio y cerrado era la secuela de la colonización patriarcal. Lo siento, para mí no hay nada más cobarde y ruin que desatar tu furia con un llavero mientras el rival tiene las manos libres y la guardia baja anidada en los bolsillos. Aquello fue incómodo de ver, por lo alevoso del involuntario espectáculo.

Recientemente, en una poderosa entrevista que Bárbara Ayuso hizo al escritor James Ellroy para la revista Jotdown, el autor de La Dalia Negra respondió: “Puede sonar provocador, pero creo que al final todo es una cuestión de biología. Creo que las mujeres controlan mucho más sus cuerpos y sus espíritus de lo que lo hacen los hombres. Están más ligadas a ello. Y los hombres están privados de derechos, en realidad no estamos realmente conectados con nuestros cuerpos, estamos más perdidos ante lo que son y suponen nuestros imperativos biológicos”.

También lo creo. Da igual si es provocador o no. La combinación de testosterona con sensibilidades gays puede ser traicionera. No niego que esto ha sido usado en nuestra contra de formas espeluznantes, pero también creo que negar la pasión gay a ciegas sería imprudente y chapucero de nuestro lado. Parte del orgullo homosexual debería incluir nuestros menoscabos. La escena no terminó ahí, el voguer chaparro le siguió pocos pasos hasta detenerlo y pedirle perdón. “Ya jálense de las greñas”, escuché que gritó alguien, o cantó mejor dicho, como cantan los voceadores. El perdón pareció tan fácil. Después de eso, se difuminaron en el horizonte de Palma Norte.

Envidié la inmediatez de la disculpa. Hace exactamente un año creo hice el mismo numerito, dejándome llevar por un arrebato de rencores privados y mezcal. Eso sí, sin el llavero. Jamás haría eso, ni a punto de quedarme ciego de tanto vodka adulterado. De haber tocado fondo solo yo y mis nudillos habrían bastado para arruinarlo todo. Tardé un año en aceptar mi regadero. Siempre que intentaba articular una disculpa, terminaba por subirme al cuadrilátero, a perfeccionar los derechazos como perfeccionando también mi sensibilidad gay. De no ser por el boxeo, mis naufragios serían más infortunados y dramáticos y exasperantes de lo que de por sí son. Inevitablemente gays, como todos los gays, condenados a la intranquilidad como parte de un sacrificio cuya recompensa es algo similar a la realización e integración. He aprendido que un jab bien plantado, directo y sin titubear es mejor y más saludable que andar mendigando cuentas y celos y compañía en medio de la histeria. Quizás ya esté listo.

Twitter: @distorsiongay
stereowences@hotmail.com


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