• Regístrate
Estás leyendo: "Paris is over"
Comparte esta noticia
Viernes , 19.10.2018 / 13:13 Hoy

El nuevo orden

"Paris is over"

Wenceslao Bruciaga

Publicidad
Publicidad

Con su nueva conquista, me queda claro que Ryan Murphy terminó por convertirse en el Steve Jobs de la militancia gay globalizada y predecible, un mercachifle que hace de los lugares comunes del imaginario homosexual –que dicho sea de paso, persisten gracias a la inseguridades que arrastramos nosotros los jotos– un millonario negocio, que aumenta obscenamente gracias a la audiencia gay inepta para concebir y vivir otras realidades. A excepción de Nip/Tuck, en verdad arriesgado por el hedonismo catastrófico en el que basaba la existencia de sus personajes, los perdedores de Glee, la fauna fashion-freak de su saga American Horror Story, sus huecos intentos por humanizar al jet-set estadunidense con American Crime Story, todos sus proyectos se reducen al encomio de la sazón de víctima como oración gay para llenar el hambre de ser, facilón recurso que llevó al paroxismo con su versión en videohome de A normal heart, donde al más puro estilo del melodrama no hizo más que regodearse en las lágrimas sobre la etapa más cruda de los primeros años del VIH-sida, alejándose del indispensable debate de las prácticas sexuales gays frente a los comportamientos bugas.

Inseguridades por lo visto forzosas, en esta sociedad en la que hasta los gays han terminado rendidos a la noción de que no hay normalidad más sesuda que aquella que ha impuesto la heterosexualidad para sobrevivir. El mismo Murphy es un ejemplo de ello, haciéndose el provocador con sus explícitos y sangrientos shows televisivos, pero extremadamente escrupuloso con los paparazzis alrededor de su vida privada, en la que se pavonea adicto a las normas convencionales del matrimonio y la paternidad gay.

Será que el documental Paris is Burning, de Jennie Livingston, primer trabajo que mostró las entrañas del movimiento voguing del Harlem de 1990, me decepcionó ahora que volví a verlo con todo el revuelo que ha levantado Pose, la nueva serie de Murphy y con la que ha caído en la condescendencia usurera e insoportable. Detrás de su payaso discurso por ¿reivindicar? a las comunidades gays negras e hispanas del Harlem que dieron origen al voguing, el estilizado baile ensamblado a partir de las poses que hacen las modelos cuando son fotografiadas para la portada de una revista de modas, como Vogue, en Murphy solo existe dar continuidad al negocio de la nostalgia y la pasarela cizañosa impuesta por RuPaul y su reality Drag Race.

Recuerdo la euforia que incendió mis venas la primera vez que Paris is Burning corrió frente a mis ojos. Apenas terminó, le pedí a una amiga que diseñaba ropa para ravers tomara las medidas cuanto antes y confeccionara un voluminoso vestido plateado con la crinolina más amplia que el cofre de un Sedán 1965 en el que cupiera mi talla 34. Creo que ése es el efecto inmediato de Paris is Burning, contagiarte de la posibilidad de fragmentar tu rol de género como accesorio para ser la despampanante estrella que todos voltean a ver en la alfombra roja, aún en condiciones de miseria y con el estómago vacío.

20 años después, volví a darle play a Paris is Burning: me abrumó la lectura escondida de muchos de sus protagonistas, en su emulación de la opulencia de la clase alta no hay una declaración de guerra contra el sistema, al contrario, lloran y bufan y reniegan de haber nacido en el cemento más desafortunado, como millonarios atrapados en el cuerpo de jodidos. Pienso en Cioran cuando añoraba haber nacido en un pesebre; el argumento de la rebeldía afeminada de los hombres que acuden a los bailes o ballrooms queda, desde mi perspectiva, muy devaluada frente a las ansias de emular las liturgias de burguesía desalmada de eventos como los premios Oscar o los elitistas desfiles de moda de París y Milán. Detrás del terrorismo contra el machismo o la masculinidad tóxica tan venerada hoy día por la academia queer, encargada en buena parte del revival del voguin, subyace el fuerte deseo de ser parte de la cúpula de ese mismo engranaje económico que los tiene hundido en el fracaso capitalista.

Tenía 20 años cuando me vestí de drag, pero no pasé de tres fines de semana, el ritual de horas y horas de maquillaje y pestañas postizas y de lo complicado de ir al mingitorio en plataformas terminaron hartándome. Fue divertido, pero no era lo mío. Me siento más a gusto con la crudeza y los tres acordes y la comodidad del punk y fácil que es pasar desapercibido en el slam, más práctico que las geometrías humanas del voguing en cuyas pistas, cabe decirlo, también se desata la Tercera Guerra Mundial.

Twitter: @distorsiongay
stereowences@hotmail.com


Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.