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Sábado , 21.07.2018 / 09:04 Hoy

El nuevo orden

Otros tiempos

Wenceslao Bruciaga

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Le sobreviven sus neones amarillos y morados y que a pesar de la desolación recubierta de triplays, alguien simplemente se encarga de encenderlos: Cine Savoy. El letrero luminoso y la fábrica de mazapanes Toledo son los únicos organismos urbanos que hoy día funcionan en el pasaje Savoy.

Un señor de gafas doradas sacó la mirada de su periódico gore, se levantó del escritorio de metal para aclararme que estaba prohibido tomarle fotos al letrero. No insistí por respeto. Su bigote y su barriga me recordaron a los señores que atendían del otro lado del mostrador de la camisería que estaba frente a la entrada del Savoy, de amabilidad exagerada y morbosa, supongo en ellos se inspiraron para el personaje de El Callejón de los Milagros. Cuando entré por primera vez al Savoy, fue saliendo de aquella tienda de camisas que vendía modelos muy brillosos y grunge, estampados que hubieran sido la delicia de Scott Wailand.

Antes de la apps, el extinto Gay.com el furor de los departamentos redecorados en sex clubs funcionales, los cines porno fungían como uno de los epicentros de la calentura homosexual: nos parábamos a buscar el verdadero amor recargados en los muros cóncavos de la sala o acaparando las últimas hileras, mientras que las parejas bugas se acomodaban en los asientos cerca de la pantalla para incendiar la pasión con ayuda de la proyección, si tenías suerte, en original 35mm y glorioso funk de score, unos cuantos besos, luego se levantaban y se iban. Nunca duraban lo que una película completa, no como nosotros, que sí exprimíamos la permanencia voluntaria. Cabe la posibilidad de que el Savoy fuera un espacio de convivencia porno en donde la tolerancia se ejercía sin pedanterías morales ni hashtags cursis. O al menos se ponía a prueba. Las parejas hetero sabían de nuestro desmadre pero no hacían argüende. Y no todos los hombres que ocupaban un asiento, sin compañía, eran de nuestro bando. Algo que aprendimos por las malas. Recuerdo esa vez, cuando apenas el chico se dejaba caer en el desvencijado asiento a dos lugares del bigotón, éste se levantaba resoplando saña. La escena se repitió un par de veces más. El chico no se daba por vencido, quizás pensaba que el bigotón o cualquiera caería rendido a sus pantalones como de goma negro destellante, embarradísimos a sus piernas y por eso la persecución se estiró hasta el baño de hombres.

Fue espantoso: cuando entré al baño, el tipo bigotón quería tumbar a patadas la puerta de uno de los dos wáter ¡pinches putos ya me tienen hasta la madre!, gritaba. Nunca vi eso que desató la furia del bigotón, pero supe de inmediato que quien le había echado el pestillo a la puerta para salvarse de las patadas era el chico de los pantalones ajustados y deslumbrantes. El bigotón quería molerlo a golpes. Sentí la misma irrigación de pavor, pero ya estaba atorado a mitad de la escena, aún así recuerdo decirle, ya cabrón, déjame orinar a gusto. La verdad no iba preparado pero si me tocaba salir raspado ni pedo. Supongo intercedí pues ningún joto es infalible a una avería en el radar gay, yo incluido. Aunque un rechazo ojete es suficiente para no insistir. El bigotón me clavó la mirada, bufó y se largó de un portazo. Los empleados del cine ni escucharon, o se hicieron pendejos frente a un gaje de su oficio porno más. Me lavaba las manos cuando el chico se animó a salir del refugio. En los espejos se reflejaba el pánico escurrírsele por las narices y le temblaban los labios. Lo miré con resentimiento, quizás me molestaba el hecho de que su cruising se interpusiera con el mío, que me hubiera puesto en una situación que no pedí.

Uno de los sinónimos de persecución es acoso. Y ahora que este recuerdo brotó cuando quise tomarle una foto al letrero del Cine Savoy me pregunto si lo del chico de los pantalones brillosos fue acoso. El de un hombre gay a otro hetero. Si tal cosa es posible. Si decimos la verdad cuando discutimos el acoso. Si nos decimos la verdad. Si los hombres en algún momento terminamos traicionados por ese instinto depredador, por más afeminados que seamos y enarbolemos causas como el combate a la masculinidad tóxica. Si eso ya no pasa. Si eran otros tiempos. Peores o mejores. No lo sé.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

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