• Regístrate
Estás leyendo: Lecciones desde el primer mundo
Comparte esta noticia

El nuevo orden

Lecciones desde el primer mundo

Wenceslao Bruciaga

Publicidad
Publicidad

Fue como un regalo de navidad anticipado, con todo y paisaje navideño al más puro cliché de las tarjetas de felicitación y las escenografías de contrachapado hueco de esas posadas televisivas cuyo rating se sostiene en lo decadente del fieltro de las gorritas rojas del elenco y el tamaño de las tetas de las ayudantes de Santa; es que el regalo tenía como sello de remitente Suiza: el país de los relojes cucú, el fondue y las clínicas de cirugía plástica especializadas en cachetes de narcotraficantes aprobaba una modificación al artículo 261 del código penal suizo en el que a la penalización por discriminación y ofensa a la raza, etnia y creencias o convicciones religiosas, se incluía las denominaciones de orientación sexual o la identidad de género. Dicho en términos complacientes, se tipifica la homofobia y sus ramificaciones de odio como delito.

Gritarle puto con saña y mala leche a cualquier cabrón en un funicular de Zurich puede costarte desde acaudaladas multas facturadas en francos suizos hasta tres años de cárcel según la última modificación de 1995.

Tan solo un par de meses antes, Australia promulgaba una ley que penalizaba desde 8 mil 446 dólares aussies y hasta tres años de cárcel a todo aquel que incite al odio basándose en su propia repulsión a las orientaciones sexuales no bugas, identidad de género o promueva la discriminación de las personas portadoras de vih, esto último enfocado principalmente a las empresas, que deberán pagar hasta 55 mil dólares si llegasen a despedir a personal seropositivo.

Años antes, Canadá presentaba proyectos de ley en los que situaba a los transexuales y el resto de la diversidad lgbt como sector vulnerable cuya discriminación debería castigarse penalmente. Casi al mismo tiempo, Justin Trudeau pedía disculpas al arcoíris por los errores del pasado en un discurso de alcances heroicos, según las lecturas de la historia de la lucha gay.

Pareciera que estoy ninguneando un avance a todas narices sensato, sobre todo si se dimensiona frene a los crímenes de odio por homofobia, construyendo fantasiosos y frívolos puentes. Por ahí las nuevas generaciones queers urden connatos deconstructivos, pero también son reflexiones procuradas desde la holgura de la academia, alejada del mundo real y los barrios marginales y los chingadazos. Así que cuando leo a los paisanos gays celebrando estos logros convencidos de la homofobia desde la comodidad de la adoptada hegemonía rosa, no puedo sino rectificar mi observación, soldada con la experiencia brasileña y su homofobia gubernamental que amenaza con ir en aumento. Y no solo eso: una nada despreciable proporción del pueblo carioca apoya la abierta homofobia del presidente Bolsonaro y palabras como las de la ministra de Mujer, Familia y Derechos Humanos de Brasil, que asegura que los niños deben vestir de azul y las niñas de rosa. Más preocupante aún es el eco de aplausos que reciben estas posturas fuera de Brasil por parte de otros latinoamericanos que repudian todo lo que no sea buga.

Cuando muchos gays externan su horror y miedo ante un posible avance de la extrema derecha, no me siento tan sorprendido. Presiento que tras los disturbios de Stonewall, en el 69 del siglo pasado, y la violencia de las autoridades policiales en los primeros años en que las marchas del orgullo se diseminaban por occidente, el movimiento por los derechos lgbt se fue domesticando, amparado en un engañoso pacifismo. Mientras otras minorías manifestaban su furia quemando coches cuando un camarada negro era asesinado por brutalidad policiaca, por ejemplo, el activismo gay optó por asimilar algunos rasgos de tufo derechoso como estrategia de visibilidad y avance: cuando asesinaban a un gay, lesbiana o transgénero, en la denuncia se adhería una histeria por la exigencia del matrimonio igualitario o la adopción y esas cosas que nuestras abuelas consideraban la ley de la vida. Algo así como si no puedes con el enemigo, únete a él.

Así que me tomo los logros de Suiza, Australia y Canadá con parquedad y sospecha. Después de todo, es el primer mundo consumando la paradoja de la intolerancia de Karl Popper en su colorido esplendor y que muchos activistas a nivel global, México incluido, pregonan como una de las curvas de aprendizaje más positivas en la lucha contra la homofobia. Porque no puedo pasar desapercibido que son beneficios anclados a las inevitables condiciones de los países desarrollados, con todo y su egoísmo consumista; logros cuyos combates se dan en campos de batalla que son al mismo tiempo destinos gay friendly, a los que se llega en aerolíneas gay friendly y ofrecen hospedaje gay friendly más todas las tiendas de diseño, bares, restaurantes y cualquier departamento siguiente de la experiencia del mercado rosa casi siempre soñadas con la misma logística que el Arca de Noé: en parejas. El degenere no suele ser la opción de letras grandes en las guías oficiales, y aunque todos terminamos ahí, nos terminamos enterando por medio de los panfletos locales o los flyers porno apilados en las entradas de los bares, solo para hombres.


Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com





Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.